lunes, 10 de marzo de 2014

F65- De Chinas, Libros y Cervezas, (febrero 2004).

“¡Mierda, llego tarde! Si es que ya me lo decía mi madre, siempre dejando todo para última hora”.

Había salido del hospital a las tres en punto, como cada día. Pero me entretuve tomando un café, leyendo un rato para disimular mi auténtica afición: mirar a la gente sentada en la cafetería o paseando por la acera, al otro lado del ventanal, imaginando sus vidas, sonriendo ante sus sonrisas y monólogos involuntarios, llorando ante sus internas desgracias. Distraído, ensimismado en esos mundos lejanos, también, mágicamente volcados sobre el papel de la novela que portaba en mi mochila. Tan ido por aquellos universos paralelos que olvidé por completo que era martes, día del grupo de escritura.

Uno de los buenos propósitos de aquel nuevo año, junto a correr más y comer menos, que figuraba en mi lista, había sido el convertirme en escritor de best sellers y desbancar a Ian Rankin de las librerías británicas, e incluso en un par de años al mismísimo Stephen King. Tan sólo había un problemilla en el viaje relámpago hacia el éxito y las portadas en las revistas, mas nada serio, una pequeña chinita en el camino: primero debía aprender a escribir en inglés, el resto sería coser y hablar, puesto que nunca se me dio bien cantar. Así que en enero me apunté a un Grupo de Escritura Creativa.

“¡Jodé, qué tarde es y este tío no acaba!”

El Campofrío okupaba el cuarto de baño otra vez. Ignoro a lo que se dedicaba ahí dentro durante tanto tiempo, tal vez entraba mochila al hombro, con tienda de campaña y termo lleno de té caliente (por entonces, ya conocía el hecho de que los irlandeses no pueden sobrevivir más de media hora sin beber té o, en su defecto, una pinta de su oro negro). El Campofrío era el novio de Penny, el tercer inquilino auto-adosado en un piso para dos personas, al igual que Alien, el octavo pasajero en una nave claramente diseñada para sólo siete tripulantes… y claro, luego sucedió lo que sucedió.

Yo lo apodaba, cariñosamente, El Campofrío desde el día en el cual Penny tuvo a bien el presentarnos. El tipo, algo por encima del metro y medio (a juego con ella, como Pin y Pon) me miró un punto indeterminado del rostro, lejos de los ojos, y dijo con su acento irlandés: “Hi George, how are yez?”, sin hacer el más mínimo de los esfuerzos por repetir el nombre con el que fui bautizado, y que yo acababa de pronunciar para su beneficio, prostituyéndolo él a la manera anglosajona, extendiéndome una mano blanda, fría y húmeda, que estreché apretando los dientes y conteniendo las arcadas. Resultó como atrapar con la mano un puñado de salchichas recién sacadas de la nevera. De ahí el alias.  Me cayó mal al instante. Mi instinto más primitivo, ese que nace en los intestinos y muere en la cabeza, sin hacer parada de boxes en el corazón, me susurró: “Jorge, te presento a un gilipollas”. El futuro cercano, poco a poco, una vez más, colgaría medallas de agradecimiento por los servicios prestados al más cavernícola de mis instintos.

“¡No llego, no llego! ¡Vamos!”

Ese martes no podía faltar. Las chinitas seguro que regresaban.

Solíamos reunirnos en un pequeño local en Dalry Road. Un cuarto lleno de pupitres dispuestos en círculo, esperando un ataque de los Apaches que nunca llegaba. El número de asistentes variaba de una semana a otra, de unos cinco hasta una docena. Nunca más. La batuta la dirigía un escritor escocés virgen (sin obra publicada, no sexualmente… supongo) de unos cuarenta y pico años, aspecto algo dejado, voz de cantador de blues y con un par de novelas acabadas, y mil veces repasadas, en el cajón de su mesa de trabajo, a la espera de que algún editor visionario las publicara y propulsara a su autor al cielo del éxito. Vamos, otro que soñaba con sustituir a Ian Rankin. ¡Póngase usted a la cola! Si es que ya no existen maneras, oigan.

