martes, 12 de marzo de 2013

43- Cuando las apariencias engañan (III). (27 abril 2003).



Mis amigos fueron la balsa de troncos a la que me aferré en cuerpo y alma. Me dieron cariño físico, en forma de abrazos y masajes de espalda por parte de Bea, y afecto emocional, a base de agradables conversaciones y consejos por parte de David:

− No merece la pena pal. Sal de ahí cuanto antes.

La decisión ya estaba tomada en mi mente, incluso antes. Se acababa un ciclo más en mi etapa escocesa. Dejaría “el piso de las chicas”, el lugar que tantos buenos recuerdos sembró en mi cerebro, sin tan siquiera yo ser consciente de ello. Adiós al pasillo lleno de sostenes y tangas de colores. Adiós a las largas conversaciones con Rachel y a sus consejos lingüísticos. Adios a su rubor –cuando hablábamos de temas carnales− y a su risa de muchacha traviesa.

Últimamente Rachel no paraba mucho por el piso. De ahí que no le diera la importancia debida a los trapicheos del Listo y de la Adosada. Llevaba un tiempo saliendo con un chico. La relación parecía ir por buen camino. Ir en serio, que se dice. Las horas de Rachel transcurrían más en casa de su nueva pareja que en nuestro piso. El Listo, poco a poco, y como quien no quiere la cosa iba conquistando el terreno, a la manera de los franceses en la España de 1800. Algo más tarde Samantha se fue. Nunca supe bien dónde ni cómo ni el porqué.

Con el acaloramiento de la contienda todavía reciente, me dispuse a buscar un nuevo piso. Lo encontré de manera rápida. Demasiado rápida. Las prisas no son buenas consejeras. Es un dicho popular. Por alguna razón se habrá hecho tan conocido. El futuro inmediato se encargaría de recordármelo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Tras hallar el que sería mi nuevo hogar y castillo, visité a la buena de April, que seguía con sus maneras amables y educadas al frente de la humilde agencia inmobiliaria. Le expliqué por encima la situación. Sin entrar en detalles. Sin nombrar a Samantha (por supuesto). No existía un buen feeling entre el chico nuevo y yo. Necesitaba un cambio de aires (y de vientos). ¿Le bastaría con 15 días de aviso, para así poder recuperar el tan necesitado depósito de dinero? – en lugar del acordado mes−. Lancé la pregunta recuperando mi mejor carita de niño bueno. Poniéndole ojitos de cachorro de anuncio de papel higiénico (otra mención al papel del baño… Jorge, esto has de mandar que te lo miren ¡eh!). Su mirada comprensiva y su sonrisa bondadosa me anticiparon su respuesta.

Ok Jorge. Hablaré primero con Rachel. Si todo está bien y las facturas en orden, te devolveré el depósito.

Llegó la mañana del domingo 27 de abril. Algún que otro valiente, y solitario, rayo de sol entraba a través de la enorme ventana del living room. Nos habíamos levantado a la misma hora. Rachel y yo desayunábamos en silencio. Ella sentada, a lo indio, descalza (pies muy blancos, uñas con esmalte verde y dos anillos en los dedos), sobre el sofá grande –me encantaba verla así− con su bowl de cereales nadando en un mar de leche. Yo en la silla de tela roja, que hacía las veces de sillón individual, con mi tazón de muesli y fresas insípidas.

− Me voy, Rachel.

Levantó la cabeza y me miró sin comprender.

− El próximo domingo dejo el piso.

Sus ojos se apoyaron en los míos. Con suavidad, sin fuerza, de la manera que miran los británicos. Creí apreciar una brizna de tristeza gris en su mirada. Lo creí con la misma intensidad que lo deseé.

− Ok. Lo entiendo. Tal vez sea lo mejor. – Y tras un segundo, añadió – Para todos.

Me levanté despacio. Recogí los restos de mi desayuno para llevarlos a la cocina. Cuando me disponía a abrir la puerta me llamó:

− ¡Jorge!

Me giré con cuidado, tratando de no volcar el contenido de la bandeja.

− I´m sorry.

Sus ojos sinceros. Todavía azules pero algo desteñidos.

− So am I Rachel, so am I.

Tal y como decidí, dejé el piso de Ashley Terrace un domingo 4 de mayo del año 2003. Cerré su puerta verde con sentimientos encontrados, de ilusión y de melancolía anticicipada. Nada más devolver las llaves, a través de la letterbox de la puerta, supe que dejaba atrás una de las etapas más felices  de mi vida, a pesar de su triste final.

Un par de semanas más tarde quedé con Rachel. Nos reunimos para un café en el McCowans de Fountain Park. April me había devuelto todo el depósito, sin demora ni pregunta alguna. Por mediación de la palabra dada por Rachel. A pesar de que todavía teníamos que aclarar los términos de una factura de la licencia de televisión.

