lunes, 31 de diciembre de 2012

32- Hogmanay (31 diciembre 2002).


El año 2002 agonizaba. Tan cerca, y tan lejos, quedaba su nacimiento en enero. Cuando yo rumiaba mis planes de libertad y aventura. Atrás quedaron aquellos miedos, aquellas ilusiones, aquel primer vuelo. El 2003 pedía paso, empujaba al viejo año que, perezoso y egoísta, quería apurar sus últimas horas de protagonismo.

Nuestro plan era evidente. Acudir a la Hogmanay. Es la denominación que dan en Escocia a la fiesta de Nochevieja. Edimburgo acoge cada año a cientos de miles de visitantes procedentes de todo el mundo (con entradas vendidas en más de cincuenta países). Además ese año se celebraba el décimo aniversario de tal festejo. Con un programa de órdago: teatro de calle con artistas llegados de Francia, España y Bélgica; músicos de jazz importados directamente de Nueva York, música celta tradicional escocesa, cantantes y bandas de pop y rock de rabiosa actualidad y los más punzantes DJs del momento.

Más de cien mil personas tomarían Princes Street y sus calles aledañas, las cuales serían acordonadas para la ocasión. Conciertos en directo, fuegos artificiales desde el Castillo – en lo alto del extinto volcán: poderoso, inalcanzable, inconquistable, negra pesadilla del enemigo− y puestos de entretenimiento para todos los públicos. Todo ello bajo un entrañable ambiente de despedida, de tradición y de buenas vibraciones.

A falta de campanadas y uvas, los escoceses realizan una cuenta atrás, a diez segundos de las doce de la noche; habiendo entonado momentos antes la canción de despedida “Auld Lang Syne” – cuya letra es un  poema que escribió Robert Burns, icono de la poesía escocesa- con la gente entrelazando brazos, o agarrándose de las manos.

Y allí estuvimos nosotros. David y yo. Empapándonos de bonita tradición y pintas de cerveza. Intercambiando buenos deseos para el recién nacido 2003, en forma de piquitos con las ladies escocesas, siempre tan bravas ellas, pechugas y cachas al aire, retando al frío y riendo al viento.

Así despedí aquel –tan añorado ahora− año 2002, hombro con hombro con quien se convertiría, con el tiempo, en mi mejor amigo.

De tal manera di la bienvenida al prometedor y enigmático 2003, con una gran sonrisa, una pinta en la mano y besitos de escocesas.

¡Feliz salida y entrada de año para todos ustedes!

¡Feliz Año Nuevo 2013!


domingo, 30 de diciembre de 2012

31- Bombones en Nochebuena (24 diciembre 2002).


Había transcurrido un año entero desde que solté mi bomba en Nochebuena. Otra Navidad que se adueñaba con su magia de todo cuanto tocaba. Decoraciones, lucecitas de colores, sonrisas de extraños, tonadillas de villancicos y el resonar de miles de zapatos recorriendo las ciento una tiendas de Princes Street.

¡Feliz Navidad!
¡Sonríe!
¡Compra!
¡Aparenta!

Amo la Navidad. Aborrezco la Navidad.

Es muy difícil ponerse de acuerdo con tu interior. Es difícil saber qué sentir cuando la Navidad se llevó a la persona que más has querido en este mundo. La persona que más te ha amado. Sin condiciones y desde sus entrañas. Cuando precisamente esa persona adoraba la Navidad. Sobre todo la blanca Navidad. Corría a tu cama, a despertarte, para que mirases la danza de copos de nieve desde el cálido interior de tu habitación: “¡Jorge cariño, corre, mira como nieva!”.

Merry Christmas!
Ho ho ho!
Enjoy!
Go shopping!

Es muy difícil afrontar cada Navidad, cuando tu madre se fue en los últimos coletazos de una blanquísima Navidad (todavía recuerdo el gigantesco Abeto decorado fuera del hospital, sus ramas dobladas bajo el peso de la nieve. Tantas visitas. Tantos cafés de máquina, en vasito de plástico).  Es difícil perderla, cuando eres un jovenzuelo, que ya se afeita y va de copas con los amigotes, pero en el fondo sigues siendo un niño. Su nene. ¿Cuándo se es lo suficientemente mayor para perder a una madre?

