domingo, 7 de julio de 2013

f48- ¡Viva San Fermín! (7 julio 2003).

La vida en el nuevo piso fue poco a poco empeorando. Lentamente me trajo recuerdos desagradables de vivencias anteriores. Suciedad constante en la cocina, pelos de diferente longitud, color y textura en la bañera, esa especie de pasillo ancho que hacía las veces de living room lleno siempre de platos, cajas de pizza y gente desconocida. Vamos, que comencé a sentir una expecie de déjà vu, como si el destino traicionero me hubiera regresado a aquella boxroom de techo inalcanzable y estrechez claustrofóbica.    (ver) 

Allí tampoco nadie parecía limpiar. Era la asignatura pendiente de nuevo. Una asignatura que ni en febrero, ni en junio, ni siquiera en septiembre aprobaría aquella cuadrilla de personajes. Y yo no estaba dispuesto a ser la chacha de nadie. Mi habitación la mantenía lo más pulcra posible. Tarea bastante complicada debido a la basura de aspiradora con la que nuestro querido casero –Mr. Fajo-de-billetes-en-mano− había equipado el piso. Un monstruoso aparato que emitía un estruendo de Boeing 747 en pleno despegue, pero que succionar lo que se dice succionar más bien poco, tirando a nada. Era como aspirar con una pajita metida en la boca.

Así que poco a poco mis peores predicciones fueron haciéndose fuertes. Aquella tabla de salvamento se transformaba día a día en lo que siempre fue, un cutre-piso, un piso patera. Un piso patera que los ibéricos se iban pasando de mano en mano, mediante el más antiguo y eficaz de los métodos: el boca a oído.

Nuevamente mi habitación se convirtió en mi castillo. Era amplia y luminosa. Comencé a escribir de nuevo –es una adición que vuelve una y otra vez, arrogante y testaruda− en un viejo ordenador que Koldo me había regalado. Bueno, en realidad lo encontró en una de las habitaciones del enorme piso recién llegado. Era un trasto enorme con monitor monocromo y más lento que el caballo del malo. Pero para volcar cuatro líneas en su aburrida pantalla me bastaba y sobraba. Era como una terapia. Me encerraba a cal y canto en el cuarto, música metalera de fondo (leí que era el método usado por Stephen King), lata de cerveza a mi vera y me arrojaba de cabeza al folio en blanco. Bueno, a la pantallita en gris oscuro. Escribía sin pararme a pensar. A bocajarro, sin tregua. Elegía cuatro o cinco palabras (al azar, tomadas de un libro) y trataba de construir una historia a partir de ellas. En ocasiones quedé realmente sorprendido del resultado. Otras veces, avergonzado agarraba el folio imaginario –carecía de impresora− lo estrujaba y arrojaba a la papelera del olvido. Tantos y tantos folios desechados. Palabras que quisieron ser protagonistas, tener éxito, pasar a la Historia, y acabaron en un rinconcito oscuro de un viejo disco duro.

Koldo era el chico navarro que sentía que su sangre era vasca de pura cepa.(ver) ¿Y quién era yo para discutir el RH de nadie? Un buen chaval, algo obsesionado quizás con el reciclaje. Lo separaba todo en cajitas y bolsitas: plásticos, botellas de vidrio, cartones, basura orgánica. ¡Ojo, que yo veo genial eso de reciclar, cuidar el planeta y salvar a las ballenas! Pero es que después acudía a mí a que le echara una mano para depositar todo aquello en sus respectivos contenedores, que en Edimburgo (todavía en la edad de piedra del reciclado, incluso hoy en día) se situaban donde Cristo perdió la alpargata (con perdón). ¡Y hala, cargados como pollinos en busca del arca perdida de la nueva era: el contenedor de vidrio de color!

Koldo era un muchacho honesto, que trabajaba y estudiaba para lograr alcanzar sus sueños. Como todos. O al menos como todos aquellos que tenemos un sueño. Sueño, luego existo. Un chico con buen corazón, siempre optimista, hablador –algo exagerado y chulesco, como si en lugar de en Elizondo hubiera nacido en el mismísimo Botxo-  y alegre. Siempre alegre. Lo recuerdo tal día como hoy hace diez años, vestido de blanco y con el pañuelo rojo al cuello. “Yo siempre celebro San Fermín, en Pamplona, Edimburgo o Pekín”, exclamaba. Con dos cojones. Aquello me hizo sonreir y evocar restos de mi adolescencia en tierras riojanas, allá en otra vida. Recordar a otro amigo navarro –igual de chulesco− y su grito de guerra por estas fechas: “¡En San Fermín, que trabaje la Guardia Civil!”.


Pues eso, ¡Viva San Fermín 2003, 2013!


* Esta fargadita está dedicada a otro buen navarro, JoséLondres.

1 comentario:

  1. Hola.
    Soy Paco Chalmés, community manager de llamagratisacasa.es, un servicio de llamadas desde España al extranjero a bajo coste.
    Me ha encantado tu blog. He programado recomendaciones del mismo a nuestros seguidores y he rebotado por primera vez una entrada tuya en nuestro blog, citando la fuente, por supuesto.
    Te paso el enlace: http://www.llamagratisacasa.es/f48-viva-san-fermin-7-de-julio-de-2013/
    Si tienes alguna reserva al respecto, o quieres hacerme llegar algún comentario, puedes hacerlo en el siguiente e-mail: paco_chalmes@setquinze.com
    Muchas gracias y enhorabuena de nuevo por tu blog.

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