Mientras ella aguardaba a que se enfriara su té, le expliqué las sencillas operaciones matemáticas, por las cuales yo me había descontado una pequeña cantidad de mi último pago (debido a que el dinero adelantado en su día cubría un periodo de tiempo durante el cual yo no disfrutaría del servicio, que debería cobrarse al próximo inquilino).

Le pasé el papel con los numeritos. Yo sorbía mi café americano mientras la contemplaba por encima de la taza.

Al final lo entendió. Le agradecí sus palabras positivas sobre mí a April. Me dijo que no había dicho nada que no fuera cierto.

No soportaba aquel hielo absurdo entre nosotros. Traté de quebrarlo evocando nuestros comienzos. Aquella entrevista a tres, en la cual yo mismo me adjudiqué el papel de nuevo inquilino, sin contar tan siquiera con la opinión de ellas dos. Volvió a reírse como una adolescente rebelde.

¡Cómo me gustaba hacerla reir!

Cuando nuestras carcajadas se calmaron me lo contó todo. Llevaba varios días seguidos pernoctando en casa de su chico. Sin aparecer por el piso. La lavadora se había estropeado hace días. Estaba pendiente de que April mandara a alguien para arreglarla. Mientras ella usaba la lavadora de su novio, que vivía solo. El último domingo fue a recoger algo de ropa al piso de Ashley Terrace. Se encontró la cocina hecha una pocilga. Cajas de pizza, latas, contenedores de comida para llevar, pilas de platos sucios, sartenes grasientas, el suelo pegajoso y con lamparones, el horno indescriptible. Con resignación se puso los guantes de goma. Puso música y cogió una bolsa grande de basura. La llenó al completo. Dedicó toda la mañana a adecentar el piso.

En la mesita de café del living había una nota.

Rachel no la vio hasta que terminó con la cocina. Era de Jack. Decía que ya no soportaba más la situación. Que se iba del piso. Que volvía a casa de su madre.

Se quedó de una pieza. Pero además sólo le había dejado diez míseras libras para pagar las últimas facturas (que alcanzarían más del doble por cabeza) y nada de dinero para el temido impuesto de vivienda (council tax), que es un buen pellizco. No contento con esta ruindad, el Listo se había llevado, es decir robado, el libro Oficial del Council Tax (una especie de libro de cheques, con el logotipo del Ayuntamiento de la Ciudad de Edimburgo).

Me lo contó todo de un tirón. Sin dejarme intervenir. Sin esperar consejo ni lástima ni expiación. Tan sólo deseaba desahogarse. Vomitar toda la rabia acumulada. Respeté su monólogo con mi silencio. Solamente le comenté que eso era un delito. Por tanto denunciable. Que además de jeta, el muchacho debía de ser tonto perdido.

Salimos a la calle. El día se había tornado nublado, como si entendiera de despedidas. Comenzaba el inagotable drizzle edimburgués, siempre evocando en mí el sirimiri bilbaíno. Nos dimos un abrazo. Un abrazo que trataba de emular los de antaño, casi consiguiéndolo. Nos deseamos suerte. Nos prometimos llamadas y mensajes de móvil. Anticipamos citas para café, pastas y cotilleos. Nos dimos dos besos.

− ¡Jorge!

Me giré sobre los talones.

− …

− You were right!

− … (?)

− There WAS a ghost in the flat…

− What?

Rachel sonrió con pesadumbre, inclinando la cabeza como ella sólo sabía hacer. Sus ojos de un gris conmovedor, cómplices de la lluvia y del momento:

− Mi suavizante se consumía él solito. Y mi leche también…

Y se alejó bajo aquellas ridículas gotas de agua, burlescas lágrimas de algún dios celoso y egoísta, hacedor y deshacedor de destinos y de vidas.

Nunca más vi a Rachel.

17 comentarios:

  1. Por diossss, esto es como un culebrón, me encanta. ¿Nunca has pensado en volver a ponerte en contacto con Rachel??

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  2. Pues sí, muchas veces. Pero no sé nada de ella desde entonces. Lo intenté en su día en el caralibro también.

    Tal vez ella no esté de acuerdo con la versión de todos estos relatos...

    (Yo lo cuento desde mi perspectiva).

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  3. Se veía venir... La verdad es que nunca he compartido piso, por lo tanto nunca he estado una situación tan extrema, pero si he tenido muy cerca, supuesto amigo íntimo, a un jeta semejante. No me extraña que esa noche te quedaras con ganas de darle algo más que las buenas noches.
    Desafortunadamente se pierde el contacto con gente a la que tienes aprecio, cariño... o al menos a mi me a pasado, sin saber muy bien el porqué.