Happy Christmas!
¡Abraza a ese extraño!

¡Guarda la pistola por unos días!
Take a break!
¡Ya seguirás matando el próspero año nuevo!

Recuerdo todo esto y la culpa y la vergüenza se apoderan de mí. Quizás soltar mi bomba en Nochebuena (a mi padre) no fue la mejor de las ideas. Mas el dolor y la rabia, cuando te ves acorralado, te tornan egoísta y miserable. Sólo piensas en ti, en tu escapada, en tu inglés, en tu sueño, en tu puto Edimburgo.


Siempre creí que en España exagerábamos con la celebración navideña. Hasta que vine al Reino Unido. Esta gente vive todo el año esperando la Navidad. Una fiebre se adueña de ellos desde mitad de octubre. Calles decoradas, árboles abrigados con cientos de lucecitas de colores. Mujeres, hombres y niños comprando y comprando y comprando, como si no hubiera mañana. Como si cada año acabara el mundo el día 31 de diciembre.

Aquella Navidad de 2002 la celebré con amigos del colegio. Con David (Bea acudió al calor de los suyos en España),  Ester (una chica de Alicante, a la cual vi hace poquito) y su novio escocés James.

Aprovechando que Rachel, y mi nuevo compañero de piso (del que todavía no les he hablado), estaban con sus familias, nos reunimos en mi casa de Ashley Terrace. Sobre la mesa del living room a falta de mantel, coloqué una sábana azul oscuro que tomé prestada de los cajones de Rachel (las pasé canutas después intentando -tras lavarla- limpiar una mancha de vino derramado, fruto de la excitación del momento), y compré servilletas de papel rojas, con motivos navideños.

Lo celebramos a la española. Juntando todas nuestras viandas ibéricas: jamón, queso, mejillones en escabeche, berberechos, tortilla de patatas, croquetas y ensalada. Todo ello regado con un buen vino de mi tierra. De postre James hizo una especie de pastel. Un experimento que David y yo comimos, sin respirar, mirándonos con gestos de complicidad. Un pastel que provocaría cientos de risas venideras. Una más de las miles de bromas privadas que compartimos mi pal y yo.

Y a falta de turrón de chocolate, endulzamos nuestra velada con los famosos Ferrero Rocher. Unos bombones en Nochebuena.

30- Complicidad Sin Palabras (15 noviembre 2002).


Por fin pude olvidar Su olor.

Su melliza aromática se marchó. Se rindió. Se dejó arrastrar por su tirano-novio a su cueva valenciana. Dejó de luchar contra el inglés, contra el presente y contra sí misma. Optó por ignorar la posibilidad de un futuro mejor, sin él. El amor desconfiado. El amor posesivo. El amor de mordaza y grilletes venció ante mis ojos por segunda vez −en menos de un año−. Gritó Jaque Mate sobre el tablero de cuadros rojos y negros. Afortunadamente esta vez fui mero espectador. Ni siquiera ejercí de subalterno tras la barrera. Aprendí la lección, a base de lágrimas y horas robadas a la almohada, antes de mi aventura escocesa.

Cristina regresó a su Valencia natal, llevándose consigo el aroma que compartía con Ella.

Por fin pude olvidar Su esencia. Arrojar al mar Su recuerdo, que, traicionero, se filtró por los entresijos de mi maleta.

Al fin pude superarla.

El retorno al cole, hace un par de meses, estuvo teñido de colores inciertos. Fue como un maratón cuesta arriba. La ausencia de Álvaro y sus anécdotas, de Lai Lai y sus risitas camufladas, de todos los demás. El Jewel Esk Valley College parecía un nuevo reto. Esta vez con la meta marcada de antemano: conseguir el famoso First Certificate in English. Casi nada. Yo que seguía trabándome con los malditos pasados acabados en “–ed”. Yo, en pelea continúa con aquellas malditas vocales y alguna que otra puñetera consonante.

