lunes, 30 de diciembre de 2013

F62- Triple Nochevieja, (31 de diciembre de 2003).

No lo podía creer. El año había llegado a su fin y casi no me había enterado. Pronto cumpliría dos años en la bonnie Scotland, algo que ahora desde la distancia temporal cercana a la docena de primaveras se me antoja ridículo, pero que en su día me provocaba incluso vértigo pues nunca soñé con quedarme tanto tiempo.

No lo podía creer. El 2003 había volado, yo había logrado sobrevivir una temporada más, tenía un trabajo, acababa de estrenar un piso maravilloso, contaba con un número importante de amigos (más de los que nunca tuve, sobre todo del sexo masculino) y sin embargo, estábamos a día treinta ¡y yo sin un plan para la Hogmanay!

El día anterior resultó un completo fracaso. Nuevamente mi mente de españolito me jugó una mala pasada. Lo tenía todo planeado al dedillo y ¡zas, con la Gran Bretaña y sus estrictas normas topamos! Trabajaba de turno de mañana y se me ocurrió la brillante idea de meter en la mochila una bonita botella de cava, Freixenet Cordón Negro,  bien fría (¡qué ilusión sentí al verla allí solita en una de las baldas del Tesco!). Todavía recuerdo la cara de espanto que puso la jefa de enfermeras cuando, ingenuo de mí, le propuse echar un pequeño brindis con todos sus compañeros allí en el cuartito que compartían para sus ratos de sosiego, junto al control de enfermería. "¡Noo Jorge, please!". Sally me miraba por encima del hombro de su jefa, ojos chispeantes y sonrisa traviesa, diciéndome telepáticamente: “Ya me tomaría yo la botellita a medias contigo, guapetón”, (pero seguro que era fruto de mi calenturienta imaginación, otra vez). Así que la hermosa botella tuvo que ser devuelta a la mochila, muy a mi pesar. Nuevamente había olvidado en qué país vivía, sus normas, sus costumbres, su rigidez para ciertos asuntos. Había olvidado que sus gentes no saben abrir una botella de vino y dejarla sin acabar. Una vez que salta el corcho, parecen no conocer cómo detener la ingesta de alcohol. Para ellos el concepto de botella a medias carece de sentido. La botella está llena, y después vacía. Punto, sin medias tintas ni tonterías. De ahí la estricta prohibición del consumo de alcohol en el lugar de trabajo, bajo cualquier circunstancia o situación. Otra vez, muerto el perro se acabó la rabia. Una botella de champán entre más de doce personas, calculen ustedes el peligro. Años más tarde caería en la cuenta de hasta qué punto llegan a ser estrictos en este asunto, cuando trabajando de cajero en un supermercado me impidieron (mi supervisora) venderle una caja de bombones a una chica de diecisiete años… porque contenían licor.

¡No lo podía creer, Nochevieja y continuaba sin plan!

Afortunadamente un viejo conocido acudió a mi rescate. El bueno de John me llamó aquella misma tarde. Contemplé en la pantallita del móvil su nombre y una sonrisa iluminó mi abatido rostro. “¡Hola mi amigo!”, dijo con su español de guiri, “¡Maniana fiesta, Nuevo Anio Fespira!”, traduciendo literalmente la denominación utilizada en su idioma materno (New Year Eve), a golpe de diccionario, en tiempos todavía tempranos para San Guguel y los teléfonos inteligentes. “Se dice Nochevieja, John”, le contesté con recobrado entusiasmo.

Aquel último día del año nos juntamos en un piso de los amigos de unos amigos de John. Algo habitual en este tipo de reuniones. En ocasiones llegas a festejos en los cuales casi no conoces a nadie, algo que no supone ningún problema, cuando la bañera del cuarto de aseo está llena de cervezas incrustadas en cientos de cubitos de hielo.

La vivienda estaba en Marchmont, zona habitual de pisos de estudiantes universitarios. La ubicación era perfecta pues el enorme parque de los Meadows quedaba a tiro de piedra, lugar ideal para contemplar los fuegos artificiales que serían lanzados sobre el castillo pasadas las doce de la noche.

La velada comenzó a base de chupitos de licor y cervezas Brahma. Varios de los asistentes eran brasileños, así que decidimos celebrar la temprana entrada del 2004 en su lejano país a las diez de la noche, hora escocesa. A ritmo de samba, bailando con dos bellezas rubias, altísimas y de ojos azules que me juraban y perjuraban ser brasileñas. Del sur, decían proceder. Yo, que empezaba ya a escorar con tanta birra, caipirinha y agua de los floreros, pensé que me tomaban el pelo. Aquellas mozas debían de ser noruegas chapurreando portugués. Mas al ver cómo movían las caderas, sus vientres planos y adornados con brillantes, sus risas y los achuchones a que me sometían, concluí que sí que tenían que ser del Brasil. Viendo aquellos dos monumentos comencé a elaborar en mi mente la consabida lista de buenos propósitos para el nuevo año: perder algo de peso (decidido, tiraría la maldita báscula por la ventana), dejar de fumar (fácil, jamás me inicié) y apuntarme a una academia para aprender portugués, echarme la mochila al hombro y emigrar, de nuevo, a aquel paraíso terrenal donde habitaban angelitos sin alas como las que danzaban ante mí.

A las once llegó la Nochevieja española. A falta de uvas abrimos una gigantesca bolsa de pasas y fuimos repartiéndolas a montones de doce, trece o veintidós, entre los presentes. Escuchamos las campanadas por internet y entre carcajadas nos comimos las doce uvas viejas a puñados. La samba tornó en rumba flamenca, rock alternativo y música de Manu Chao. La cerveza brasileña dio paso a la San Miguel y las caipirinhas a los gintonic.

Casi a punto de dar las doce de la noche, bajamos a trompicones las escaleras de aquel piso. Anchas, de piedra desgastada, sucias, saltamos sus escalones de tres en tres dando horas extra de trabajo a nuestros ángeles de la guarda. Llegamos entre jadeos y tambaleando a los Meadows. Nos tumbamos en grandes mantas de cuadros escoceses (que alguna de las chicas, más sobria, había recordado llevar). Y allí tirados, con botellas de champán pasando de mano en mano, contemplamos el hipnotizante espectáculo de los fuegos de artificio, que enmarcaban el viejo y huraño castillo con luces de colores, invitando a soñar y a repartir piquitos entre las bellas escocesas, y entre las que no eran escocesas. Celebraba mi segunda Hogmanay en la mágica Edimburgo. Di un par de sorbos cuando me pasaron una de las botellas, brindando mentalmente por David (cuya compañía en la anterior New Year Eve vino a mi memoria), por Bea y por toda mi gente allá en mi querida y olvidada, añorada y odiada, España.


Desde mi pequeño rinconcito escocés, desearles a todos mis lectores una feliz salida y entrada de año (tal y como decíamos en mi pueblo).

¡Feliz Año 2014!



jueves, 26 de diciembre de 2013

F61- Rozando la Estrella de Navidad, (diciembre 2003).

Ya está aquí la Navidad. Ya está aquí de nuevo, infatigable con sus sonrisas, sus villancicos y sus silencios. Regresa cada año, puntual a su cita con la nostalgia. Dulce y cruel al mismo tiempo, haciendo las delicias de los niños, apuñalando el corazón de los adultos.

Navidad, dulce Navidad.
Navidad, zorra navidad.

Suena el teléfono y una voz querida te da una de esas noticias que no quieres recibir nunca. Ley de vida, y todo eso, dicen por decir algo. Una voz querida te trae de vuelta la pesadilla que viviste hace tantos años (cuando eras un mocete crecido, que ya se afeitaba, que ya salía de copas con sus colegas, sin embargo seguías siendo un crío). Una querida voz que te devuelve a aquel mal sueño como una avalancha de nieve negra. “Debe de ser de noche…”, piensas absurdamente “… porque la nieve es blanca”. Una voz de alguien amado, que te hace saber del dolor de personas muy cercanas. Ese dolor que ahora les visita a ellos (Navidad, dulce Navidad), al igual que te visitó a ti y a los tuyos aquel lejano y nevado fin navideño.

