domingo, 29 de septiembre de 2013

f56- La Caja de Pandora, (noviembre 2003).

Confieso que tengo miedo.

El desenterrar todos estos viejos recuerdos tal vez no haya sido una buena idea. Sin desearlo he abierto una caja de Pandora de la cual han salido fantasmas en lugar de vientos enfurruñados. Fantasmas del pasado que han vuelto materialmente a mi vida. Personas a las cuales no había visto, ni de las que había tenido apenas noticias en más de diez años han llamado a mi puerta en estos últimos meses. Gente que ni siquiera conocía el hecho de que estuviera juntando estas pequeñas historias. A veces creo que al abrir el cajón desastre y volcar mis extraviados sueños en la pantalla, de alguna manera estoy invocando a esos fantasmas. Como si mi teclear tuviera poderes mágicos. Poderes que me inspiran temor.

No exagero, ha pasado ya en varias ocasiones. Como ya les conté un día me encontré a la buena de Wendy  ̶ mi encantadora profesora de hace diez años ̶  en mi café favorito. Hace unos meses recibí un correo electrónico de mi amigo Álvaro  ̶ que retornó a España en su forito con el maletero lleno de sueños rotos y aventuras que contar allá por el 2003 ̶  diciéndome que venía de visita y a ver si nos tomábamos unas pintas por los viejos tiempos. El pasado agosto, en pleno festival, con cientos de miles de turistas, viajeros, soñadores y vividores en la ciudad, me encontré de cara con Juliette… acababa yo de escribir el episodio de cuando la conocí. Estaba igualita, no había cambiado nada en estos diez años. Como si con mi mágico teclear la hubiera tele-transportado del pasado. Me contó que al fin conoció a su Jack Dawson, que era alto, moreno, de piel oscura y sonrisa de nácar. Un turco de novela rosa que le devolvió la sonrisa y la fe en los hombres. Ahora viven su cuento de princesas y dragones a caballo entre Turquía, Escocia y Finlandia.

Confieso que tengo miedo.

Miedo a cruzarme un día en Leith Walk con Ella, y que me diga que es una más de las muchas personas que han tenido que huir de la terrible situación que atraviesa mi querida  ̶ y a veces odiada ̶  España. Que se pare en frente de mí, me mire a los ojos de aquella manera, me sonría y exclame: “Jorge, no me escribiste”.

Confieso que tengo miedo.

Miedo a entrar un día a degustar el mejor chocolate a la taza de la ciudad al Centotre de George Street y encontrarme allí a Erika, aquella kiwi con nombre vikingo que me destrozó el corazón a base de mentiras, caricias y puñales. La misma que dejó el país hace ocho años. Miedo a verla sentarse a mi lado y decirme con aquel dulce acento de guiri: “Falta los churo, ¿vierdad chiiko?"

Tal vez debería dejar de teclear. Dejar de invocar fantasmas del pasado.

Tal vez debería cerrar la caja de Pandora.


Una madrugada de aquel lejano y frío noviembre del 2003 me desperté de repente. Había tenido un sueño muy vívido, casi palpable. Me levanté de mi pequeña cama y con sigilo para no despertar a Juliette y Rolf, comencé a golpear las viejas teclas de aquella computadora que me había regalado Koldo. Empecé a introducir en aquel armatoste mi sueño aún fresco en mi velada mente. Escribí durante horas. No desayuné, no almorcé. Aquella historia no me permitía detenerme. Me anclaba al teclado como un viejo pesquero en calma chicha. Pero la tormenta estallaba dentro de mi cabeza, ideas, nombres, lugares, recuerdos, misterios, amores y lamentos.

Continué mi historia en pequeños cuadernos de escuela. De aquellos, finos y de líneas, que me asomaban a la ventana de mi infancia. Llevaba mi cuaderno a todas partes, a las cafeterías, a los pubs, hasta al baño llevaba aquellos cuadernos de tapas grisáceas. Escribía y escribía y no paraba de escribir. En el hospital anotaba ideas o diálogos que venían a mi mente mientras aspiraba alfombras, fregaba suelos y extendía mantequilla en tostadas templadas. Y a falta de cuaderno en aquellos momentos utilizaba cualquier otro material. Servilletas, toallas de papel, papel de cocina, la palma de mi mano.

En aquellos cuadernos escribí los entresijos de mi novela. Aquella novela que sería todo un  best seller. Que desbancaría al mismísimo Stephen King de las estanterías de las librerías.

Aquella historia de un niño de doce años, de un internado, de fantasmas, de frailes malvados y de colegialas traviesas.

Aquella historia volcada en cuadernos escolares.

Cuadernos de escuela que aún guardo en mis apiladas cajas de plástico, junto con poemas, recetas, libros, apuntes, sueños, lágrimas solidificadas y la bolsita de mi sobrina, todavía rebosante de besos.


domingo, 8 de septiembre de 2013

f55- Posos de Cariño (octubre 2003).


Poco a poco iba haciéndome al trabajo en el hospital. Ya nos advirtieron en su día que no consistía tan sólo en limpiar y preparar té con tostadas, sino que además debíamos tratar con respeto y cariño a los pacientes. No éramos enfermeros ni psicólogos pero tampoco ejercíamos de simples friegasuelos de a cinco libras la hora.