A pesar de las lagunas que dejaron los que se fueron, conocí a otros muchos que merecieron la vuelta. Esta vez la clase no fue tan mixta (de nacionalidades). La inmensa mayoría éramos ibéricos. Españoles.

Como les conté hace tiempo, aterricé en tierras escocesas un mágico 20-02-2002. Una bonita y misteriosa fecha capicúa, la cual yo supe que me tenía reservado algo especial en mi destino. Ese regalo fuera de lo normal, se hizo esperar, vino envuelto en papel de amistad. Pero no amistad color de rosa y besitos de esos sin rozar apenas las mejillas muac muac, sino amistad verdadera. Con sus tonos grises, blancos, verdes y rojos. Amistad real, esa que permanece y que nunca se agota. Como aquella bolsa llena de tiernos besos de mi sobrinita, que todavía la guardo. Que aún desborda cariño en forma de ósculos transparentes y livianos.

Ese curso conocí a Bea y David. Ese año descubrí la Amistad. Así con mayúscula.

A veces tienes que arriesgar en esta vida. Tienes que arrojarte al vacío, sin pensar en lo que te espera en el fondo: agua, rocas, princesas o dragones. Lanzarte por el acantilado, aunque sea de pie, si el salto del ángel es demasiado. Algunas veces has de viajar miles de kilómetros para encontrar compañeros de vida. Gente que te acompañará por el resto de tus días. Personas que te han tocado tan adentro que te cuesta imaginar tu vida sin sus nombres, sin sus risas, sin sus bromas, sin sus caricias.

El destino (esa mágica fecha) hizo coincidir nuestros pasos, nuestras rutas. Fue necesario recorrer 1.442 millas para reunir a tres personas, que residían en España a escasos 60 kilómetros. Ellos de mí. Mi persona, de ellos.

Ellos me han cuidado como nadie. Han estado en momentos duros, mostrando esa complicidad sin palabras, con un gesto, un abrazo, un beso.

Ellos me han enseñado que la familia no se lleva en la sangre. Se lleva en el alma.

Ellos me han obsequiado con más amigos. Me han regalado nuevas familias, nuevos hogares; nueva esperanza.

Cuando primero regresó David –mi pal− a España, tras acabar el curso, fue como revivir la marcha de Álvaro multiplicada por un número tan grande que queda ridículo escrito.

Al irse Bea, dos meses más tarde tras el verano, a reunirse con él, fue como quemar un precioso poema recién escrito. Fue vacío, oscuridad y vértigo ante el mañana. Fue desierto, frío y luna sin estrellas. Fue miedo, temblor y lágrimas de niño.

Estaba solo, otra vez.

Mas gracias al Cielo, ellos me dejaron sus gestos, sus sonrisas y sus besos.
Gracias a Dios, ellos me esperaron. Me acompañaron año tras año, desdicha tras gozo, gozo tras desdicha.





jueves, 27 de diciembre de 2012

29- Colores que Matan (II) (20 octubre 2002).


En otra de mis escapadas futboleras elegí otro pub en zona Hearts. Cerca del piso que compartía con mis chicas. Un pub local pequeño y acogedor, con una camarera que me traía por el camino de la amargura. Pues a pesar de mis intentos y de mis remolques de tejos, la escocesa se hacía la sueca. Sonriéndome siempre, eso sí. Allí vi otro partido del Madrid. Uno de los clientes habituales – o al menos así me lo pareció a mí− comenzó a charlar conmigo. Sobre fútbol, sobre sangría y sobre las españolas. Cómo no. Era un chaval simpático, amigable. Incluso me invitó a una segunda pinta de cerveza.