Hago la llamada que debo hacer. Esa llamada que no deseo realizar y que los seres queridos al otro lado de la línea nunca quisieran recibir. Llamo. Sabiendo que no hay palabras. Conociendo de primera mano que lo mejor es el silencio, la paz, que te dejen tranquilo con tu dolor: ¡Que se vayan todos a la mierda!

Navidad, blanca Navidad
Navidad, oscura navidad.

Presiono el botón rojo, para finalizar esa llamada que no deseaba haber hecho. Esa llamada inútil. Esa llamada de palabras huecas, dichas con todo el cariño pero que son recibidas desde el interior de una nube blanquecina y fría, que impide la comprensión y  protege con su silencio.

Entonces cierro los ojos y viajo de nuevo al pasado, me zambullo en el mar del recuerdo, buceando diez años atrás, reviviendo aquella Navidad de 2003. Una dulce Navidad.

Me tocaba trabajar hasta tarde, la oferta de horas extra era algo habitual y las libras adicionales me vendrían de maravilla en dichas fechas.

El hospital emanaba felicidad y espíritu navideño. La decoración de pasillos, habitaciones y despachos ayudaba a ello. Todo eran espumillones de colores, arbolitos pequeños con brillantes bolitas y cristales tatuados de estrellas y escenas navideñas con una especie de nieve artificial.

 Las enfermeras, entre bombón y bombón, sonreían por los pasillos y acudían con entusiasmo a sus labores de cuidado: cambiar sábanas, administrar medicinas, medir temperaturas, cambiar goteros… todas esas cosas de enfermeras. Los breaks perdían su rigidez oficial (más de lo habitual), dando lugar a interminables tazas de té, pastas, tostadas, risas y bromas.

Los viejecitos agradecían todo aquello, llegando a olvidar las razones por las que se encontraban allí ingresados. Además aquella tarde Donald y Toffee nos visitaron. Donald, un señor ciego, grandote y de cabello blanco. Sus mejillas sonrojadas acentuaban su aspecto de un invidente Santa Claus. Toffee era su fiel perro guía, un labrador de color canela que hacía las delicias de los abuelos. Andaba de cama en cama, ofreciendo su cabeza inclinada y aguantando pacientemente las caricias y palmoteos que le daban. Incluso en alguna ocasión daba educadamente su pata, en forma de saludo. Esto hacía reír a los ancianos acercándolos un poquito más a esa felicidad navideña tan buscada. Cuando Toffee y Donald los visitaban, las pastillas y sueros sobraban.

Trabajando por las tardes descubrí, con grata sorpresa, que no era yo el único español entre los Ayudantes Domésticos. Había varios en distintas alas del hospital, la mayoría recién llegados, estudiaban por las mañanas y acudían al turno de la tarde. Entre ellos hice buenas migas con Kiko, Marcos y Azucena. Sobre todo con Azucena.

Kiko era un gaditano de Chiclana. Alto, flaco y moreno. El uniforme le venía algo grande y daba la sensación de estar allí de paso. Sin embargo trabajaba sin descanso y rara vez hablaba. Algo que siempre llamó mi atención, debido a los tópicos sobre su procedencia.

Marcos venía de Salamanca. Pequeñito, con gafas de pasta redondeadas y ligera tendencia al escaqueo, pero nada fuera de lo normal (en cambio, había una española, de cuño nombre y origen no quiero acordarme, que disfrutaba de largas siestas en el sofá de nuestra sala de descanso. Siestas pagadas al doble a la hora pues “trabajaba” en fin de semana). Marcos contaba con dos o tres ingenierías. Un ingeniero español fregando suelos en un hospital escocés… qué les voy a contar a ustedes que ya no sepan.

Azucena era un encanto. Madrileña, con ese deje tan característico e involuntario al hablar. Alta, bonita de ojos verdes sin llegar a ser bella. Simpática y traviesa, con una sonrisa pícara y contagiosa como el sarampión (que formaba dos hoyuelos en sus mejillas).  “Me llamo Azucena, pero los amigos me llaman Zuka y los íntimos: Zuki”, me dijo el primer día desde esa atalaya donde brillaban sus ojos. Alcé la cabeza para darle dos besos y pensé: “Jode' Jorge, ¡cómo vienen las nuevas generaciones!”. Yo siempre la llamé Azucena, denominación cuya belleza hacía más justicia a aquella criatura.

Una de aquellas tardes quedé con Azucena tras el trabajo. Tomamos una pinta en un pub de Rose Street. Entre trago y trago, charlamos y reímos como si nos conociéramos de una vida anterior. Sentados en aquellas viejas banquetas de madera, escuchando tonadas navideñas, descubrí que tras aquellos ojazos verdes se escondía una maravillosa persona. Una chica joven con una soltura, gracia y picardía que me dejaron totalmente en fuera de juego. “¡Te haces viejo, chaval!”, me dije mentalmente.

Tras las cervezas nos acercamos a la Feria de Navidad de Princes Gardens. Cada año colocan unas pocas atracciones y puestos de comida. Destacaba por su tamaño y altura la noria gigante, the Big Wheel que la llaman aquí (no se volvieron locos los anglosajones con el nombrecito), a la cual Azucena deseaba subir, pero no se atrevía ella sola. Así que me tragué mi vértigo con patatas y cual leal caballero español  acompañé a la damisela en aquel ascenso al techo de Edimburgo. Ascenso que fue lento y acompañado de ruiditos y crujidos de la vieja estructura que me hicieron recordar todas las oraciones aprendidas en el colegio de curas. Así que me encomendé a la Virgen y a todos los Santos del calendario, sonreí y traté de disfrutar de la compañía. La rueda se detuvo repentínamente cuando nuestra silla  ̶ desprotegida del viento en aquellos años ̶  alcanzó el punto más alto, como no podía ser de otra manera. Ignoro si estaba planeado o se debió a otras circunstancias que prefiero no imaginar. Allá estábamos, en el techo de Edimburgo, soportando el frío glacial bajo aquel manto de estrellas.  Acurrucados como dos gorrioncillos tiritando ante aquel viento inhumano que no entendía de espíritu navideño. Entonces ocurrió algo inexplicable. Algo inaudito. El viento paró como por ensalmo. La temperatura ascendió varios grados. Miramos embelesados el rosario de estrellas que salpicaba el oscuro cielo edimburgués. Extendimos nuestros brazos, casi llegando a tocarlas.

Y de repente la vimos. Una estrella de gran tamaño atravesó aquella mágica cúpula. ¿Una estrella fugaz? Tal vez, pero se deslizaba tan despacio… como si fuera indicando el camino a alguien.  Un camino antiguo y lejano que nacía en oriente. Un camino de amor, esperanza y felicidad que se abría paso entre tanta miseria y maldad. Allá arriba estábamos los dos, pasmados, todavía tiritando y con nuestros dedos rozando la Estrella de Navidad.

Entonces la Estrella desapareció y la enorme rueda reanudó su agónico girar.




martes, 17 de diciembre de 2013

F60- Un mensaje secreto, (diciembre 2003).

Llegó de nuevo el momento de llenar las alforjas y buscar nuevos pastos. Confieso que a pesar de la comodidad que suponía la cercanía con el hospital, nunca me adapté bien al piso de Morningside. La convivencia con Juliette y Rolf era respetuosa y tranquila, pero no me llenaba. Tal vez fuera el hecho de que la zona y el tipo de vivienda me trajeran recuerdos de mi estancia con Rachel y Elie, allá por mis comienzos. Necesitaba encontrar algo diferente, sin moquetas acosadoras (incluso en el baño teníamos alfombra por todo el suelo), sin roedores visitantes, por muy formales que fueran, sin escaleras viejas llenas de polvo y con olor a lejía y orines de gato. Sin portales oscuros y desangelados. Necesitaba encontrar una morada digna, moderna, limpia y confortable.

