jueves, 26 de diciembre de 2013

F61- Rozando la Estrella de Navidad, (diciembre 2003).

Ya está aquí la Navidad. Ya está aquí de nuevo, infatigable con sus sonrisas, sus villancicos y sus silencios. Regresa cada año, puntual a su cita con la nostalgia. Dulce y cruel al mismo tiempo, haciendo las delicias de los niños, apuñalando el corazón de los adultos.

Navidad, dulce Navidad.
Navidad, zorra navidad.

Suena el teléfono y una voz querida te da una de esas noticias que no quieres recibir nunca. Ley de vida, y todo eso, dicen por decir algo. Una voz querida te trae de vuelta la pesadilla que viviste hace tantos años (cuando eras un mocete crecido, que ya se afeitaba, que ya salía de copas con sus colegas, sin embargo seguías siendo un crío). Una querida voz que te devuelve a aquel mal sueño como una avalancha de nieve negra. “Debe de ser de noche…”, piensas absurdamente “… porque la nieve es blanca”. Una voz de alguien amado, que te hace saber del dolor de personas muy cercanas. Ese dolor que ahora les visita a ellos (Navidad, dulce Navidad), al igual que te visitó a ti y a los tuyos aquel lejano y nevado fin navideño.

Hago la llamada que debo hacer. Esa llamada que no deseo realizar y que los seres queridos al otro lado de la línea nunca quisieran recibir. Llamo. Sabiendo que no hay palabras. Conociendo de primera mano que lo mejor es el silencio, la paz, que te dejen tranquilo con tu dolor: ¡Que se vayan todos a la mierda!

Navidad, blanca Navidad
Navidad, oscura navidad.

Presiono el botón rojo, para finalizar esa llamada que no deseaba haber hecho. Esa llamada inútil. Esa llamada de palabras huecas, dichas con todo el cariño pero que son recibidas desde el interior de una nube blanquecina y fría, que impide la comprensión y  protege con su silencio.

Entonces cierro los ojos y viajo de nuevo al pasado, me zambullo en el mar del recuerdo, buceando diez años atrás, reviviendo aquella Navidad de 2003. Una dulce Navidad.

Me tocaba trabajar hasta tarde, la oferta de horas extra era algo habitual y las libras adicionales me vendrían de maravilla en dichas fechas.

El hospital emanaba felicidad y espíritu navideño. La decoración de pasillos, habitaciones y despachos ayudaba a ello. Todo eran espumillones de colores, arbolitos pequeños con brillantes bolitas y cristales tatuados de estrellas y escenas navideñas con una especie de nieve artificial.

 Las enfermeras, entre bombón y bombón, sonreían por los pasillos y acudían con entusiasmo a sus labores de cuidado: cambiar sábanas, administrar medicinas, medir temperaturas, cambiar goteros… todas esas cosas de enfermeras. Los breaks perdían su rigidez oficial (más de lo habitual), dando lugar a interminables tazas de té, pastas, tostadas, risas y bromas.

Los viejecitos agradecían todo aquello, llegando a olvidar las razones por las que se encontraban allí ingresados. Además aquella tarde Donald y Toffee nos visitaron. Donald, un señor ciego, grandote y de cabello blanco. Sus mejillas sonrojadas acentuaban su aspecto de un invidente Santa Claus. Toffee era su fiel perro guía, un labrador de color canela que hacía las delicias de los abuelos. Andaba de cama en cama, ofreciendo su cabeza inclinada y aguantando pacientemente las caricias y palmoteos que le daban. Incluso en alguna ocasión daba educadamente su pata, en forma de saludo. Esto hacía reír a los ancianos acercándolos un poquito más a esa felicidad navideña tan buscada. Cuando Toffee y Donald los visitaban, las pastillas y sueros sobraban.

Trabajando por las tardes descubrí, con grata sorpresa, que no era yo el único español entre los Ayudantes Domésticos. Había varios en distintas alas del hospital, la mayoría recién llegados, estudiaban por las mañanas y acudían al turno de la tarde. Entre ellos hice buenas migas con Kiko, Marcos y Azucena. Sobre todo con Azucena.

Kiko era un gaditano de Chiclana. Alto, flaco y moreno. El uniforme le venía algo grande y daba la sensación de estar allí de paso. Sin embargo trabajaba sin descanso y rara vez hablaba. Algo que siempre llamó mi atención, debido a los tópicos sobre su procedencia.

Marcos venía de Salamanca. Pequeñito, con gafas de pasta redondeadas y ligera tendencia al escaqueo, pero nada fuera de lo normal (en cambio, había una española, de cuño nombre y origen no quiero acordarme, que disfrutaba de largas siestas en el sofá de nuestra sala de descanso. Siestas pagadas al doble a la hora pues “trabajaba” en fin de semana). Marcos contaba con dos o tres ingenierías. Un ingeniero español fregando suelos en un hospital escocés… qué les voy a contar a ustedes que ya no sepan.