    Me encantan tus batallas! Animo con todo y esperando la próxima.

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  4. Llevo toda la tarde dándole vueltas. Quizás ella se sintiera culpable por no haberse mojado a tiempo. Hay veces en la vida que se tiene que tomar partido (máxime si te están robando). Quizás por eso no diera señales de vida.

    Quien sabe ... Ya se podía haber ido el Listo antes ...



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    1. Pues sí, el Listo nos echó a todos (de cierta manera).

      Yo también pensé de lo del sentimiento de culpabilidad. También tened en cuenta que yo me fui muy enfadado. Enfadado con el mundo entero. Por tanto yo estuve mucho tiempo sin intentar contactar con ella tampoco. Y me fui con prisas... y me metí en un agujero peor...

      Pero eso tendrá que esperar ;-)

      Un consejo: nunca os larguéis con prisas de un piso. La búsqueda del siguiente ha de hacerse con calma. Algo que he aprendido en todos estos años... y muchísimos pisos compartidos.

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  5. Buenas noches:

    Aún a riesgo de meter la pata, me vor a tomar la libertad de darte mi opinión a tenor de lo que has contado.

    Soy del parecer de que Rachel no estuvo a la altura de las circunstancias, es algo que supongo que ella misma se habría dado cuenta a posteriori, al fin y al cabo, ella como jefa dentro de la casa, era la que tenía la sartén por el mango para cortarle las alas a ese tipejo, otra cosa es que ella no quisiera o no pudiera hacer nada, para eso creo que la mejor respuesta la podrías dar tu en ausencia de la suya.

    Pero aún con todo, creo firmemente que hay gente que parece que sólo es feliz sembrando la discordia y la cizaña entre aquellos que les rodean, auténticos parásitos emocionales que sólo saben vivir, bien por incapacidad, bien por envidia, del dolor y el sufrimiento que van dejando tras de si de una forma tan onconfundible como la estela de un cometa en el cielo nocturno. Al final ese elemento no ganó nada en absoluto con su actitud, patético.

    Tu cabreo y mala hostia, mas que justificados, no es para menos.

    Santurtziarra

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  6. que bien! no tuvimos que esperar hasta el domingo para el desenlace! Gracias!.
    Estoy de acuerdo con Santurtziarra... No estuvo a la altura. Como te dije en mi entrada anterior, no me quedó buena opinión de Rachel. Aunque en esta me dio un poco de pena. Por no parar las cosas a tiempo y mirar para otro lado, se quedó sin el pan, sin el queso y con deudas.
    Hay que tomar el toro por los cuernos! :)

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  7. Es una pena que no hayas vuelto a quedar con ella. Imaginate la sensación de culpabilidad que tendría (con razón, ya los se), por no haberte apoyado.Sigo leyendote y cada vez me gusta mas lo que cuentas, que lo sepas. Un saludo!

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  8. Rachel fue una víctima más. Se equivocó y lo pagó con creces.

    El Listo no era una mala persona. Era un niño de mamá, acostumbrado a tener la mesa puesta y el culete limpio. Arrogante, chulo, egocéntrico y mimado (además de actor y guapete). Un coctel molotov para la convivencia con cualquiera.

    Gracias a todos por leer y comentar.

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  9. Buenas noches:

    Aibalahostiapues, pues la solución bien sencilla que era, si era un tiñalpa, le estampas un buen rodillazo en los webs sin que haya testigos y con la inconfundible promesa de darle ración doble la próxima vez que te toque los idem, que esos cuando les sacas los dientes se arrugan como el papel albal

    Santurtziarra

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  10. Pues si, de Santurce pues, que si llego a ser de Bilbao, el mono ese acaba orbitando como la estación espacial internacional esa.

    ¿Sabías porqué al Mar Muerto se le llama así?, porque uno de Bilbao se bañó en el y como no le gustó el agua le dió dos hostias.

    Santurtziarra

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  11. Por fin el final y antes de lo previsto. A este tipo de personajes nunca le vienen mal un par de "ottias" a tiempo, ¿te arrepientes de no haberselas dado?. Me da la sensación que Rachel era una buena persona, pero incapaz de enfrentarse a la realidad por no agraviar (en el pecado llevaba la penitencia).

    Un saludo

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  12. "Y se alejó bajo aquellas ridiculas gotas de agua,burlescas lágrimas de algún dios celoso y egoista'hacedor y deshacedor de destinos y de vidas"

    Joder Fargo,esa parrafada es digna de un libro ganador del premio Planeta.

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    1. Jaja gracias Comodus. Fruto de la rabia contenida en el recuerdo.

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