Tocaba pues Operación Charity. Previo a cada mudanza trataba de reducir mis pertenencias al máximo. Sin darte cuenta vas acumulando ropas, libros, papeles y trastos. Cajas y cajas que me acompañan allá donde vaya. El secreto es mantener un número limitado de ellas. “Jorge, o eliminas cajas, o tendrás que dormir en el pasillo”, era mi constante pensamiento antes de una mudanza. Además en esta ocasión no logré encontrar a nadie que me echara un cable. Todo el mundo parecía estar terriblemente ocupado entre semana y el bueno de Koldo se encontraba desaparecido en combate.

La idea consistía en donar unos cuantos libros a la charity shop del barrio, junto con algo de ropa (pero la mayor parte de vestimenta que ya no usaba estaba demasiado estropeada para ello, e iría directamente a la basura). Me armé de paciencia y me rodeé de cajas de cartón vacías y un par de gigantescas bolsas negras de basura a estrenar para los trapos viejos.

De pronto descubrí una caja de zapatos llena de cartas y fotos. Me senté al borde de la cama y me zambullí en el mar del recuerdo. Leí viejas postales, sonreí ante olvidados retratos. Entre mis dedos una tarjeta llamó mi atención. Se trataba de una de esas postales de aspecto rústico, artesanal. El boceto enmarcado mostraba una niña vestida con un traje regional tradicional. Anchos faldones y pañuelo en la cabeza.  En su mano sujetaba un manojo de grandes globos, cada uno de ellos con una leyenda escrita a mano: ‘amor’, ‘felicidad’, ‘alegría’, ‘pasión’, ‘amistad’… El fondo era oscuro, sobre él como trazado con tiza, una sencilla palabra de felicitación en una lengua amiga: ‘Zorionak!’. Se trataba de una tarjeta enviada en mi último cumpleaños por David y Bea. Cuando éstos formaban un nombre compuesto y no dos separados.

Al abrirla releí lo allí escrito. Dos pequeños párrafos de distintas caligrafías. Deseos de felicidad, juerga y alegría. Bromas de geriátricos y bastones. Volví a sonreír. Sin embargo lo que había logrado captar mi interés era la portada. Aquel dibujo. Aquel marco artesanal. Esa pequeña holgura entre ambos.

Hurgo un poco con los dedos. La tarjeta se zarandea levemente. Con cuidado de no estropearla la separo de su pequeña orla. Vuelvo a contemplarla entre mis manos y por puro instinto le doy la vuelta. El reverso muestra un puñado de líneas escritas a mano. Es una caligrafía delicada y de trazo redondeado. Una caligrafía femenina, como de niña de colegio de monjas. Es la letra de Bea.

“Ignoro si algún día se te ocurrirá darle la vuelta a esta cartulina…”.

El tiempo, la distancia y la vida habían hecho mella en mi relación con Bea. Aquella amistad que antaño se nos antojaba firme y sólida se había resquebrajado, sin nosotros saber muy bien el porqué, ni el cómo. En el pequeño y furtivo mensaje, Bea se disculpaba, de manera torpe e innecesaria, recordándome lo mucho que me quería.

Cuando acabo la lectura de esas pocas líneas, las pestañas ya no pueden contener las lágrimas acumuladas, que se deslizan cálidas y tranquilas por mis mejillas. Paso el dorso de la mano por mi rostro, secando como puedo aquel bochornoso caudal: “¡Venga Jorge, no me seas mariconeti!”. Abro la tapa del móvil y pulso un par de teclas.

Hola precioso, ¿qué me cuentas?

En aquel instante, la dulzura de su voz y la sonrisa que se adivinaba tras ella borraron de un plumazo toda huella de cualquier pasado y estúpido desencanto.


martes, 10 de diciembre de 2013

F59- Sweet Sally, (diciembre 2003).


Tantos relatos acerca del hospital y todavía no les hablé de Sally. Sally fue la causa de mi único arrepentimiento en aquellos comienzos. Arrepentimiento de no haberme lanzado a la aventura escocesa con anterioridad. De no haber solicitado ese trabajo en el Hospital Sin Sangre un año antes.

Sally era mi enfermera favorita. Sally, sweet Sally.

Pero mejor se lo cuento a ustedes desde el principio.

Dicen que para que exista el bien, es necesario el mal. Que para que podamos admirar lo bello, necesitamos conocer lo feo. Tal vez por ello coexistían bajo el mismo techo de aquel hospital dos mujeres que para mí eran como la noche y el día. Como el agua y el vino. Dos mujeres que daban sentido a la teoría del Yin-Yang. Dos enfermeras que se encargarían de mostrarme el Cielo y el Infierno en versión terrestre, sin necesidad de recoger número en el Purgatorio. 

Sweet Sally y Winnie The Witch.

Winnie era el trueno desagradable. Una cincuentona irlandesa, seria y antipática. Trataba a los asistentes domésticos como a chachas y se dirigía a ti mirándote por encima del hombro y con cara de haber desayunado cereales con ortigas. Sobre todo a los novatos extranjeros. Winnie era malévola pero no estúpida, si lo hubiera intentado con los escoceses más veteranos la hubieran mandado a buscar amapolas en aquella parte de su cuerpo donde nunca entraba la luz del sol. Son muy poéticos los escoceses para estas cosas. Winnie era la típica persona que te rehuía durante toda la jornada, y cuando faltaban cinco minutos para que ficharas te ordenaba limpiar detrás del frigorífico del cuartito de las enfermeras. Labor que sabía perfectamente te llevaría mucho más de cinco minutos. La bruja de ella.

Sally era el rayo de sol primerizo tras la tormenta. El anticipo del arcoíris. Sally iluminó con su sonrisa todas y cada una de las jornadas laborales que compartimos en ese hospital. Desde el día que entré en aquella habitación individual a pasar la aspiradora y la contemplé, por primera vez, cambiando las sábanas para un nuevo paciente. Al oírme entrar se giró, sonrió como ella sólo sabía hacer y me dijo con una voz de Blancanieves hablando a los pajarillos: “Two secs Darling”.

Sally era unos años más joven que yo, pero el amor no entiende de dígitos en el deneí. Era un encanto de escocesa, con ojos aniñados de un azul profundo como un océano. Rostro de facciones pequeñas. Con pequitas alrededor de una delicada nariz que le daban un aspecto de chiquilla traviesa. Con unas orejillas algo separadas que, junto a su cabello siempre recogido, concedían a su nuca un aire de lo más sexy. Daban ganas de acercarse por detrás y darle un bocado draculiano. Cuantas veces soñé que le quitaba aquellos palillos chinos que sujetaban su pelo en un moño desordenado, de puntas rebeldes que se negaban a colaborar; que lo desenredaba con dedos nerviosos mientras le susurraba cositas con mis labios rozando aquellos delicados pabellones auditivos y me dejaba ahogar en aquellos profundos mares del sur que me miraban de una manera que nunca me atreví a indagar.

Sally estaba recién casada.

Sally era dulce y delicada con los abuelitos, algo que aumentaba mi atracción hacia ella, si es que eso era posible. Los trataba con respeto y con un cariño de nieta visitadora, sin perder por ello ni un ápice de profesionalidad. Los hacía reír mediante chascarrillos que sonaban aún más graciosos con aquel acento de Glasgow que yo adoraba; o los regañaba, con fingida seriedad, cuando hacían alguna de sus chiquilladas.

Lo que yo creía que era algo privado, algo entre Sally y yo, una complicidad mutua y anónima construida a base de miradas, sonrisas y breves charlas, resultó que no lo era. Ignoro si ella me mencionaba en las conversaciones que mantenían las enfermeras en su cuartito, entre risas, tés y bombones. Yo por mi parte sí que le había comentado mis inquietudes a mi amigo inseparable, Tobbie, serio y discreto cuando las circunstancias así lo requerían. El caso es que más de una vez, otras enfermeras me hacían comentarios entre risitas y con mucho ritintín, como cuando aparecía por su mostrador para preguntar por cualquier cosa y me soltaban un “Are you looking for Sally?”, o como en otra ocasión que tras pararme un par de minutos a saludar a Sally en uno de los largos corredores, aspiradora en ristre, una de sus compañeras me susurró con sonrisa de pícara  ̶ al final del pasillo lejos ya de Sally ̶ : “She´s just married”, no sé si a modo de advertencia o de provocación.

