sábado, 1 de diciembre de 2012

23- ¿Quién entiende a las mujeres? (31 Julio 2002).


Resulta curioso cómo juega la memoria con nosotros. Usa sus pequeños trucos y enredos para hacernos creer que algo fue de tal o cual manera. Sobre todo, su especialidad, nos muestra un lado de la historia. A veces sólo recordamos lo negativo. Afortunadamente, en la mayoría de las ocasiones, los recuerdos positivos se imponen por goleada.

Y esto es lo que me acaba de suceder. Estaba convencido de que conviví con mis dos chicas –Rachel y Elie− durante un año entero. Pero no fue así. Sólo tras sentarme, revisar recuerdos, fechas y sacar lápiz y papel, la memoria me muestra sus cartas verdaderas. Deja de ocultar esa carta en la manga, y me permite ver cómo transcurrió aquel año en realidad.

Elie se fue a los cuatro meses de mi llegada al piso. Su plan original, me contó, era estudiar otro curso más en la Universidad de Edimburgo. Es decir, volver en Octubre 2003, tras pasar el verano en Francia, con los suyos. Mas algo debió de sucederle, o tal vez simplemente cambió de opinión. Pasaría el mes de julio en Escocia y después dejaría el país para retornar a su hogar francés, al calor de sus seres queridos. Y sin yo saberlo, en aquel momento, se terminó mi etapa de felicidad total en aquel piso.

Así que tocaba Operación Búsqueda de Flatmate. Again. Esta vez Rachel y yo hablamos primero, y me quedaron bien claras las reglas del juego. Debíamos poner un anuncio, de lo cual se encargaría ella; hacer el mayor número de entrevistas posible; anotar los datos básicos de los candidatos: (edad, sexo –perdón, me niego a usar eso de género como si fuéramos objetos, en lugar de personas−, estudiante o profesional –buscábamos un estudiante por un tema de impuestos−, etc). Después tendríamos una charla y tomaríamos la decisión, entre los dos, sobre quien sería la persona más indicada para el puesto. Todo muy profesional. Sobre el papel, claro.

Todo empezó cruzado. Desde el principio. Nadie llamaba al supuesto anuncio colocado por mi linda compañera de piso. ¡Pues estamos apañados! ¿Y ahora qué hacemos? Pensaba yo en voz alta. Paciencia, decía ella. Pero nuestra gran virtud compartida, esa paciencia que gobierna todas las situaciones en este país, y que yo empezaba a dominar (ejem), resulta que no era del todo bien llevada por nuestra amable April (recuerden, la señora de la agencia inmobiliaria). Debíamos encontrar un compañero de piso, ya o ya. En caso contrario, nos subiría el alquiler, pues deberíamos pagar por la habitación vacía de la petite francesa.

Pero las prisas son malas consejeras. En cualquier campo (estudios, deportes, sexo, búsqueda de compañero de piso…). Al fin comenzaron a llegar candidatos. No es cuestión de contarles a ustedes todos los pormenores de dichas entrevistas. No fueron un gran número, tal vez media docena en total. Pero permítanme que les resuma una de ellas.

Era un chico. Bueno, un hombre joven (“Shit! Jorge, mal empezamos. Yo prefiero una chica”, me susurraba el diablillo dentro de mí). Era un tipo bastante peculiar. De estatura media, tez morena, pelo con ricitos pequeños, sonrisa complaciente, simpático y con un apretón de manos firme y cálido –un pelín demasiado prolongado, para mi gusto−. Vestía unos pantalones de pinzas y una camisa una talla mayor que la que le correspondía. Parecía un vendedor de enciclopedias, atravesando una mala racha. Hablaba buen inglés, pero con acento extranjero. Un acento extraño para mí. Dijo ser turco, creo recordar. A mí me recordaba a Gadafi, en sus tiempos mozos. Pero no me hagan mucho caso, son cosas mías. El caballero resultó educado, amable y entretenido. Nos contó anécdotas personales, además de darnos los datos básicos que buscábamos (me recordó un poco a mí cuando llegué al mismo piso. Tal vez por ello me cayó en gracia). Además era un estudiante de la Universidad de Edimburgo, donde realizaba un máster en no-se-qué (perdonen, pero mi memoria tiene sus límites. No es un pozo vacío donde no oyes nunca llegar la piedra al fondo). En resumen, a mí me pareció un buen candidato (a pesar de que el tipo se afeitaba, en lugar de depilarse las piernas).

