domingo, 11 de agosto de 2013

f53- ¿Por qué? (agosto 2003).

Confieso que fue un mazazo para mí la inexistencia de Ken, aquel chico tan popular que era la viva personificación del perejil, presente en todas las salsas; pero la vida continuaba y debía reponerme y seguir hacia adelante.

Poco a poco iba haciéndome a la rutina del hospital, con sus horarios de tés, limpieza, breaks oficiales y oficiosos, escaqueos y sesteos −recuerdo a una compañera (española para más inri), que acostumbraba a tumbarse en uno de los sofás de la staff room durante los descansos y durante lo que no eran descansos a planchar la oreja y soñar con una “vida mejor”−. Sin embargo, de vez en cuando sucedía algo que me dejaba más en fuera de juego que al mismísimo Julio Salinas jugando con la Selección española; como aquella mañana que me encontraba recogiendo la cocina de mi ward (ala del hospital) cuando entró una de las supervisoras y me pidió por favor que hiciera un par de tostadas y una taza de té para un paciente recién llegado. Ante lo cual, obediente yo, me dirigí al lavamanos situado en una de las esquinas –exclusivo para dicho uso− abrí el grifo, extraje un poco de jabón líquido del dosificador y comencé a frotar mano contra mano bajo el chorro de agua caliente. Entonces ocurrió algo que me dejó patidifuso, confundido, en orsai  −que decíamos de críos jugando al fútbol (para referirnos al ‘offside’ o ‘fuera de juego’) en una explanada de tierra, con dos grandes piedras haciendo las veces de postes−, vamos que me dejó descolocado, la supervisora me sonrió y exclamó: “Muy bien Jorge, eres el único al que he visto hacer eso antes de preparar las tostadas”.

¿Había escuchado mal? ¿mi terrible ‘listening’ me la estaba jugando otra vez? ¿O mi jefa acababa de felicitarme, por el sencillo y rutinario acto de lavarme las manos antes de manipular alimentos? ¿después de haber estado limpiando inmundicias diversas? ¿…en un hospital?

Como les digo, patidifuso me quedé.

De inmediato hice buenas migas con Tobbie. Un compañero de fatigas escocés, de veintitantos años, simpático y dicharachero. Los dos trabajábamos en el mismo ward –geriátrico− y por tanto coincidíamos en la cocina y en las habitaciones de los abuelillos. Tobbie era un admirador de todo lo que fuese español (sobre todo de nuestras lindas y jóvenes féminas). Le gustaba nuestra cultura, gastronomía e idioma. Casi siempre que conversábamos y era mi turno de platicar, él solía intercalar algún ‘sí’ que otro, afirmando con un movimiento de cabeza, como guiño de complicidad hacia mi idioma natal, aunque fuera la única palabra que conociese (bueno, ésa y las diferentes usadas para denominar el busto femenino, que es lo primero que cualquier chico aprende en otro idioma). Eso me hacía sonreír. Tobbie era un buen chaval, algo tímido. Sus ojos azules cómplices de su sonrisa de niño travieso. Su nariz se escoraba hacia un lado, cosa que le producía cierto complejo y provocaba un constante ademán de llevarse el pulgar de la mano derecha para rozar la punta del apéndice olfativo, como si fuera un boxeador provocando al rival. Tobbie combatía su timidez con un humor extraordinario y un discurso imparable. Imitaba mediante voces y gestos a actores y personajes famosos. Lo mismo te reproducía un monólogo de Die Hard con la vocecita de Bruce Willis, que imitaba el inglés perfecto y aristocrático de la mismísima reina. Tobbie se había equivocado de profesión, Tobbie era un payaso vocacional.

Tobbie ha sido de los pocos escoceses que en todos estos años me ha hecho reír. Me refiero a reír hasta las lágrimas. Reír como reíamos de adolescentes, doblándonos hacia delante, con dolor de barriga, suplicándonos el uno al otro parar ya. Digo el uno al otro porque yo también soy algo payasete. También tengo mi cosita, cuando me meto en harina.

Existía química entre Tobbie y yo. En seguida veíamos el lado divertido de cualquier situación o persona. Imitábamos a los supervisores, a los compañeros, a los viejitos. Lo hacíamos sin maldad, por pura diversión. Las horas volaban cuando nos salía una buena función.

Uno de los personajes al que más imitábamos era Tavis, uno de nuestros supervisores. Escocés, treintañero, flaco, rubio con flequillo sobre los ojos azules. Fácil de imitar debido a su acento, a sus gestos y a su manera de andar. Dennis hablaba un dialecto escocés con una pronunciación muy difícil de comprender (al menos para mí). Era un tipo tímido, caminaba cabizbajo (sin perder de vista nunca las baldosas), cuando hablaba contigo jamás establecía contacto visual, o si sus ojos se posaban en los tuyos era tan sólo por una fracción de segundo. Tavis era objeto de burla por parte de muchos de nuestros compañeros (a sus espaldas) y nadie le hacía mucho caso cuando ordenaba limpiar esto o aquello; incluso daba la impresión de que los otros supervisores le hacían de menos. Me daba algo de lástima, Tavis. Yo solía escucharle y seguir sus instrucciones (como hacía ante cualquier jefe, tal y como lo hice siempre). Él siempre se dirigía a mi persona con respeto, siempre me decía “Good lad!” cuando comprobaba que había llevado a cabo las tareas solicitadas. Supongo que yo le caía bien, debido a la deferencia que le mostraba. Era mi superior y yo un subordinado.