Un día de aquel frío diciembre los enfermeros (también había algún que otro hombre) me invitaron a su fiesta de Navidad. Habían reservado una sala con bar, en un pequeño hotel en Minto Street. Me sentí especialmente halagado pues fui el único Asistente Doméstico convidado a tal evento. Cuando le comenté a John (seguía quedando con él de vez en cuando) que asistiría a tal festejo, me dijo riéndose “Ten cuidado que puedes acabar en un nurses-sandwich”, lo que le costó una mirada de Jennifer llena de reprocho y celos retrospectivos. Y es que John fue muy golfo en sus tiempos de soltería y sabía de qué pie cojeaban las enfermeras aparte de su amor por los bombones y las patatas fritas. En cambio yo recibí tal comentario con sonrisa bobalicona y mi imaginación calenturienta enviándome imágenes tórridas, de mi cuerpecillo entre dos muchachotas pelirrojas, con bustos merecedores del patrocinio de Central Lechera Asturiana.

Sally participó en la celebración, pero se retiró pronto a reunirse con su recién estrenado esposo. Yo por mi parte bailé, bebí y reí como hacía tiempo. Tan sólo una nube gris cruzó mi ánimo en toda la noche. Una nube que tapó la luna llena, provocándome un escalofrío y cierta zozobra. En el punto álgido de la noche, cuando el alcohol corría a raudales y las inhibiciones pasaban a mejor vida, una de las enfermeras se me acercó y me dijo entre risitas: “Someone´s got a crush on you”, que en castellano de mi pueblo significa: le haces tilín a alguien, o más bien tolón. Es decir, que a una persona le gustas mucho. Por desgracia, o quizás por suerte, entre cervezas, chupitos, bailoteos y risas nunca supe a quien se refería aquella misteriosa y ebria confidente.

Varios años más tarde, en otra fiesta, con otra gente, conocí a un chico maño que resultó que había trabajado de enfermero en mi querido Hospital Sin Sangre, en el mismo ala donde yo estuve, con los viejecitos. Entre picoteo de patatas fritas y tragos de cerveza me comentó que había coincidido con una enfermera muy maja que se llamaba Sally. Mi Sally, según la descripción que siguió. Y nuevamente, tras años de olvido, vi su sonrisa de colegiala y aquellos pozos azul cobalto fijos en mí. A continuación dijo algo que estuvo acosando mi alma durante algún tiempo. Me contó que Sally le había confesado que hace unos años había habido un chico español, trabajando en dicho hospital, que a punto estuvo de hacer tambalear su recién estrenado matrimonio.

Soñé que yo había sido ese chico. Rogué que no hubiera sido yo.



lunes, 18 de noviembre de 2013

F58- Paz, Amor y Queso de Oveja, (diciembre 2003).

Aquel lejano diciembre fue helador, o tal vez fue la sensación que a mí me produjo. Quizás la temperatura fue idéntica a la del año anterior y  tan sólo mi bajada de euforia ocasionó un mayor enfriamiento interior. Era mi segundo invierno en la oscura Escocia, ya no viajaba flotando sobre las aceras, ahora pisaba firme y seguro y mirando hacia el suelo para evitar las cagarrutas caninas.

Abrí la puerta del piso y enseguida supe que estaba vacío. Juliette estaría todavía trabajando pues a pesar de la oscuridad apenas rondaban las cinco de la tarde, y la ausencia del aroma que desprendía el pan especial que horneaba Rolf indicaba que éste todavía no había regresado de sus vacaciones en su Noruega natal. Tan sólo olía a calefacción recién puesta. Cerré los ojos, aún con el abrigo puesto, y aquella fragancia me transportó de inmediato a una escena familiar de hace mil años: mis hermanos y yo sentados a la mesa de la cocina, pintando con acuarelas mientras mi madre nos preparaba chocolate a la taza, hecho con una oscura tableta, que luego nos serviría bien caliente junto a gruesas rodajas de pan hueco untadas con Natacha.

A falta de chocolate me preparé un café de kettle  ̶ agua hirviendo, Nescafé y una gota de leche ̶  y me encerré en mi cuarto. Encendí el ordenador, puse la mente en blanco, para fundirme con la pantalla, y me lancé a teclear lo primero que se cruzó por mi cabeza. Así solía escribir pequeños relatos, a modo de entrenamiento. Alguno salía decente, pero la inmensa mayoría era pura bazofia digna de ser arrugada y arrojada a la oscuridad de la papelera virtual.

Aquel viejo armatoste electrónico (CPU y pantalla-monocromo gigantescos) siempre me hacía sonreír. Lo encendía y veía la cara alegre y pícara de Koldo: “Toma Jorge, quédatelo si quieres.  Tengo que comprar uno nuevo para la Uni”. En realidad todo aquel piso de Morningside siempre lo asociaré al bueno de Koldo, tal vez porque él fue el único que me ayudó con la mudanza. Los dos, cargados como mulas, viaje para arriba, viaje para abajo, sin dinero para un triste taxi. También por el hecho de que le guardé varios días unas cuantas cajas enormes, con su nombre en negras mayúsculas sobre los laterales, seguido de un número: KOLDO1, KOLDO2,… KOLDO7, mientras él ultimaba su cambio de residencia.

Ese mismo fin de semana me lo había cruzado por la calle, él subía por Leith Walk y yo bajaba: “Jorge kabrón, ¿qué andas?” (Aunque suene igual, siempre sentí que lo pronunciaba con ʹKʹ, y marcando la ʹrʹ intercalada). Entramos en el pub Brass Monkey para celebrar el encuentro.

Nos acomodamos en una mesa al fondo del bar, y allí frente a dos pintas de Guinness un Koldo de ojos brillantes y sonrisa más bobalicona y menos pícara que la habitual me confesó que se había enamorado. Que bebía los vientos por una compañera de clase, una neozelandesa morena de ojos verdes y cuerpo de amazona. Que llevaban poco tiempo pero que la cosa iba en serio. Tenían planes hechos, un futuro a compartir. Había hallado a la madre de sus hijos.

Había estado trabajando extra, saliendo poco o nada, ahorrando. De esta forma logró comprar una vieja DKV, de quinta o sexta mano, que ellos mismos pintaron a brocha gorda, utilizando alegres colores, buenas vibraciones y signos de paz, amor y buen rollito : soles, lunas, arcoíris, símbolos del Yin Yang, hojas de maría. Vamos, una mezcolanza hippie-surfista. Yo los visualizaba con camisas hawaianas y flores en el pelo.

Pasado lo más duro del invierno realizarían viajes por las Highlands y por la costa oeste, saco grande de dormir en la parte de atrás. Quiero imaginar que llevarían un colchoncillo también. Así pasarían fines de semana, vacaciones y fiestas de guardar (no muy abundantes por estos lares, dicho sea de paso).

Todo sería amor, felicidad, suavidad y ternura.

No volví a ver a Koldo hasta muchísimo tiempo después. Pasado ya aquel Summer of Love planeado y otro otoño y otro invierno. Lo encontré como siempre, quizás algo más serio, más maduro también. 
Volvimos a festejar el encuentro con unas pintas de oro negro. Me contó que todo había resultado genial con la kiwie, que disfrutaron de sus viajes de bocata y furgona. Que continuaron estudiando y planeando sobre pisos y niños. Hasta que un día, estando ambos nadando en la piscina climatizada de la Commonwealth, entre risas, aguadillas, besos y juegos, ella le miró sonriendo y dijo: “El lunes me vuelvo a Nueva Zelanda”.  Una despedida que lo dejó con el corazón inundado de agua, cloro, lágrimas y penas.

Era jueves. Black Thursday.