Entonces, finalizada la formalidad de la entrevista, ocurrió algo peculiar. Algo extraño. Algo fuera de lo normal en esas situaciones. Al menos, desde mi conocimiento. Cuando ya nos habíamos levantado de los sofás y silla, el recién llegado nos pidió un favor. A ver si nos importaba que se quedara a ver el final del partido de fútbol, en la tele (justo cuando llegó yo estaba viendo dicho partido). Que estaba muy interesado en el resultado final (ahí mi mente corrupta me decía que era un apostador profesional, un jugador, un tipo que se jugaría el dinero de la renta apostando en las carreras de caracoles –ah no,  que eso es en un pueblo de mi querida comunidad norteña−). Rachel y yo nos quedamos sorprendidos con tal solicitud. Yo la miré, claro gesto que indicaba “Tú eres la jefa. Tú decides”. Ella me miró, miró al candidato, exhibió su mejor sonrisa (que dejaba entrever su incisivo  partido): “Pregúntale a Jorge, él es el futbolero de la casa”.

No teníamos más entrevistas pendientes. Yo estaba ansioso por ver el final del partido. Así que accedí con gusto. Saqué un par de cervezas del frigo, encendimos la televisión, y contemplamos el resto del juego, cerveza en mano y charlando sobre el deporte rey (en España y en media Europa). Mientras Rachel continuó con sus estudios en su habitación.

Finalizado el partido y las cervezas llegó el momento de la despedida. Rachel salió de su cuarto y los tres nos dijimos adiós, acordando que le comunicaríamos nuestra decisión tan pronto como nos fuera posible. Hasta ahí, todo más o menos normal. Algo raro, pero tampoco para darle demasiada importancia. Un tipo curioso, extrovertido, conversador, de carácter abierto y amable. Pensé yo, mientras regresaba sonriente al sofá del living. Rachel entró tras mis pasos, se colocó en frente de mí, de pie, rostro serio y me echó la bronca. Así, sin más, tal como lo leen. Se puso como una furia. Que por qué le había dicho que sí a su propuesta. Que por qué le había seguido el rollo. Que por qué le había sacado una cerveza (¡Mis cervezas, señores!). Yo no entendía nada. Así se lo hice saber a la joven escocesa. Ella concluyó con una frase lapidaria: “Haz lo que quieras Jorge, pero no quiero ver a ese tío en mi piso nunca más”. Me quedé a cuadros escoceses. Incluso llegué a pensar si me había perdido algo. Si había sucedido cualquier cosa entre ellos. Una mirada, una expresión que yo no capté. Instinto femenino, tal vez. Puede que no se sintiera segura en su presencia. Quizás se vio intimidada por aquel personaje. Quién sabe.

¡Mujeres! Cuando pienses que ya conoces a una mujer, párate, regresa a la casilla de partida y vuelve a pensar.

Al día siguiente, ya más calmada, Rachel se medio disculpó. Me dijo que no le había dado buen feeling el caballero turco. Entonces sonrió (como ella sólo sabía hacer) de medio lado. Inclinó la cabeza un poquito, sobre el hombro derecho. Me puso ojitos de cordera camino del matadero, y lo vi venir. Lo vi venir como se ve un crucero de lujo con sus mil luces encendidas, en noche cerrada, perdido en alta mar. “A ver Rachel, ¿qué quieres?”. Puso morritos, usó su vocecita suave y marrullera. Esa que sólo ella sabía que me desarmaba, que derribaba todas mis defensas. Rachel, con esa voz, hubiera hecho claudicar al mismísimo Atila −el azote de Dios−  y a sus mejores guerreros Hunos: “Jorgeee, ¿te importaría llamar tú al chico de ayer para decirle que no?

Le dije que no me importaba. ¡Cómo me iba a negar! ¡Yo, un simple y mísero mortal! Cómo negarle algo a la portadora de esa voz; de esa sonrisa; de esos ojos azules de felicidad, que tornaban grises ante la tristeza.

“Claro que no me importa, Rachel”.


6 comentarios:

  1. Recuerdo esa historia, nos la contaste una de tantas tardes.
    Si es que las cosas que no te pasen a tí...

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    1. Eso no valeee! jaja vosotros dos conocéis muchas de las Fargaditas con todo detalle. :-)

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  2. Jaja. ¿Cómo no te diste cuenta de que ella no quería que se quedara a ver el partido? Yo le envío a mi chico señales cósmicas con la mente para que se entere de lo que quiero y de lo que no. ¡Hombres! No pilláis ni una :p

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    1. ¡Ella exhibió su mejor sonrisa y usó voz amable!

      Las mujeres tenéis que comenzar a entender, que los hombres no venimos equipados con un lector telepático de serie. :-)

      Gracias por leerme.

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  3. Hola, soy maradriatico. Ya he visto que has agregado mi blog, ahora agrego el tuyo y a ver si saco tiempo para leer tus fargaditas.

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    1. Ok, gracias. Empieza desde abajo del todo! :-)

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