Por aquel entonces yo no había aprendido todavía todo lo que les he explicado, sobre colores y lealtades religiosas y futboleras. Yo, en toda mi ingenuidad de recién llegado, le pregunté a aquel buen hombre, a qué equipo apoyaba: al Celtic o a los Rangers. Era una pregunta inocente, como cuando en España te dicen si prefieres al Real Madrid o al Barcelona, o así lo creí yo. Pobre de mí -que se acaban las fiestas de San Fermín-. El tipo me miró extrañado y se echó a reir. Siempre una buena reacción, mucho mejor que romperte un vaso de pinta en la cara. Entonces me explicó lo de los equipos de Edimburgo frente a los de Glasgow. Las rivalidades y los odios hacia los habitantes de la otra costa. Y concluyó entre risas, dicíendome “Pregúntale a ese, pregúntale si apoya al Celtic o al Rangers” señalando a un gigante que estaba tapando todo el marco de la puerta de la calle. Pelo en cresta a lo mohicano. Cazadora vaquera sin mangas. Biceps que dejarían a Popeye en ridículo. Y unos ojos de loco que ni el mismísimo Jack Nicholson. “No, gracias” le respondí. “Me gusta mi cara tal como la tengo”.

...

Aquel 20 de octubre todavía no trajo el frío. No el verdadero frío. Hacía una noche agradable. Pero en Edimburgo nunca te puedes fiar. El tiempo es impredecible. Y cambia con una facilidad increíble. Puedes vivir las cuatro estaciones en un solo día. Salía del trabajo. Cansado pero satisfecho conmigo mismo. “Another day, another dolar”, como me decía cada jornada el bueno de Mark, el jefe de cocina.

La parada de autobús estaba en una zona un tanto desangelada. En las afueras de la ciudad, cerca del gimnasio. Cuando llegué estaba desierta, salvo por la presencia de una ancianita, con pelo blanco y bien vestida, que me recordó a la Reina Madre. La carretera desierta, a penas pasaban coches, no digamos autobuses. Tocaba armarse de paciencia y  esperar. Era domingo, mal día para trasladarse en bus.

Los vi acercarse en la distancia. Había varios, cinco o seis creo recordar. Caminaban en abanico, abarcando parte de la calzada (sin miedo a ser arrollados) y parte de la acera. Eran muy jóvenes, críos. Portaban gorritas… y botellas en la mano. Iban descamisados, pero con ropa de marca. No vestían colores de ningún equipo, mas a pesar de estar en zona de los Jambos, podían ser una manada de Hibs buscando una pequeña hazaña en territorio comanche. Para luego contar la batallita, en un pub de Easter Road, a los amigotes, mientras tumbaban pintas de oro negro acompañadas de shots de whisky. Llevaban una gran pancarta, invisible a otros ojos, que decía en letras grandes y en color rojo sangre: problemas.

Al acercarse a la parada, la Reina-Madre se encogió. Era como si quisiera hacerse no visible a los ojos de los cachorros alcoholizados. Como si con su encogimiento quisiera fundirse con el fondo de la marquesina, deshacer su delgada figura entre las sombras de su interior. Su estrategia tuvo éxito, los jóvenes la ignoraron por completo.

Fueron directos a por mí.

“Jorge, que no te huelan el miedo”, me dije. Porque los conozco. No a estos en particular, pero sí a este tipo de gentuza. Siempre en grupitos. Te atacan a la inglesa. Cuatro o cinco contra uno. Un golpe por la espalda, a traición, y luego todos como chacales rabiosos se lanzan a darte patadas por todo el cuerpo. Sólo te queda cubrirte en posición fetal y rezar porque no les dé por saltar sobre tu cabeza, para abrirla como si fuera un melón maduro.

Se colocaron en frente de mí. Sin llegar a rodearme del todo. Eso me dio un pelín de esperanza. Pero no quise fiarme. Les miré a los ojos, a los dos que llevaban la voz cantante. Sin perder de vista sus manos, que seguían sujetando botellines de cerveza. Y ante la duda, la más tetuda. Que dicen en mi pueblo. “En ello te va la vida, Jorge”. Sonreí. Sonreí como si los conociera de toda la vida. Como si fueran mis amigos del alma. Tratando de que no salieran a la superficie de mi rostro mis verdaderos pensamientos. Intentando que los ojos no me traicionaran. Esos espejos del alma. Sonreí como modelo de Profidén para un anuncio. Sonreí como si me fuera la vida en ello. Tal vez realmente me iba la vida en ello.