Todas las jornadas literarias acababan igual. En el pub de la esquina. Todavía desconozco si aquel buen hombre quería hacer de nosotros los siguientes J. K. Rowling, o cobraba comisión en algún trapicheo relacionado con Alcohólicos Anónimos. La mayoría de futuros escritores retornaban al calor de sus hogares tras la reunión, pero siempre quedábamos varios alumnos-pelota para reírle las gracias a aquel buen hombre, al calor particular que sólo produce un par de pintas de cerveza fría junto a buena compañía, en este caso las chinitas.

Me recordaron tanto a la linda de Layla, mi china favorita. Con su risa, siempre tras la mano cubriendo la boca. Con su timidez y osadía, juntas pero no revueltas. Me gustaban las dos, eso suponía un problema… o tal vez no. (No se vayan a creer todo lo que leen, siempre perdí la fuerza por la boca).

Al fin salió el okupa del baño y pude llegar, tan sólo cinco minutos tarde, a mi martes literario. ¡En qué hora! Pensándolo con el beneficio de la distancia temporal: ¡Ójala El Campofrío se hubiera quedado dormido en la bañera!

Como cada semana terminamos en nuestro templo particular. Un pub clásico y con solera, justo a la vuelta de la esquina del local donde jugábamos a ser Pérez-Reverte en la lengua de Shakespeare. No, si ya digo yo que nuestro maestro tenía algún interés en esto de promocionar la ingesta de alcohol. (Tristemente, un pub que años más tarde sufriría un terrible incendio, en cuyo intento de extinción pereció un joven bombero escocés).

Aquella tarde tan sólo quedamos seis de nosotros para la ronda post-literaria. Incluidas las dos chinas y el profesor. Corrió la cerveza, nacieron las risas, afloró el buen rollo que suele darse en estas ocasiones. Todo muy relajado, muy acorde con el lugar: pub de clientela mayor, rozando la edad de jubilación, algunos rozando la madera de pino del cajón.

Así que pensé, ésta es la mía. Buen ambiente, linda compañía, cantidad justa de veneno en sangre en forma de alcohol. “¡Jorge, al toro, todo por la patria, todo por la pasta!” (Perdón, que me equivoco de canción).

Casi llevaba dos años por estas tierras, había visto mundo, viajado (¡hasta Leith incluso!), estudiado idiomas (francés con los locos chavales del cutre-pálas y con mi querida Eli, alemán con una compañera de trabajo y chino con mi linda Layla, que me enseñó un par de palabras en su dulce cantonés).

Así, que con tres ases en las dos mangas me lancé, nada podía fallar:

- Y vosotras dos, ¿qué habláis: cantonés o mandarín?, dije con mi mejor sonrisa Profidén y la seguridad del veterano.
Ambas quedaron con sendos vasos de cerveza parados a medio camino de sus rojos labios. Los apoyaron en la mesa de madera, con un ruido seco que pareció parar la música del pub: clak, clak. Me miraron serias, como un profesor justo antes de echarte la bronca. Se irguieron en el sofá, como si se hubieran tragado un palo de escoba en algún momento que dejé de mirar.

̶  ¡Cómo? ¡Nosotras somos coreanas!

Y deseé que el suelo de madera vieja del pub se abriera, surgieran los brazos envueltos en llamaradas del mismo Satán, y me arrastraran con él a la abrasadora profundidad de sus dominios.

Al día siguiente, cuando se me pasó el mal trago y mi rostro recuperó su palidez normal, dejando de parecer una berenjena madura, pensé que qué falta de sentido del humor, tomarse las cosas así, tan a la tremenda. Un pequeño error lo comete cualquiera, habría sido como si ellas, por un tonto desliz, me hubieran preguntado si yo hablaba francés…

¡Salvo que yo no tengo cara de gabacho!

Las señoritas coreanas nunca regresaron al grupo. Todavía me siento culpable. En serio.
¡Y no se rían, cabrones!