sábado, 9 de marzo de 2013

41- Cuando las apariencias engañan (I). (5 abril 2003).


Continúo rebuscando poco a poco entre el batiburrillo de eventos, fechas y personajes revueltos en el saco de mi memoria. Algunos salen a la luz de forma fácil −como cuando esas mujeres de parto llegan a la cama del hospital y ¡zas! prácticamente dejan caer el bebé−; para revivir otros recuerdos necesito horas de dolores, contracciones y a veces hasta cesárea.

Este es uno de esos partos dolorosos y duraderos. Debido, quizás, al filtro voluntario que aplico a todo este proceso de volver al pasado (recordando tan sólo lo deseado). Porque eso es lo que estoy haciendo con estas aventurillas, retornar a otro tiempo, a otro yo. Recrear hechos que quedaron enterrados bajo el peso de toneladas de arena del gran reloj de la existencia.

Habían pasado ya meses desde que la petite gabacha nos dejó. Como les conté, Rachel y yo hicimos un proceso de selección para encontrar un nuevo flatmate. Entre una serie de candidatos conocimos a aquel peculiar personaje futbolero. ¿Recuerdan? Sí, aquel tipo que amablemente me pidió quedarse a ver el partido de futbol conmigo. El mismo al que Rachel le dirigía encantadoras sonrisas, que camuflaban un desasosiego que yo no supe advertir. Al cual tuve que telefonear, yo, para decirle que sintiéndolo mucho no se ajustaba al perfil que estábamos buscando. En una de las siguientes entrevistas conocimos a Jack.

Jack se presentó con puntualidad británica. Era un chico joven, de unos veinticinco años, muy alto, moreno y atractivo –al menos a ojos de Rachel: “He´s hot!”, me dijo después−. Jack acudió vistiendo un traje y una camisa blanca. Impecable. Peinado con gomina (o algún gel de esos modernos) y oliendo a perfume masculino. Hablaba inglés bien construido, con un ligero acento escocés. Nos explicó que era actor, pero que desafortunadamente trabajaba de camarero. Vamos, como en las películas de jolibud. Jack estuvo correcto, educado, amable. No fumaba, tenía novia formal y no era dado a grandes fiestas o jolgorios en casa. Jack era el candidato perfecto. Jack era un profesional de las entrevistas…

Jack resultó ser un jeta.

Rachel me preguntó mi opinión, ladeando la cabeza y con aquella sonrisa que ponía. No me pude negar. Tras los candidatos vistos, Jack era una pieza hecha a medida para nuestro pequeño puzle casero. Así empezó mi pesadilla.

Poco a poco Jack fue haciéndose fuerte en el piso. Fue marcando su territorio como los perros jóvenes y dedicados, meando chorrito a chorrito, aquí y allá. Dejando los platos sin fregar, la sartén pringada, sus ropas en el living room. Averiguando con olfato detectivesco mis horarios matutinos: de forma que salía corriendo de su habitación para birlarme la ducha medio minuto antes de que yo abriese la puerta de mi cuarto. Usando mi detergente, mi aceite de oliva, mi leche, mi gel y mi café en polvo. El chico era listo. Sólo metía mano a los productos difíciles de medir sus cantidades. Jack no te robaba un plátano de los tres que poseías. Jack te mangaba un par de cucharaditas de café aquí, un vasito de leche por allá. El chico se conoce que había estado atento, en su día en clase, cuando el teacher les explicó la diferencia entre los sustantivos contables e incontables y sus correspondientes adjetivos. Ya saben ustedes, se utiliza el much para los nombres incontables, y el many para los contables.

Por supuesto, sobra decir, cuando le preguntaba o reprochaba él lo negaba y ponía cara de niño bueno. La misma carita que mostró en la entrevista. Pero sin el traje, la gomina y el perfume.

Jack era un jeta profesional. De vocación.

Al cabo de un mes de su llegada (cuando todavía no había mostrado sus cartas tramposas), Jack nos pidió un favor. Tenía a su novia norteamericana −Samantha− estudiando en la Universidad de Edimburgo. Su contrato de piso terminaba. Se quedaba en la calle. A ver si podía traerla a su habitación por unos días. Este tipo de favores son comunes cuando compartes pisos. Unos le echan más jeta que otros. Yo suelo ser de los otros, de los tontos. Le dijimos que sí, no problem.