Y allí se quedó el pobre Koldo, con un castillo construido con nubes, soles y arcoíris. Un castillo tan alto como frágil. Un castillo derruido.

Me lo contó en tono tranquilo, cordial, sin rastros de rabia. Ya se la había tragado toda, supongo. Luego bebió un largo trago de la segunda pinta de Guinness, me miró y soltó una frase contundente. Fría y pesada como una losa. Sobre todo teniendo en cuenta que Koldo se había criado en Elizondo, en el Valle del Baztán, donde en los cercanos caseríos todavía se cocina con leña y se elabora queso de oveja de manera artesanal. La dijo con una sonrisa cruzada, más triste que enojado: “Jorge, estos Kiwis se las dan de viajeros y de exploradores del mundo… pero en el fondo son unos putos aldeanos”.

Quién sabe, tal vez la muchacha añoraba terriblemente el queso de oveja hecho por su abuelita.


jueves, 31 de octubre de 2013

F57- Lucía y yo, (diciembre 2003).

Retorné de nuevo al pasado. Recorrí las callejuelas del casco viejo de la ciudad que me vio nacer, Logroño. Entré en esos bares que tantas risas y broncas me trajeron. Busqué retazos de recuerdos de chicas, las cuales tantos sueños me vendieron y tantas lágrimas me regalaron. En esta ocasión, decidí adelantarme al destino. Ganar la partida a esos fantasmas que resucitan últimamente a mi alrededor –despiertan, debido al ligero clic clac producido por mis dedos sobre el teclado ̶ . De esta manera, decidí quedar con una de las personas que fue testigo de mi escapada inicial, de mi huida hacia adelante, de mi salto a cazar dragones. Volví a quedar con mi amiga Lucía, como tantas otras veces.

Nos citamos en el bar Parlamento, en día de clase, secretamente deseando ver a algún grupo de unedianos, cargados de libros, risas y sueños, como lo fuimos nosotros en aquel lejano 2002. Siguiendo nuestro viejo ritual cuasi sagrado, pedimos dos cervezas Heineken, en botella. Verdes, como renovadas esperanzas; heladas, como amaneceres en soledad; con sus golletes coronados con servilletas de papel, como sendos claveles rojos, marchitos a causa de la nostalgia; servidas por un joven camarero, con rastas en el cabello, que no encajaba en la película de mis recuerdos. “Jorge, te haces viejo”.

Nos acomodamos en el piso de arriba. En nuestra mesa de antaño, junto a la balconada, oyendo la música entremezclada con altas voces y risotadas provenientes del piso de abajo, gritos en la calle, y el ligero y húmedo chasquido de los besos de una pareja de mocetes en la mesa de al lado.

A las dos primeras cervezas siguieron otro par, o tal vez un par de pares. Quién sabe. El alcohol se olvida cuando se ingiere en buena compañía. Cuando lo de menos es el acto de beber, ensimismados en recordar y tratar utópicamente de recrear aquella atmósfera mágica y, por supuesto, irrepetible. Volvimos a pasar lista a nombres, cotilleos, matrimonios, hijos y escarceos. Cuanto más conversábamos, más profundo se hacía el acantilado abierto por los años. Más lejos quedaban aquellas noches, aquellas birras, aquellos sueños.

Me despedí de Lucía con dos besos, una sonrisa y un abrazo. Un tanto confuso y aturdido por el viaje al pasado. Siempre me ocurre, pero la niebla que invade mi mente es cada año más espesa. Me sorprendí preguntándome qué habría sido de mí, si me hubiera quedado. Si la vida me hubiera sonreído al lado de Lucía, o de Lorena, o de Silvia,… o de ella. Tal vez ahora tendría un bonito quinto piso, con ascensor y  balcón a la Gran Vía; un fiel y tonto pastor alemán que dejara el sofá de piel perdido de pelos; 2,5 hijos pidiendo que les comprara la Pay Station 8.0 o el último modelo de zapatillas deportivas Noke, con luces antiniebla en las suelas y aire acondicionado incorporado; una hipoteca claustrofóbica y un trabajo de renombre y requeteaburrido.

O tal vez fuera feliz.

La vida es un cruce de caminos constante. Nunca sabremos qué hubiera sucedido si en lugar de un ramal hubiésemos elegido el opuesto.


Yo elegí el desvío hacia el norte, el que me llevó a aquel diciembre de 2003, a aquel extraño trabajo en un hospital que no parecía un hospital. Donde continuaba limpiando habitaciones, preparando tés y tostadas para los ancianos, riendo con las charlotadas de Tobbie y volcando mis sueños en viejos cuadernos de escuela.

En mis días libres acudía religiosamente al Café Merlin en Morningside. Un lugar amplio y acogedor donde se servían cafés y comidas de día, y el cual se transformaba en disco-club de noche, con portero-gorila incorporado. Pedía un capuccino, sacaba el cuadernillo y el boli y continuaba el relato de las andanzas de aquel crío tímido de apenas doce años. Interno en un colegio de frailes capuchinos (¡anda mira, como el café que tomaba!), donde acaecían extraños sucesos camuflados en la apacible rutina colegial. En aquel mágico Valle del Baztán, rodeado de bosques y vacas, donde las historias y leyendas sobre brujas, fantasmas y duendes cobraban un significado especial. Un significado palpable, húmedo y frío.

Pero tal y como les conté al principio, en esta ocasión nuevamente me adelanté al destino: También visité el viejo valle, el obsoleto, descascarillado y semi-abandonado colegio, el encantador pueblo de Elizondo (aunque no vi a Koldo), y las pequeñas localidades vecinas.

Un viaje en el tiempo.


Esta vez aproveché al máximo el carburante de la nostalgia, a bordo de un imaginario y destartalado DeLorean, serpenteando por aquella vieja y empinada carretera, con gran excitación y un ligero temor de despeñarme por aquellos verdes y profundos barrancos de la añorada infancia. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

f56- La Caja de Pandora, (noviembre 2003).

Confieso que tengo miedo.

El desenterrar todos estos viejos recuerdos tal vez no haya sido una buena idea. Sin desearlo he abierto una caja de Pandora de la cual han salido fantasmas en lugar de vientos enfurruñados. Fantasmas del pasado que han vuelto materialmente a mi vida. Personas a las cuales no había visto, ni de las que había tenido apenas noticias en más de diez años han llamado a mi puerta en estos últimos meses. Gente que ni siquiera conocía el hecho de que estuviera juntando estas pequeñas historias. A veces creo que al abrir el cajón desastre y volcar mis extraviados sueños en la pantalla, de alguna manera estoy invocando a esos fantasmas. Como si mi teclear tuviera poderes mágicos. Poderes que me inspiran temor.

No exagero, ha pasado ya en varias ocasiones. Como ya les conté un día me encontré a la buena de Wendy  ̶ mi encantadora profesora de hace diez años ̶  en mi café favorito. Hace unos meses recibí un correo electrónico de mi amigo Álvaro  ̶ que retornó a España en su forito con el maletero lleno de sueños rotos y aventuras que contar allá por el 2003 ̶  diciéndome que venía de visita y a ver si nos tomábamos unas pintas por los viejos tiempos. El pasado agosto, en pleno festival, con cientos de miles de turistas, viajeros, soñadores y vividores en la ciudad, me encontré de cara con Juliette… acababa yo de escribir el episodio de cuando la conocí. Estaba igualita, no había cambiado nada en estos diez años. Como si con mi mágico teclear la hubiera tele-transportado del pasado. Me contó que al fin conoció a su Jack Dawson, que era alto, moreno, de piel oscura y sonrisa de nácar. Un turco de novela rosa que le devolvió la sonrisa y la fe en los hombres. Ahora viven su cuento de princesas y dragones a caballo entre Turquía, Escocia y Finlandia.

Confieso que tengo miedo.

Miedo a cruzarme un día en Leith Walk con Ella, y que me diga que es una más de las muchas personas que han tenido que huir de la terrible situación que atraviesa mi querida  ̶ y a veces odiada ̶  España. Que se pare en frente de mí, me mire a los ojos de aquella manera, me sonría y exclame: “Jorge, no me escribiste”.