Azucena era un encanto. Madrileña, con ese deje tan característico e involuntario al hablar. Alta, bonita de ojos verdes sin llegar a ser bella. Simpática y traviesa, con una sonrisa pícara y contagiosa como el sarampión (que formaba dos hoyuelos en sus mejillas).  “Me llamo Azucena, pero los amigos me llaman Zuka y los íntimos: Zuki”, me dijo el primer día desde esa atalaya donde brillaban sus ojos. Alcé la cabeza para darle dos besos y pensé: “Jode' Jorge, ¡cómo vienen las nuevas generaciones!”. Yo siempre la llamé Azucena, denominación cuya belleza hacía más justicia a aquella criatura.

Una de aquellas tardes quedé con Azucena tras el trabajo. Tomamos una pinta en un pub de Rose Street. Entre trago y trago, charlamos y reímos como si nos conociéramos de una vida anterior. Sentados en aquellas viejas banquetas de madera, escuchando tonadas navideñas, descubrí que tras aquellos ojazos verdes se escondía una maravillosa persona. Una chica joven con una soltura, gracia y picardía que me dejaron totalmente en fuera de juego. “¡Te haces viejo, chaval!”, me dije mentalmente.

Tras las cervezas nos acercamos a la Feria de Navidad de Princes Gardens. Cada año colocan unas pocas atracciones y puestos de comida. Destacaba por su tamaño y altura la noria gigante, the Big Wheel que la llaman aquí (no se volvieron locos los anglosajones con el nombrecito), a la cual Azucena deseaba subir, pero no se atrevía ella sola. Así que me tragué mi vértigo con patatas y cual leal caballero español  acompañé a la damisela en aquel ascenso al techo de Edimburgo. Ascenso que fue lento y acompañado de ruiditos y crujidos de la vieja estructura que me hicieron recordar todas las oraciones aprendidas en el colegio de curas. Así que me encomendé a la Virgen y a todos los Santos del calendario, sonreí y traté de disfrutar de la compañía. La rueda se detuvo repentínamente cuando nuestra silla  ̶ desprotegida del viento en aquellos años ̶  alcanzó el punto más alto, como no podía ser de otra manera. Ignoro si estaba planeado o se debió a otras circunstancias que prefiero no imaginar. Allá estábamos, en el techo de Edimburgo, soportando el frío glacial bajo aquel manto de estrellas.  Acurrucados como dos gorrioncillos tiritando ante aquel viento inhumano que no entendía de espíritu navideño. Entonces ocurrió algo inexplicable. Algo inaudito. El viento paró como por ensalmo. La temperatura ascendió varios grados. Miramos embelesados el rosario de estrellas que salpicaba el oscuro cielo edimburgués. Extendimos nuestros brazos, casi llegando a tocarlas.

Y de repente la vimos. Una estrella de gran tamaño atravesó aquella mágica cúpula. ¿Una estrella fugaz? Tal vez, pero se deslizaba tan despacio… como si fuera indicando el camino a alguien.  Un camino antiguo y lejano que nacía en oriente. Un camino de amor, esperanza y felicidad que se abría paso entre tanta miseria y maldad. Allá arriba estábamos los dos, pasmados, todavía tiritando y con nuestros dedos rozando la Estrella de Navidad.

Entonces la Estrella desapareció y la enorme rueda reanudó su agónico girar.




6 comentarios:

  1. Buenas noches

    Ay Jorge, ¡¡Tú y las mujeres!!

    ¿Y no cayó rendida a tus piés como la sweet Sally? Peor para ella que se lo pierde.

    A veces hay que ser un poco malo con ellas, ser menos paño se sus lágrimas y mas fustigador, a lo mejor son esa táctica te hubiera ido mejor.

    Santurtziarra

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  2. Jaja Santurtzi. Sí, lo cierto es que siempre me falló lo de ser más fustigador, no va conmigo. Pero no es el caso, era pura y simple amistad.

    Gracias por comentar, como casi siempre el primerito.

    Un saludo desde la bella Edimburgo.

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  3. Yo no te haría subir a la noria, que tengo vértigo como tú!! :)
    Así que mejor nos vamos directamente a la parte del pub y a ponernos al día, y como será primavera ya, no pasaremos frío :)

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  4. Jaja minafog, no he vuelto a subir otra vez. Una sola vez en casi en 12 Navidades!! y eso que este año la Big Wheel es de lo más moderna con cabinas de cristal (que se tiene que agradecer cuando estés ahí arriba). Hay otra atracción más alta todavía, una especie de ascensor en una barra y hace poco se cayó la parte inferior de un asiento cuando estaba a tope de gente y cayó en medio de la plaza de abajo. No hubo desgracias de milagro navideño, imagino.

    Lo del pub suena muy bien y en primamera es mi cumple jeje shhhh no se lo digas a nadie
    ;-)

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  5. Bonito cuento de Navidad.

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    1. Gracias Comodus, esa era precisamente la intención ;-)

      (Para que veáis que no sólo soy un gruñón).

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