Era como si les hubiera leído la mente. Me preguntaron, ahí a bocajarro y mirándome a los ojos, cuál era mi equipo de fútbol. No tuve tiempo, ni necesidad de pensar. No podía jugármela con apuestas estúpidas, diciendo que me gustaban los Hearts o los Hibs. Así que sin quitarme la careta, con la gomita y la sonrisa, les dije “Real Madrid. Do you know Real Madrid? I am Spanish”. En Glasgow experimenté el cariño que nos tenía la gente. Tanto a los españoles como al Madrid. Esto era Edimburgo. Nada que ver. Pero yo sabía que el Madrid era querido y respetado en aquellos años (repito, todavía Mourinho no lo había contaminado). Entonces los dos tipos gritaron a la vez: “Hey man! Rial Madrit oh aye! Roul eh?” Y yo que sí. Que Raúl (bendito seas) era el puto amo del calabozo. Y eso les despertó las carcajadas. Y vinieron los apretones de manos, los abrazos. La oferta (amablemente rechazada) de traguitos de sus birras.

Raúl me salvó la vida, aquella noche templada de octubre.

No quiero ni imaginar que tal episodio hubiera sucedido en octubre de 2012, con el Madrid secuestrado bajo la tiranía del portugués. Tal vez me hubieran pateado como a un balón de rugby.

Quizás no les estaría contando todo esto a ustedes.

El Raúl Madrid fue mi salvación.

28- Colores que Matan (I) (19 octubre 2002).


Poco a poco iba acumulando experiencias escocesas en la mochila. Iba aprendiendo una miaja aquí, otra miaja allá. Iba creciendo como persona, como estudiante y como inmigrante primerizo.

En seguida me di cuenta de las enormes diferencias que este país tenía con mi querida, añorada y odiada (a veces) España. Qué difícil era, en ocasiones, llevar a cabo tareas, por otra parte tan sencillas en mi país natal. Tareas como encontrar una fregona (era otro de los misterios locales, ¿dónde vendían fregonas?), tomar un café en el centro a las 8 de la mañana (misión imposible) o encontrar pan de barra ancha (no ese estrecho invento francés denominado baguette).

El circo del fútbol también estaba montado de una forma distinta por estos lares. Mas también reflejaba ciertas similitudes. Yo creía que la estupidez nuestra, tan española − madridistas odiando a barcelonistas,  culés aborreciendo a hinchas del Real Madrid; béticos y sevillistas en eterna guerra civil; incluso logroñeses enfrentados a pedradas con nuestros vecinos pamplonicas (eso sí, luego nosotros íbamos a los Sanfermines y ellos venían a los Sanmateos, como si nada hubiera pasado)− era eso: exclusivamente nuestra. Algo ibérico. Pero no, amigos míos. En todos sitios cuecen habas. Pero además existía una pequeña, gran diferencia en el mundo del balonpié escocés. Si a la estupidez de creerte superior a tu vecino, le añades las diferentes creencias extremas religiosas, el resultado es atroz.

Aquí hay colores que pueden matar.

Los más destacados equipos de fútbol escoceses, por historia y por éxitos, son tanto el Celtic de Glasgow (el equipo de John), como el Glasgow Rangers. Los primeros son católicos (y amigos de Irlanda del Norte y su sueño independentista), los segundos son protestantes (y amigos de la Union Jack, que es como se denomina a la bandera del Reino Unido. Es decir, son unionistas).  Ambos equipos son mortales enemigos. 

Por otro lado están los equipos de la ciudad de Edimburgo. También históricos, pero de un ranking inferior en las tablas de premios y trofeos. Los Hearts de Midlothian (protestantes, por tanto simpatizantes de los Rangers y de la Union Jack) –en principio− y los popularmente llamados Hibs (Hibernian F.C., amigables con el Celtic) –en principio−. Los equipos católicos comparten los colores verdiblancos. Los Protestantes visten azulón en Glasgow y color vino tinto en la capital escocesa.

Escribí amigables en principio, porque en el fondo los aficionados edimburgueses no pueden ni ver a los seguidores de la ciudad de la costa oeste. Debido al enfrentamiento y rivalidad eternos entre ambas ciudades, entre ambas costas. Esto es peor que la serie de mi adolescencia Norte y Sur. Aquí sería, East and West.

