sábado, 31 de mayo de 2014

F69- ¿Cúanto dinero llevas encima? (IV), Lisboa 24 mayo 2014

Dicen que las mejores mentiras deben ser construidas sobre cimientos de verdades. Así que decidí hacer caso, una vez más, a la sabiduría popular. Al día siguiente acudí al trabajo, más animado, tras literalmente saltar de la cama al cálido suelo enmoquetado,  y de ahí bajar de tres en tres los escalones que me separaban de la ducha, solicité a la jefa de personal varios días libres,  ya que había reservado hacía tiempo unos vuelos a Portugal (mentira), en caso de que mi equipo de fútbol alcanzase la final de la Champions (verdad).  Consideré la explicación necesaria, debido a que realizo un trabajo en el cual he de andar de un emplazamiento a otro, por tanto dicha persona no tendría por qué conocer mi reserva de vacaciones, en caso de que hubiera sido verdadera. También se lo comenté a mis actuales compañeros de trabajo.

Disculpen. Vaya lío. El caso es que hubiera dado lo mismo: mentir, no mentir, decir medias verdades, ser totalmente honesto. Nadie puso el mínimo reparo. Todo fueron sonrisas y buenas caras. Ellas me animaban porque “Lisbon is so romantic!”, y seguro que no volvía tras enamorarme ciegamente de una hermosa lisboeta. Ellos iban directos al grano, a lo que importaba: ¿a qué equipo apoyaba?; ¿cuánta gente acudiría?; ¿era cierto, que iba a ser la primera vez, en la historia de la competición, en la cual los dos equipos finalistas provenían de la misma ciudad?; ¿tienes entrada?; ¿quién crees que se llevará el gato al agua? Y mis pacientes respuestas: al Real Madrid; media España, y parte de la otra mitad; sí; no; el Real, pero el Atlético está muy fuerte.

Todo sonrisas, buenos deseos: disfruta, que gane tu equipo, liga mucho, te esperamos a tu regreso. Todo optimismo, amabilidad, con un semidesconocido (como apunté, es un nuevo lugar de trabajo, otro más). Ni un mal gesto, ni una solicitud de motivos o explicaciones. Realmente deseaban mi gozo, mi felicidad, así rendiría más en mi reincorporación, supongo. ¡Y aún hay gente, tanto cercana a mí como anónima, que sigue cuestionando el porqué continuo en este país después de tantos años!

Aprovechando que “debía” acudir a Lisboa, y que el Ebro pasa por Logroño… reservé cinco noches, en dos hostels diferentes de la capital portuguesa. No era cuestión de viajar tan sólo para el partido. En mi mente la intención clara de visitar todo lo posible, empaparme de la cultura lusitana, disfrutar de su gastronomía, contemplar sus monumentos (tanto los edificados, como los andantes) y tener un buen tiempo, que dirían los británicos. “No vaya a ser que el Madrid pique y únicamente me lleve ese recuerdo”. Este buen propósito desenterró las palabras de mi hermana mayor, cuando recién llegado a Edimburgo solía llamarme a menudo, gracias al Europa15, yo sentado en el estrecho pasillo del piso de Ashley Terrace, junto a la mesita del teléfono, rodeado de las tangas que Rachel tendía: rosas, de seda, rojas, de algodón, negras, de lycra, con dibujitos, de nailon… ¡Ojo, que yo no andaba inspeccionando las braguitas de mi querida flatmate, pero las exhibía ahí delante!, mi hermana me repetía hasta la saciedad: “Jorge, levántate de la cama temprano y ve a ver cosas, que ya dormirás cuando te mueras”, siempre con esa energía positiva, ella.

En esta ocasión le hice caso. Levanté el trasero cada mañana a las siete en punto, tras mal dormir en una minúscula habitación con otras cinco personas. Gente joven, llena de energía y de ganas de mambo, afortunadamente también bastante respetuosa. Te das cuenta de que te haces un poquito mayor cuando ves que, cada noche, eres el primero en acostarte. Una minúscula habitación, tres literas, un solitario carrocilla durmiendo.

Visité la Casa dos Bicos, sede de la Fundación José Saramago (“¡Oh, Sara Mago, esa gran escritora!”, que dicen exclamó una de nuestras grandes políticas), donde pude ser testigo de la inmensa obra que nos dejó el premio Nobel de Azinhaga. Degusté bacalhau com natas en una diminuta terraza del pequeñísimo restaurante Claras em Castelo, en compañía de una joven pareja de madridistas, entremezclado con risas y cañas, todo ello amenizado por un camarero entrañable, portugués con aspecto ucraniano y humor Chiquitero. Me perdí por las empedradas callejuelas de Alfama. Monté una y otra vez en el arcaico Tranvía 28 (alucinado de que no se deshiciera en pedazos, en mitad de una empinada cuesta, con ese penoso y admirable traqueteo). Utilicé los funiculares, con ese clac clac clac que impresionaba. Contemplé y fotografié numerosos y magníficos grafitis, con la vana esperanza de encontrar alguno de Sniper, “El francotirador paciente” (del gran Pérez-Reverte). Visité el entrañable barrio de Belém, degusté sus deliciosos dulces, subí a su torre. Callejeé los atardeceres de Bairro Alto, tratando de comprender por qué Emma Cotro me “dejó en Lisboa”. Disfruté del hacer de los artistas callejeros en Chiado. Recorrí el paseo marítimo, oliendo a sal y sueños lejanos. Acabé empapado, chorreando agua, tomando un caliente y estupendo café cortado (no me entraba en la cabezota su denominación lusitana), en un bar tan pequeño que sólo cabíamos el camarero, dos señores mayores, un policía municipal y yo. Contemplé hermosas catedrales e iglesias, admirado, como siempre, de aquella gente tan creyente, tan leal a Dios, que dedicaron decenas y decenas de años de sus vidas para levantar esas majestuosas e imperecederas obras. Retrocedí en el tiempo cuando me apeé del tren en ese pequeño pueblo de cuento de hadas, Sintra, cuyo Palacio parecía el escenario de las Mil y Una Noches.