Samantha se quedó más de cinco meses… sin pagar ni una libra extra. Así un pequeño piso para tres se convirtió en una pesadilla para cuatro. Rachel, la responsable del contrato, no decía ni mu. Mientras yo, tragaba y tragaba y no dejaba de tragar. Mis niveles de estrés subieron como el precio del autobús. El nudito muscular de mi espalda (recuerdo de mi paso por el Taller de Hombres) ya no sólo me gritaba con el estrés, directamente me ensordecía. Hubo días que llegué al colegio con el cuello y la zona superior de la espalda totalmente agarrotados. Imposible  girarme o mirar hacia arriba. Parecía Robocop tras un mal  día persiguiendo a los malos de turno.

Un día desapareció dinero. Era una cantidad que poníamos en común para pagar la electricidad (cuyo sistema requería introducir una tarjeta prepago en un aparato). Ese sobre con dinero siempre se dejó en la mesita del teléfono. Junto al famoso tendedero interior de ropa donde Rachel exhibía sus tangas de colores. Ese sobre nunca había mostrado una falta de dinero. Rachel lo sabía. Yo lo sabía. Era un nuevo caso de blanco y en tetrabrick… Era un nuevo chorrito de meada de nuestro particular podenco casero.

Mis alternativas ante tal problemática iban reduciéndose. Al final tan sólo quedaron dos opciones: o calzarme las botas militares y romperme la cabeza con el macho alfa, o abandonar mi querido piso de Ashley Terrace y comenzar una nueva aventura.

Continuará.

8 comentarios:

  1. Bufffff esto me recuerda a la hija de piiiiiii con la que compartí mi primer piso alemán. Me dijo 200 euros todo incluido (que en Leipzig es caro) Yo pagué luego 350 euros por 65 metros cuadrados ... y la habitación tenía 20. Pues su novio se vino a vivir con nosotras. Y nos llegó una factura de agua, luz, clefacción para tres no para dos ... Yo les dije que lo justo era dividirlo entre tres (aunque yo tuviera todo incluido) y la muy zorra me dijo que ella con su novio no tenía contrato de alquiler. Se quedó con mi fianza la muy hija de piiiii

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    1. Pues sí querida. Es el prototipo de jeta con el que, por desgracia, me he topado en más ocasiones de las deseadas.

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  2. Buenas tardes

    El problema es cuando no se tiene malicia para esas cosas, hay gente que parece que nace con ese instinto para la insidia y la cizaña. Donde yo trabajaba antes habia un tipo que era un gitanazo de libro, con una labia increíble, respuesta para todo y esa rara habilidad para caer como los gatos siempre de piés cada vez que la preparaba que no eran pocas ni pequeñas y cargarle el marrón a todos a su alrededor.

    Cuando tienes a tu lado lo mas parecido a un bomba de relojería, lo mejor es tenerle lo mas lejos posible, era como la falsa moneda de mano en mano va y ninguno se la queda, era el hijo del Gran Jefe y por tanto, intocable. Reconozco que era angustioso tenerle al lado, siempre con esa sensación de que tarde o temprano ibas a acabas con el puñal clavado entre las costillas.

    Por cierto, merengues fecicitaciones, que no se si te llegó el privado que te mandé.

    Santurtziarra

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    1. Hola Santurtzi, perdona se me pasó contestarte al privado (acabo de hacerlo).

      Pues sí, estos elementos no abundan pero cuando compartes pisos te los sueles encontrar.

      Un saludo.

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  3. Es una faena, pero no hay nada como pasar en primera persona estas malas experiencias para poder verlas luego a 500 km de lejos...
    Espero ansiosa el desenlace ;)

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    1. Exacto, tan sólo aquel que lo ha vivido en carne propia puede entender al 100% esta batallita.

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  4. A mí me sirvió para "crecer". A partir de entonces, el "buen rollo" se acabó ... "sisisisisi yo me fío de ti pero ponlo en el contrato. Una es buena, pero no tonta.

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  5. Me hierve la sangre!! yo también tuve una jeta de compañera de piso en Bilbao... Todo es decir que cuando dejé de ser tonta, me tomé justa venganza!!!

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