A pesar de todo a Tavis se le veía feliz. Se le notaba que le gustaba su puesto de responsabilidad. No daba importancia a los menosprecios y cumplía con sus obligaciones semanales. Al cabo de un año cruzó la frontera del sur. Por razones que desconozco dejó el hospital y emigró a la pérfida Albión.

Por otro lado, mi amistad con Tobbie duró un tiempo más tras mi paso por el hospital. Quedamos para tomar alguna copa que otra, o para ir de montería –él tras presa española, yo a la búsqueda de una buena pieza autóctona−. Mas poco a poco el trato se fue deshaciendo, nos fuimos distanciando como dos barcos que se cruzan de noche en alta mar. En silencio, sin aspavientos. Esas cosas suceden, qué les voy a contar yo a ustedes.

A día de hoy continúo echando de menos las risas compartidas. Jamás he vuelto a conocer a una persona escocesa con tal sentido del humor, con esa soltura y simpatía desbordante. Un lepero nacido en Fife, por la gracia de Dios.

Hace un par de años, paseaba yo por South Saint Andrew Street cuando me tropecé con Tobbie que salía del McDonald´s. Habían pasado varios años sin vernos. Nos dimos un apretón de manos seguido de un abrazo espontáneo. En seguida Tobbie comenzó a poner voces e imitar a diestro y siniestro a personajes conocidos y por conocer. El Chiquito de Fife. Volvió a hacerme reír. Su salero me contagió y me lancé a imitar a alguna de nuestras ex compañeras de alegrías, penas y limpiezas.  Animado como estaba comencé una burda imitación de Tavis, ante la cual Tobbie dejó de reír súbitamente. Me miró con seriedad y dijo: “No, para amigo. No”. Y entonces me lo contó.

Parece ser que el salto a Inglaterra dado por Tavis no salió bien. Me falta información al respecto, pero supongo que no encontró un trabajo donde se viera a sí mismo satisfecho. O quizás la convivencia con el ‘auld foe’ resultó más dura de lo esperado. Tal vez se deprimió, quizá no pudo soportar la nostalgia que corría por sus venas escocesas.

Tavis se quitó la vida en la vieja Inglaterra.

(Por respeto, ésta será la única vez que escriba sobre él).

Tavis, Rest In Peace.



8 comentarios:

  1. Buenos días

    Pues si Jorge, la Parca cuando corta el hilo, no hace distinciones entre los hombres, de nada le sirven las credenciales que presentes ni lo grande que sea el óbolo para Caronte que lleves contigo. Lamentablemente, nos creemos dioses, o una suerte de raza superior erigida sobre las quebradizas patas de nuestro progreso como sociedad y nuestro orgullo, lo cual nos deja muchas veces para nuestra desgracia indefensos cuando sale nuestro boleto en la lotería de la vida, el único sorteo en el cual sabes que si o si, a todos nos acaba tocando.

    Muchas páginas de historia han pasado delante de mis ojos, y siempre me ha resultado fascinante como los hombres de épocas pretéritas tenían perfectamente asumido que la muerte formaba parte de la vida, un simple trámite a cumplimentar para con su destino y para con ellos mismos, sin rastro de temor ni amargura en sus ojos a la hora de enfrentarla.

    Me ha encantado la Fargadita, es de las que te hacen pensar acerca de lo oscuros recovecos que el destino lleva siempre consigo, yo también lo siento por el pobre Tavis.

    Sic transit gloria nostra.

    Santurtziarra

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    1. Pues sí Santurtzi, así es la vida.

      Gracias por comentar, como siempre.

      Esta Fargadita, como otras tantas, la saqué del alma, tal vez por eso te gustó.

      Un saludo señor poeta.

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  2. Buenas noches:

    ¿Señor poeta? jajajajaja, si al final por tu puñetera culpa me lo voy a acabar creyendo ;-)

    A mi la contestación también me ha salido del alma, porque me ha removido recuerdos sepultados en la memoria de un tipo que conocí en el trabajo hace ya muchos años. No sería la primera vez que me dicen que me tenía que haber dedicado a estudiar Historia o Magisterio para dedicarme a la enseñanza, que lo mio no son las bombillas ni los cables.

    Vete a saber, a lo mejor me reinvento en UK como profesor de español o de historia. :-O

    Santurtziarra

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    1. Nunca es tarde amigo Santurtzi, nunca es tarde y menos en UK. Ya ves, yo ahora a la Uni, ¡a mis años! :-O

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  3. Buenas noches

    Tienes mas pelotas que el caballo de Espartero (He visto la estauta en Logroño), no te imaginas lo que me alegro por ti Jorge, a ver si la ambición prende en tu mente y te comes Edimburgo de un bocado.

    Ya te mandaré un privado con novedades, ya.

    Santurtziarra

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    1. ¡Ay el Espartero! ¡qué morriña!

      Hay que evolucionar o morir, Santurtzi.

      Un privado, cuando gustes.

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  4. Hola,
    Acabo de descubrir tu blog y me parece realmente interesante. Ya me lo he puesto entre mis favoritos. Te paso los míos, por si quieres pasarte:

    http://unblogpersonaljma.blogspot.com/
    http://jmartinezaznar.blogspot.com/
    http://unascronicasviajeras.blogspot.com/

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    1. Muchas gracias Jordi.

      Echaré un vistazo a los tuyos.

      Un saludo desde Edimburgo.

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