Y llegó la víspera del gran día. Las calles lisboetas se llenaron de miles de hinchas de uno y otro equipo, mezclados, abrazados, felices por la oportunidad brindada por el destino.


Continuará…

viernes, 30 de mayo de 2014

F68- ¿Cuánto dinero llevas encima? (III), Lisboa 24 mayo 2014

Permítanme que eche el freno de mano a la vieja y cansada máquina del tiempo por unos instantes, o al menos, que me disponga a cabalgar a saltos entre pasado y presente. ¿Acaso no lo hacemos todos los días? ¿No vivimos recordando, o tratando de olvidar, episodios que quedaron impresos en nuestra memoria, quién sabe por qué? Capítulos mundanos para cualquier observador, pero de un valor impagable para nosotros. Anécdotas que en su día nos parecieron triviales, mas el paso del tiempo las enmarcó con un aura dorada, reluciente, casi sagrada, en nuestro recuento del ayer.

Como aquella lejana noche navideña, cuando yo llevaba ya tres o cuatro años en Edimburgo, en la que nos reunimos una vez más John, Jenny y yo, esta vez en el Pub Haymarket (ahora absurdamente remodelado: aniquilaron su encanto, su sencillez, su calidez casi humana, su abierta hospitalidad; levantando un engendro tan selectivo y posh que la mismísima Victoria Beckham dejaría escapar un par de gotitas en su sedosa e íntima lencería). Tomamos unas pintas de cerveza, nos pusimos al día sobre nuestras idas y venidas, nos felicitamos entre besos y abrazos las recién estrenadas Navidades, y ellos me entregaron un regalo. Estaba en una bolsa de plástico, un paquete rectangular, casi plano, blando al tacto, envuelto en papel rojo brillante, salpicado con pequeños trineos tirados por renos. “Abre, abre”, me urgió John, tras esa sonrisa de pillastre (dientes frontales ligeramente separados) y ese acento de guiri de sangría y paela. Jenny sonreía también, tímida, algo colorada debido a los vapores de la cerveza. Mis dedos obedecieron, al principio lentos, torpes y trémulos, temerosos de romper el bello envoltorio, luego, vencidos por la impaciencia, ligeros, decididos y salvajes, rasgando aquel maldito papel que impedía ver el anhelado contenido.

Era la camiseta oficial del Real Madrid.

“Para ti, amigo. Recuerda: número dos del mundo, número uno, Seltic”. Contemplé aquella vestimenta adidas, blanca, impoluta, resplandeciente, con la leyenda publicitaria de aquella temporada: “SIEMENS mobile”  ̶ la eme en rojo ̶  acaricié ese escudo coronado, por el cual tantas patadas y zancadillas recibí de crío, vistiendo otro uniforme similar, manchado de barro, tratando de alcanzar, como buen número nueve  ̶ Santillana ̶  la portería contraria  ̶ cuyos postes eran dos grandes piedras y el larguero invisible, calculado a ojo de buen cubero por acuerdo común ̶  antes de que el más bruto del pueblo me rompiese la tibia, o algo peor. Acaricié una vez más ese escudo y mis ojos se llenaron de lágrimas (¡debido a la cerveza!) mientras me fundía en un abrazo con mis viejos amigos.

Hace unas semanas me paré a recordar todo aquello, y retrocedí más todavía, a aquella maravillosa aventura en Glasgow. No podía creer que hubieran pasado doce años. ¡Eso es una barbaridad de tiempo! Doce años en blanco, nunca mejor dicho. Doce años desde que conocí a mi reventas particular: aquel tipo de Newcastle, alto, cachas y tatuado, con un acento casi incomprensible para mí. Doce años desde la maravillosa volea de Zidane, de la lluvia que vino después, enviada por los dioses del fútbol, para aclarar las lágrimas de la derrota entre los alemanes, para disimular las lágrimas de victoria en los rostros de los madridistas. Una docena de años, los mismos que llevo en la vieja Escocia. Entonces una vocecilla comenzó a susurrar dentro de mi cabeza: “Joorgee, vee a Lisboaa”. Traté de ignorarla, es absurdo, sin entrada, sin vacaciones, olvídalo. Y la vocecita insistía, llegando a ponerse pesada: “Joorgee, has de ir a Lisboaaa. Tu Madrid te necesita. Sin tu presencia cercana no lograrán la victoria”.