Poco a poco, como dije, iba aprendiendo. Conociendo las zonas, los territorios de unos y otros, los colores, los rituales y las pintas de todos ellos. Pero no siempre fue así.

En una ocasión fui a ver un partido, de la liga española (muy seguida en Escocia), a un pub. Era un Madrid-Barsa. Yo era fiel madridista – todavía Mourinho no había conseguido denigrarnos como lo hace en la actualidad – y vestía mis colores, es decir mi bufanda al cuello (la había llevado hasta ese momento en el bolsillo). Bufanda que compré en persona tras presenciar la manita 5-0 en el Bernabeu allá por el 1995, creo recordar. La misma bufanda que me acompañó en mi aventura de la Champions en Glasgow, que ya les relaté.

Allí estaba yo, con mi pinta, mi posición tomada (una mesa cerca de la gran pantalla) y unos cacahuetes salados a falta de unas buenas pipas. Al poco rato se me acerca uno de los bouncers (porteros), un tipo 4x4, rapado (como la mayoría de gorilas de pubs y clubs), con tatuajes en las manos y me dice que por favor me quite la bufanda del cuello. Yo le miro con cara de sorpresa, intento poner carita de niño bueno. Pero esta vez no cuela. El tipo ha visto mucho mundo y no se deja camelar por mis ojos de Bambi ni por mi sonrisa inofensiva. Al contrario, me sonríe y me dice: “It´s for your safety, pal”. Y claro, ante eso, no queda otra que callarse y guardar el complemento futbolístico en el bolsillo.

Eso fue en la zona protestante (Hearts). Es el area donde en más ocasiones he residido en todos estos años. Incluso actualmente vivo en Jambo territory (apodo de los Hearts). Pero por aquel partido todavía me alojaba en el cutre piso con los neozelandeses, franceses y los sosos de los gallegos, recuerdan. Así que al siguiente partido de liga fui a un pub local. En seguida me dieron palique, el camarero y un cliente. Les comenté lo sucedido en el pub de Haymarket. Y me dijeron: “That´s fucking Jambo´s turf”. “Aquí no te preocupes que nadie va a decirte nada por tu bufanda”. Al fin y al cabo eran los colores de un equipo extranjero, jugando contra otro equipo de fuera.

Más adelante empecé a darme cuenta de que en la mayoría de los pubs colocaban un cartelito en la puerta “No colours allowed”. Es la forma que tienen de combatir los problemas. Tal y como hacen en ciertos pubs, que dan vasos de pinta de plástico a partir de cierta hora de la tarde (para evitar el infame glassing: cortar a alguien de un vasazo). Es decir, muerto el perro se acabó la rabia. 

Hablando –o escribiendo− de cartelitos. En un pub un pequeño cartel sobre los espejos de las bebidas llamó mi atención. Decía algo así: “Si consideras que tu pinta ha sido servida con demasiada corona, pide al camarero que te la recomponga”. Usando el término head (heid en Scottish) para referirse a la corona de espuma. La curiosidad me hizo cuestionar a John acerca del cartelito (aquí sirven las pintas con prácticamente nada de espuma). Él, sonriendo como siempre, me dijo “Amigo, I pay for my beer not for the bloody heid”.

Continuará.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

27- ¿Qué le has llamado a mi novia! (14 octubre 2002).


Esta entrada podría tener diferentes y muy variados títulos. Como por ejemplo, el original en mi mente: “Esas malditas vocales y alguna que otra puñetera consonante”.  Pero quedaba demasiado extenso y además hay que tratar de cazar la atención del más perezoso de los lectores con un título más llamativo.

Qué manía tienen estos herejes anglosajones (escoceses en mi caso) con complicarse la vida. Con lo sencillito que es el español, con sus vocalitas: a-e-i-o-u. Ya está, sin tanta tontería de vocales largas, cortas, o a medio camino. O con esa horrible costumbre de mezclar dos vocales. No señores, o es “o” o es “a”, no se puede pronunciar algo entre “o” y “a”. No tiene sentido. Es algo antinatural.