Tobbie era genial para tal misión. Entretenía y encandilaba a los viejitos. Lo mismo hacía malabares con tres naranjas y un melocotón, que les contaba chistes y chascarrillos, con ese acento de Fife que tenía, haciéndoles reír hasta las lágrimas, más de uno se orinó en los pañales y tuvo que llamar a la enfermera tras uno de sus shows.

Yo tampoco me quedaba corto y conversaba con uno y otro, entre fregada y fregada de suelo. Las ancianitas me atosigaban con preguntas sobre mi país y sus costumbres, sobre novias y amoríos, sobre estudios y labores. Les respondía con pocas palabras y mil sonrisas. Ellas tenían más claro que yo mismo el motivo de mi aventura por estas tierras: había venido a encontrar a una buena chica escocesa que hiciera vibrar el suelo bajo mis pies. Ante lo cual yo les contestaba que las chavalas locales eran criaturas extrañas y algo asilvestradas para mi gusto. Esto provocaba carcajadas explosivas que llevaban a pérdidas de dentaduras postizas y más pañales o sábanas limpias.

Algunos de sus nombres retornan a mi memoria  ̶ no así sus rostros, perdidos en la neblina del tiempo ̶  trayendo consigo recuerdos y vivencias que creí enterradas para siempre. Como el bueno de Hans, no tan mayor como los demás, un alemán educado y agradable que padecía una enfermedad terminal. Balbuceaba algo de español, pues según me contó había sido soldado en nuestra guerra. Nunca le pregunté en qué bando había combatido porque nunca me importó lo más mínimo. Allí era uno más, un paciente que destacaba por sus buenos modales y palabras amables con todos, enfermeras, médicos y limpiadores. Siempre me saludaba en castellano, con una sonrisa, acento fuerte y alguna pequeña incorrección gramatical: “Buenos ddías, ¿cómo esttás mi ammigo español?” Las enfermeras me contaban que sufría horribles pesadillas, gritaba en medio de la noche en su lengua materna. O a veces se mostraba confuso, perdido, durante el día, quedando callado acurrucado como un niño pequeño y asustado. En otras ocasiones creía estar todavía en el ejército y preguntaba sorprendido qué hacía allí dentro, que debía partir cuanto antes pues sus compañeros combatientes le estarían echando en falta.

También recuerdo a Bridget. Una viejecita delgada de cabello gris y mirada lejana. Su mente jugaba con ella, haciéndola hablar a las paredes o creer que los espejos eran puertas que nos comunicaban con otros mundos, con universos paralelos donde vivían sus familiares desaparecidos. La pobrecita siempre intentaba escaparse (y en alguna ocasión lo consiguió a pesar de todas las medidas de seguridad, mas sus fugas duraban unos pocos minutos y volvía sonriente acompañada del brazo de algún trabajador que la había encontrado paseando o recogiendo florecillas en los jardines del hospital). Todos teníamos encargo de cogerla de la mano y retornarla a su habitación, con susurros cariñosos, si la encontrábamos deambulando extraviada por el laberinto de pasillos.

Luego estaba el gruñón de Billy en su habitación individual. Ignoro qué enfermedad sufría pero requería cuidados continuos (vendas, ungüentos y lavados). Sus heridas provocaban un hedor prácticamente insoportable a su alrededor. Esto junto a su carácter agrio y desagradable hacían que el pobre hombre tuviera mala fama entre enfermeras y asistentes domésticos. Sin embargo, siempre fue correcto conmigo, imagino que mis pocas palabras y mi trato respetuoso le descolocaban un poco.

También guardo un especial recuerdo de Doris. Una ancianita cuyo rostro reflejaba los restos de una belleza que debió deslumbrar en sus años mozos. Siempre se quedaba mirándome con una sonrisa angelical. Yo la saludaba educadamente y le preguntaba cosillas sobre esto o aquello. Alguna compañera de habitación bromeaba y hacía comentarios cuando yo entraba, aspiradora en ristre: “Look Doris, your boyfriend is here!”, y las demás echaban a reír. Doris era formal y educada, apenas hablaba y utilizaba gestos con las manos para llamar la atención de los demás. A veces se comportaba como una niña pequeña, arrojando trocitos de pan al suelo cuando ella creía que yo no la veía. Y miraba hacia otro lado, con cara de no haber roto un plato en su vida, al acercarme para aspirar las migajas entre sus pies. Entonces yo le decía en castellano “Oye, no me seas bicho ¡eh!”, y ella sonreía con cara de pilla, comprendiendo a pesar de no entender ni una palabra de lo que había escuchado.

Ahora, diez años más tarde, me pregunto cuántos de ellos vivirán todavía; y si los numerosos asistentes domésticos que han pasado por el hospital durante todos estos años los habrán tratado con respeto; y si a estos trabajadores temporales les habrá sucedido como a mí, que aquellos entrañables ancianos dejaron un poso de cariño en mi corazón inmigrante que me dio fuerzas para continuar mi aventura en este maravilloso país.