Creo que nunca se lo conté a ustedes, pero estuve en París, en la final del año 2000, contra el Valencia. La precedente final española. El Real Madrid ganó la octava Copa de Europa. Como ya saben, acudí a Glasgow, en el 2002, los blancos se llevaron a casa la novena, y yo pude relatarlo. La décima estaba en juego. Jorge, la décima depende de ti.

Así que según llegar del trabajo, antes incluso de solicitar los días libres, abrí la tapa del portátil, tecleé easyjetpuntocom y adquirí los vuelos de ida a Lisboa y de retorno (tampoco era cuestión de quedarse allá a vivir, con copa o sin ella).

“A por la Décima, Jorge, a por la décima”, me animé mientras elaboraba mentalmente alguna excusa que ofrecer en el trabajo.


Continuará…

domingo, 4 de mayo de 2014

F67- Marinero sin barco (febrero 2004)

Hace varias semanas lo volví a ver.

 Regresaba yo del cine, de contemplar una de esas películas norteamericanas tan absurdas como atractivas, donde todo es lujo, chicas bonitas, coches veloces y sonrisas perladas, donde todo parece caído del cielo y la gente no tiene que madrugar, hacerse el café con leche con magdalenas y salir al frío del amanecer para enfrentarse a un nuevo día en el que ganarse las alubias: “Another day, another dólar Jorge”, me decía el bueno de Mark en aquellos tiempos imborrables de mi memoria. ‘Another day, another thousand dolars’, imagino que dirán los niñatos que protagonizaban ese film.

Lo volví a ver.

Sentado dos asientos por delante, en el piso de arriba, en el autobús en que yo viajaba. Inconfundible para mí, con su vieja cazadora vaquera, más desgastada y descolorida que nunca, sus tejanos y aquel gorro de lana gris, con el doblez azul oscuro, que siempre le aportó aquel aspecto de marinero de tierra firme, cubriendo su pelo totalmente blanco, tal y como lo tuvo siempre, quizás algo más largo, más dejado, como si la jubilación le hubiese contagiado cierta pereza, al no tener que atender al público, a aquellos locos estudiantes extranjeros, tras el mostrador de la biblioteca del Jewel College.

Lo volví a ver.

Su rostro, con surcos marcados por tantos años de sonrisas y amabilidad, girado hacia la ventanilla, su mirada azul cristalina perdida en la lejanía, más marino que nunca, como si buscara en el horizonte el barco que perdió en otra vida, el barco soñado que tal vez nunca existió. Quizás por eso eligió trabajar en aquel, ya extinto, colegio cuyo edificio imitaba la forma de un buque gigantesco: con adoquines por madera, cristaleras por velas.

Un colegio, un edificio, que transporta mi recuerdo a tiempos todavía más remotos, a otra población costera donde también existía un edificio con formas de navío: la vieja y acogedora Santurce, la cual me adoptó en aquellos años de sueños todavía vírgenes, espinillas y madrugadas en vela.

Despertado tal recuerdo, y aprovechando mi escapada a la vieja patria, desempolvé la carrocería del cansado DeLorean y salté al abismo del pasado, nervioso, excitado y algo temeroso por lo que fuese a encontrar.

No existía.
Dinamitaron mis recuerdos sin importarles en absoluto mis sentimientos. Supongo que el progreso, y el paso de la vida, no entienden de sensiblerías. Lo borraron todo del mapa que conservaba en mi mente: la alta torre grisácea, donde se ubicaba la residencia estudiantil, había sido desvencijada, reducida a columnas y espacios abiertos al vacío, abandonada a medio deshacer, o quizás a medio rehacer, como un inmenso Lego víctima del aburrimiento de un niño, un esqueleto de un viejo dinosaurio que se resiste a desaparecer; el acogedor bar gallego, en el que tantos bocadillos de lomo con pimientos engullí (de aquellos bocadillos reales, de antaño, no las burdas imitaciones que quieren imponernos ahora) convertido en un bar kebab, atendido por chinos; mi otro bar favorito, algo más lejos, donde siempre fui bien recibido por los hermanos Rafa y José (si no mal recuerdo sus nombres), a base de cerveza fría, Extremoduro y rumbas catalanas, cerrado tras una verja metálica, mugrienta y oxidada, llena de descoloridos grafitis que gritaban, en rojo sangre, contra la miseria, la injusticia y los chorizos de poltrona.

Dicen que nunca debes regresar al lugar donde fuiste feliz. Tal vez sea hora de aparcar definitivamente el fiel DeLorean y encarar el presente, planear el futuro, borrar el ayer.

Pero no todo fue en vano, durante mi fugaz visita a Santurce y Portugalete (donde comí de miedo) al menos pude poner voz a uno de mis lectores más fieles. Tal vez la próxima vez también pueda ponerle rostro.