Confieso que tengo miedo.

Miedo a entrar un día a degustar el mejor chocolate a la taza de la ciudad al Centotre de George Street y encontrarme allí a Erika, aquella kiwi con nombre vikingo que me destrozó el corazón a base de mentiras, caricias y puñales. La misma que dejó el país hace ocho años. Miedo a verla sentarse a mi lado y decirme con aquel dulce acento de guiri: “Falta los churo, ¿vierdad chiiko?"

Tal vez debería dejar de teclear. Dejar de invocar fantasmas del pasado.

Tal vez debería cerrar la caja de Pandora.


Una madrugada de aquel lejano y frío noviembre del 2003 me desperté de repente. Había tenido un sueño muy vívido, casi palpable. Me levanté de mi pequeña cama y con sigilo para no despertar a Juliette y Rolf, comencé a golpear las viejas teclas de aquella computadora que me había regalado Koldo. Empecé a introducir en aquel armatoste mi sueño aún fresco en mi velada mente. Escribí durante horas. No desayuné, no almorcé. Aquella historia no me permitía detenerme. Me anclaba al teclado como un viejo pesquero en calma chicha. Pero la tormenta estallaba dentro de mi cabeza, ideas, nombres, lugares, recuerdos, misterios, amores y lamentos.

Continué mi historia en pequeños cuadernos de escuela. De aquellos, finos y de líneas, que me asomaban a la ventana de mi infancia. Llevaba mi cuaderno a todas partes, a las cafeterías, a los pubs, hasta al baño llevaba aquellos cuadernos de tapas grisáceas. Escribía y escribía y no paraba de escribir. En el hospital anotaba ideas o diálogos que venían a mi mente mientras aspiraba alfombras, fregaba suelos y extendía mantequilla en tostadas templadas. Y a falta de cuaderno en aquellos momentos utilizaba cualquier otro material. Servilletas, toallas de papel, papel de cocina, la palma de mi mano.

En aquellos cuadernos escribí los entresijos de mi novela. Aquella novela que sería todo un  best seller. Que desbancaría al mismísimo Stephen King de las estanterías de las librerías.

Aquella historia de un niño de doce años, de un internado, de fantasmas, de frailes malvados y de colegialas traviesas.

Aquella historia volcada en cuadernos escolares.

Cuadernos de escuela que aún guardo en mis apiladas cajas de plástico, junto con poemas, recetas, libros, apuntes, sueños, lágrimas solidificadas y la bolsita de mi sobrina, todavía rebosante de besos.


domingo, 8 de septiembre de 2013

f55- Posos de Cariño (octubre 2003).


Poco a poco iba haciéndome al trabajo en el hospital. Ya nos advirtieron en su día que no consistía tan sólo en limpiar y preparar té con tostadas, sino que además debíamos tratar con respeto y cariño a los pacientes. No éramos enfermeros ni psicólogos pero tampoco ejercíamos de simples friegasuelos de a cinco libras la hora.

Tobbie era genial para tal misión. Entretenía y encandilaba a los viejitos. Lo mismo hacía malabares con tres naranjas y un melocotón, que les contaba chistes y chascarrillos, con ese acento de Fife que tenía, haciéndoles reír hasta las lágrimas, más de uno se orinó en los pañales y tuvo que llamar a la enfermera tras uno de sus shows.

Yo tampoco me quedaba corto y conversaba con uno y otro, entre fregada y fregada de suelo. Las ancianitas me atosigaban con preguntas sobre mi país y sus costumbres, sobre novias y amoríos, sobre estudios y labores. Les respondía con pocas palabras y mil sonrisas. Ellas tenían más claro que yo mismo el motivo de mi aventura por estas tierras: había venido a encontrar a una buena chica escocesa que hiciera vibrar el suelo bajo mis pies. Ante lo cual yo les contestaba que las chavalas locales eran criaturas extrañas y algo asilvestradas para mi gusto. Esto provocaba carcajadas explosivas que llevaban a pérdidas de dentaduras postizas y más pañales o sábanas limpias.

Algunos de sus nombres retornan a mi memoria  ̶ no así sus rostros, perdidos en la neblina del tiempo ̶  trayendo consigo recuerdos y vivencias que creí enterradas para siempre. Como el bueno de Hans, no tan mayor como los demás, un alemán educado y agradable que padecía una enfermedad terminal. Balbuceaba algo de español, pues según me contó había sido soldado en nuestra guerra. Nunca le pregunté en qué bando había combatido porque nunca me importó lo más mínimo. Allí era uno más, un paciente que destacaba por sus buenos modales y palabras amables con todos, enfermeras, médicos y limpiadores. Siempre me saludaba en castellano, con una sonrisa, acento fuerte y alguna pequeña incorrección gramatical: “Buenos ddías, ¿cómo esttás mi ammigo español?” Las enfermeras me contaban que sufría horribles pesadillas, gritaba en medio de la noche en su lengua materna. O a veces se mostraba confuso, perdido, durante el día, quedando callado acurrucado como un niño pequeño y asustado. En otras ocasiones creía estar todavía en el ejército y preguntaba sorprendido qué hacía allí dentro, que debía partir cuanto antes pues sus compañeros combatientes le estarían echando en falta.

También recuerdo a Bridget. Una viejecita delgada de cabello gris y mirada lejana. Su mente jugaba con ella, haciéndola hablar a las paredes o creer que los espejos eran puertas que nos comunicaban con otros mundos, con universos paralelos donde vivían sus familiares desaparecidos. La pobrecita siempre intentaba escaparse (y en alguna ocasión lo consiguió a pesar de todas las medidas de seguridad, mas sus fugas duraban unos pocos minutos y volvía sonriente acompañada del brazo de algún trabajador que la había encontrado paseando o recogiendo florecillas en los jardines del hospital). Todos teníamos encargo de cogerla de la mano y retornarla a su habitación, con susurros cariñosos, si la encontrábamos deambulando extraviada por el laberinto de pasillos.

Luego estaba el gruñón de Billy en su habitación individual. Ignoro qué enfermedad sufría pero requería cuidados continuos (vendas, ungüentos y lavados). Sus heridas provocaban un hedor prácticamente insoportable a su alrededor. Esto junto a su carácter agrio y desagradable hacían que el pobre hombre tuviera mala fama entre enfermeras y asistentes domésticos. Sin embargo, siempre fue correcto conmigo, imagino que mis pocas palabras y mi trato respetuoso le descolocaban un poco.

También guardo un especial recuerdo de Doris. Una ancianita cuyo rostro reflejaba los restos de una belleza que debió deslumbrar en sus años mozos. Siempre se quedaba mirándome con una sonrisa angelical. Yo la saludaba educadamente y le preguntaba cosillas sobre esto o aquello. Alguna compañera de habitación bromeaba y hacía comentarios cuando yo entraba, aspiradora en ristre: “Look Doris, your boyfriend is here!”, y las demás echaban a reír. Doris era formal y educada, apenas hablaba y utilizaba gestos con las manos para llamar la atención de los demás. A veces se comportaba como una niña pequeña, arrojando trocitos de pan al suelo cuando ella creía que yo no la veía. Y miraba hacia otro lado, con cara de no haber roto un plato en su vida, al acercarme para aspirar las migajas entre sus pies. Entonces yo le decía en castellano “Oye, no me seas bicho ¡eh!”, y ella sonreía con cara de pilla, comprendiendo a pesar de no entender ni una palabra de lo que había escuchado.

Ahora, diez años más tarde, me pregunto cuántos de ellos vivirán todavía; y si los numerosos asistentes domésticos que han pasado por el hospital durante todos estos años los habrán tratado con respeto; y si a estos trabajadores temporales les habrá sucedido como a mí, que aquellos entrañables ancianos dejaron un poso de cariño en mi corazón inmigrante que me dio fuerzas para continuar mi aventura en este maravilloso país.


  

domingo, 18 de agosto de 2013

f54- Taza de té y Peli-manta, (septiembre 2003).

La normalidad de la convivencia civilizada regresó a mi vida. Llevaba ya un par de meses en mi nueva residencia ubicada en una callejuela adyacente a Morningside Road. Era un pisito de los que yo califico como normales, ni cutre ni tampoco impresionante. Un piso del montón, como los hay a centenares en Edimburgo, con su moqueta dominando el terreno, sus habitaciones de tamaño mediano –no esos aposentos amplios  como mini-estadios de fútbol y con techos altísimos  que poseen las viviendas antiguas− su baño con ducha eléctrica, su jardín en zona común y su par de pequeños roedores que dan vidilla a la estancia.

Morningside es una zona acomodada de la ciudad. Casas señoriales, tiendas especializadas en productos orgánicos y finas delicatesen, pescaderías atrayentes (si ustedes conocen Edimburgo me entenderán), queserías, vinotecas, supermercados, heladerías italianas y cafeterías de estilo continental e incluso zonas verdes colindantes. Además el nuevo piso me pillaba a tiro de piedra del hospital donde trabajaba y a escasos metros de una apacible biblioteca. ¿Qué más se puede pedir! Obviamente es un área costosa, pero si quieres calidad debes pagar el precio.

Me recordaba mucho a mi nidito de Ashley Terrace. Fue como regresar a La Tierra tras haber estado explorando planetas extraños; volver a compartir techo con un número finito de personas –dos, esta vez− que llevan una existencia normal: desayunan, trabajan, limpian, conversan, cocinan, ven la tele y dicen ‘good night’ antes de irse a acostar a una hora decente. Atrás quedaron los punkies, las gabachas escotadas y provocadoras (mi mente calenturienta, no crean), los vampiros, los caseros adictos al olor del cash y alérgicos a los contratos, y los inquietantes dobermans. También quedaron atrás personajes entrañables –como Koldo− pero no se perdieron en la niebla del olvido, ni en la oscuridad de la indiferencia. Mantuvimos un contacto sano y civilizado, incluso él fue quien me echó un cable con la nueva mudanza (más tarde le devolvería el favor yo, guardándole numerosas cajas mientras él buscaba nuevo alojamiento). Confieso que eché en falta su vitalidad, su alegría por estar vivo, sus sueños, su positivismo. Tanto le añoré que un día llené una bolsa grande de basura con cascos de vidrio, de diversos colores, me la eché al hombro y recorrí millas y millas buscando un punto de reciclaje donde arrojar tanto cristal, a modo de pequeño homenaje al gudari navarro.

Y ella, tal vez por asociación, abrió el cajón del recuerdo de Rachel  en la cómoda de mi memoria. Ella era Juliette, mi nueva compañera de penas y alegrías domésticas. Una joven de origen sudafricano y alemán, que había pasado media vida en Reino Unido. Juliette era maja, como decimos en mi pueblo. Una chavala sencilla, humilde y trabajadora (de las que me recomendaba mi madre). Con ella recobré la sensación tan agradable de compartir cafés, confidencias, risas y sueños. Incluso alguna que otra peli-manta, como aquella tarde oscura y lluviosa en la que vimos por enésima vez Titánic, degustando una taza de té caliente con pastas de mantequilla, bajo el cálido edredón, mientras  el pobre Jack moría de frío, amor y estupidez.

La tercera persona en discordia era un chico algo más joven que yo. Afortunadamente no se asemejaba en nada a aquel innombrable que causó mi ruptura con la linda escocesa en Ashley Terrace. Rolf era un noruego de buena presencia y maneras intachables. Se mostraba recatado y limpio como una damisela de novela rosa. Dejaba la cocina y el baño como los chorros del oro cuando le tocaba su turno de limpieza. Padecía una intolerancia al gluten, lo que le impedía comer pan normal o de molde y otros alimentos como la pasta. Se hacía su propio pan, mezclando unos ingredientes especiales y horneándolo en un pequeño electrodoméstico de la cocina. Esta operación dejaba un olor desagradable por toda la estancia, al menos para mi refinada pituitaria. Sin embargo era un buen sistema de localización del individuo. Me explico, sabías si Rolph se encontraba en el piso según abrías la puerta: olorcillo extraño en el ambiente (in), ausencia de aroma enrarecido (out).

Pero era buen chaval, Rolf. Formal, comedido, educado. Lo contemplo ahora mismo, con los ojos de la memoria, ahí de pie junto a su hornillo, sacando el pan con delicadeza y maneras femeninas, partiéndolo con cuidado, depositando las rodajitas una a una en su pequeña cesta, deshaciéndose de las migajas adheridas a sus manos con un movimiento fino, de fricción de sus dedos hacia abajo, como hace el sacerdote tras partir el Pan sagrado, sacudiendo suavemente los últimos restos pegados a sus dedos, depositándolos sobre el vino dentro del Cáliz, para después beber la mezcla.

Ya ven ustedes, de convivir con busconas franchutes y criaturas de la noche pasé a vivir con una romántica incurable y un nórdico seminarista.



sábado, 17 de agosto de 2013

Mi primera 'fargadita', (1987).

Me van a permitir hoy un ataque de nostalgia. Esto de autocorregir las primeras ‘fargaditas’, con vistas a auto-editar un pequeño libro electrónico,  lleva su tiempo y es más complicado de lo que parece. Ahora respeto un poquito más a los “editores” de textos. Incluso he tenido que recurrir a mi viejo libro de texto de C.O.U. −“Curso de Lengua Española”, (Fernando Lázaro)−  para consultar unas dudillas gramaticales,  y al hojearlo he descubierto varios folios cuadriculados y amarillentos, con las esquinas dobladas. Folios de otro tiempo, de otra vida. ‘Redacciones’, las denominaban. Y he caído en la cuenta que con 17 años escribí mi primera ‘Fargadita’. Una lástima que no seguí con esta afición. Definitivamente erré en mi elección de estudios universitarios (nunca debí haber escogido ‘ciencias puras’, como se llamaba entonces). Debería haber seguido practicando la escritura, que es lo que realmente me gustaba (aunque por aquel entonces lo ignorase).

(Disculpen las faltas y  el atrevimiento, pero no he querido cambiar ni una coma del borrador original):


                                                                  El examen

Tengo la hoja en frente de mí, vacía, blanca, fría, esperando que la tinta del bolígrafo marque sobre ella lo que puede ser un gran triunfo o un terrible fracaso, o quizás algo intermedio, ¿quién sabe? Los cuadros pequeños y monótonos de la hoja parecen desfigurarse, se ensanchan, se achican, todo se emborrona a mi alrededor ¡es horrible!

      Una serie de ideas y palabras se amontonan en mi mente: es un examen importante, decisivo, he estudiado, ¿o no?, no he estudiado; ya no distingo la realidad de mis pensamientos y temerosos presentimientos. ¡Maldición! no recuerdo aquella pregunta… como empezaba… era muy importante y seguro que “cae” pero no la recuerdo ¡No, Dios mío!  ya no me da tiempo de sacar mis desordenados y precipitados apuntes del cajón para ver como es esa dichosa pregunta.

      Empiezo a sudar, es una sensación de calor y de repente un intenso y punzante frío que me sube por la espalda. Oigo bromas y risas a mi alrededor, pero ya no distingo los sonidos, parece todo un constante e insoportable ronroneo.

      ¡Cuándo se decidirá a dictar las preguntas! En mi mente se mezclan desordenada y precipitadamente pensamientos de culpabilidad, curiosidad, miedo, horror, paz, tranquilidad… ya no sé si estoy nervioso o tranquilo, mi mente está en blanco no recuerdo nada de lo que he estudiado.

      Pero por fin el profesor, dándose importancia, manda callar a todos, espero impaciente e intranquilo, sólo hay un pensamiento ya en mi mente: que me acuerde de todo lo estudiado; de repente se oye la voz ronca y cruda del profesor dictando las esperadas…, ¿o debiera decir temidas preguntas?..., al principio no me suena nada, pero al acabar la tercera y última comienzo a recordar, todas las ideas llegan a mi mente amontonadas, me pido calma a mí mismo y comienzo con la primera ¡que satisfacción! mis ideas vuelven a ser reposadas y claras, ya estoy tranquilo.


Jorge Ariz

domingo, 11 de agosto de 2013

f53- ¿Por qué? (agosto 2003).

Confieso que fue un mazazo para mí la inexistencia de Ken, aquel chico tan popular que era la viva personificación del perejil, presente en todas las salsas; pero la vida continuaba y debía reponerme y seguir hacia adelante.

Poco a poco iba haciéndome a la rutina del hospital, con sus horarios de tés, limpieza, breaks oficiales y oficiosos, escaqueos y sesteos −recuerdo a una compañera (española para más inri), que acostumbraba a tumbarse en uno de los sofás de la staff room durante los descansos y durante lo que no eran descansos a planchar la oreja y soñar con una “vida mejor”−. Sin embargo, de vez en cuando sucedía algo que me dejaba más en fuera de juego que al mismísimo Julio Salinas jugando con la Selección española; como aquella mañana que me encontraba recogiendo la cocina de mi ward (ala del hospital) cuando entró una de las supervisoras y me pidió por favor que hiciera un par de tostadas y una taza de té para un paciente recién llegado. Ante lo cual, obediente yo, me dirigí al lavamanos situado en una de las esquinas –exclusivo para dicho uso− abrí el grifo, extraje un poco de jabón líquido del dosificador y comencé a frotar mano contra mano bajo el chorro de agua caliente. Entonces ocurrió algo que me dejó patidifuso, confundido, en orsai  −que decíamos de críos jugando al fútbol (para referirnos al ‘offside’ o ‘fuera de juego’) en una explanada de tierra, con dos grandes piedras haciendo las veces de postes−, vamos que me dejó descolocado, la supervisora me sonrió y exclamó: “Muy bien Jorge, eres el único al que he visto hacer eso antes de preparar las tostadas”.

¿Había escuchado mal? ¿mi terrible ‘listening’ me la estaba jugando otra vez? ¿O mi jefa acababa de felicitarme, por el sencillo y rutinario acto de lavarme las manos antes de manipular alimentos? ¿después de haber estado limpiando inmundicias diversas? ¿…en un hospital?

Como les digo, patidifuso me quedé.

De inmediato hice buenas migas con Tobbie. Un compañero de fatigas escocés, de veintitantos años, simpático y dicharachero. Los dos trabajábamos en el mismo ward –geriátrico− y por tanto coincidíamos en la cocina y en las habitaciones de los abuelillos. Tobbie era un admirador de todo lo que fuese español (sobre todo de nuestras lindas y jóvenes féminas). Le gustaba nuestra cultura, gastronomía e idioma. Casi siempre que conversábamos y era mi turno de platicar, él solía intercalar algún ‘sí’ que otro, afirmando con un movimiento de cabeza, como guiño de complicidad hacia mi idioma natal, aunque fuera la única palabra que conociese (bueno, ésa y las diferentes usadas para denominar el busto femenino, que es lo primero que cualquier chico aprende en otro idioma). Eso me hacía sonreír. Tobbie era un buen chaval, algo tímido. Sus ojos azules cómplices de su sonrisa de niño travieso. Su nariz se escoraba hacia un lado, cosa que le producía cierto complejo y provocaba un constante ademán de llevarse el pulgar de la mano derecha para rozar la punta del apéndice olfativo, como si fuera un boxeador provocando al rival. Tobbie combatía su timidez con un humor extraordinario y un discurso imparable. Imitaba mediante voces y gestos a actores y personajes famosos. Lo mismo te reproducía un monólogo de Die Hard con la vocecita de Bruce Willis, que imitaba el inglés perfecto y aristocrático de la mismísima reina. Tobbie se había equivocado de profesión, Tobbie era un payaso vocacional.

Tobbie ha sido de los pocos escoceses que en todos estos años me ha hecho reír. Me refiero a reír hasta las lágrimas. Reír como reíamos de adolescentes, doblándonos hacia delante, con dolor de barriga, suplicándonos el uno al otro parar ya. Digo el uno al otro porque yo también soy algo payasete. También tengo mi cosita, cuando me meto en harina.

Existía química entre Tobbie y yo. En seguida veíamos el lado divertido de cualquier situación o persona. Imitábamos a los supervisores, a los compañeros, a los viejitos. Lo hacíamos sin maldad, por pura diversión. Las horas volaban cuando nos salía una buena función.

Uno de los personajes al que más imitábamos era Tavis, uno de nuestros supervisores. Escocés, treintañero, flaco, rubio con flequillo sobre los ojos azules. Fácil de imitar debido a su acento, a sus gestos y a su manera de andar. Dennis hablaba un dialecto escocés con una pronunciación muy difícil de comprender (al menos para mí). Era un tipo tímido, caminaba cabizbajo (sin perder de vista nunca las baldosas), cuando hablaba contigo jamás establecía contacto visual, o si sus ojos se posaban en los tuyos era tan sólo por una fracción de segundo. Tavis era objeto de burla por parte de muchos de nuestros compañeros (a sus espaldas) y nadie le hacía mucho caso cuando ordenaba limpiar esto o aquello; incluso daba la impresión de que los otros supervisores le hacían de menos. Me daba algo de lástima, Tavis. Yo solía escucharle y seguir sus instrucciones (como hacía ante cualquier jefe, tal y como lo hice siempre). Él siempre se dirigía a mi persona con respeto, siempre me decía “Good lad!” cuando comprobaba que había llevado a cabo las tareas solicitadas. Supongo que yo le caía bien, debido a la deferencia que le mostraba. Era mi superior y yo un subordinado.

A pesar de todo a Tavis se le veía feliz. Se le notaba que le gustaba su puesto de responsabilidad. No daba importancia a los menosprecios y cumplía con sus obligaciones semanales. Al cabo de un año cruzó la frontera del sur. Por razones que desconozco dejó el hospital y emigró a la pérfida Albión.

Por otro lado, mi amistad con Tobbie duró un tiempo más tras mi paso por el hospital. Quedamos para tomar alguna copa que otra, o para ir de montería –él tras presa española, yo a la búsqueda de una buena pieza autóctona−. Mas poco a poco el trato se fue deshaciendo, nos fuimos distanciando como dos barcos que se cruzan de noche en alta mar. En silencio, sin aspavientos. Esas cosas suceden, qué les voy a contar yo a ustedes.

A día de hoy continúo echando de menos las risas compartidas. Jamás he vuelto a conocer a una persona escocesa con tal sentido del humor, con esa soltura y simpatía desbordante. Un lepero nacido en Fife, por la gracia de Dios.

Hace un par de años, paseaba yo por South Saint Andrew Street cuando me tropecé con Tobbie que salía del McDonald´s. Habían pasado varios años sin vernos. Nos dimos un apretón de manos seguido de un abrazo espontáneo. En seguida Tobbie comenzó a poner voces e imitar a diestro y siniestro a personajes conocidos y por conocer. El Chiquito de Fife. Volvió a hacerme reír. Su salero me contagió y me lancé a imitar a alguna de nuestras ex compañeras de alegrías, penas y limpiezas.  Animado como estaba comencé una burda imitación de Tavis, ante la cual Tobbie dejó de reír súbitamente. Me miró con seriedad y dijo: “No, para amigo. No”. Y entonces me lo contó.

Parece ser que el salto a Inglaterra dado por Tavis no salió bien. Me falta información al respecto, pero supongo que no encontró un trabajo donde se viera a sí mismo satisfecho. O quizás la convivencia con el ‘auld foe’ resultó más dura de lo esperado. Tal vez se deprimió, quizá no pudo soportar la nostalgia que corría por sus venas escocesas.

Tavis se quitó la vida en la vieja Inglaterra.

(Por respeto, ésta será la única vez que escriba sobre él).

Tavis, Rest In Peace.