Y es que podría contarles a ustedes miles de ejemplos. Situaciones ridículas, a veces bochornosas, debido al mal uso del idioma de Shakespeare. Situaciones que combates con humor de novato, o a veces con aquello de “tierra trágame”. La mayoría de estos errores los cometes al principio, claro está. Pero puedes tardar años en limar tu pronunciación para no caer en embarazosos malosentendidos. Y aunque lleves once años por estos lares, más te vale no relajar la lengua y el paladar.

La misma palabra “vowels” (vocales), si te descuidas un poco y tienes uno de esos días cansados, olvidas que en inglés la “v” se pronuncia diferente que la “b”, tu interlocutor entenderá “bowels” y te mirará con cara de pena creyendo que tienes algún problemilla intestinal.

Los primeros días que fui al cine lo pasé fatal. Soy una persona a la que le encanta el cine. Voy muy a menudo. De ahí mi trauma inicial. Recuerdo la primera vez que pedí palomitas “pop corn” y el chaval que atendía – un adolescente pelirrojo, flaco, lleno de granos− me soltó una parrafada, que lo  mismo podía estar hablándome del tiempo que hacía ese día o de la revolución francesa, pues no me enteré de la misa la media. Y yo, como un niño de dos añitos, usando la técnica infalible de apuntar con el dedito: “that one, pop corn”. Y nada, el niñato de los granos con su parrafada, recitada a toda leche y sin un ápice de compasión hacia el inmigrante recién llegado. Yo le decía que cual era el problema, que tenía dinero (¡qué vergüenza recordarlo!), que me pusiera ya las malditas palomitas. Y así lo hizo, el mocete.  Al empezar la película, eché  mano a las palomitas y entendí de inmediato lo que el jovenzuelo me trataba de explicar: eran dulces. ¡Y no me gustan las palomitas dulces! Las palomitas saladas, de toda la vida. ¡Qué país!

En otra ocasión, se me ocurrió pedir una coca-cola. Por aquello de sensación de vivir y todo eso. Gracias a Dios había otro chico diferente atendiendo. Fue pedir la “coke, please” y el chaval volverse hacia su compañero y medio reírse. ¿De qué carajo se ríen? Pensé yo aquel día. Luego vas aprendiendo cositas, y claro, no es lo mismo pedir una coca-cola en un mostrador de un cine, que pedirle a un adolescente sus órganos sexuales (cock).

Recuerdo un día, en el piso, Rachel llegaba tarde al trabajo. Recogió todas sus cosas en el bolso, se atusó el pelo en el espejo del baño y salió a toda velocidad del piso, sin despedirse de mí tan siquiera. Entonces vi que se había olvidado sus llaves encima de la mesa de la cocina. Sin pensarlo dos veces, raudo y veloz, las cogí y salí disparado hacia las escaleras. Ella estaba a punto de abrir la puerta principal cuando le grité “Rachel, you forgot your keys!” Ella paró en seco. Se giró. Me miró con cara de susto. “What?” Y repetí mi frase, esta vez agitando el llavero en mi alzada mano. “Ahh, thanks! Pensé que decías que había olvidado mi beso". Otra vez, la maldita vocal larga o corta (kiis= llaves, kis = beso, que en realidad se acerca más a "kes") hizo creer a Rachel que se me había ido la cabeza –ya del todo− e iba reclamándole un beso de despedida, como si fuéramos una enamorada pareja, y no unos sencillos flatmates.

¡Malditas vocales cortas y largas! Yo creo que lo hacen a posta para que los españolitos nos agobiemos y abandonemos nuestro intento migratorio. ¡Pues con Jorge la llevan clara!

Hay cientos de ejemplos. Como “sheet” (pronunciese shiit) sábana u hoja de papel. Cuidado señores, pueden acabar diciendo “mierda” (shit) (pronunciese shet). No quiero ni pensar en los pobrecillos que empiezan su aventura británica trabajando haciendo camas en hoteles. Pidiendo ese juego nuevecito de sábanas al manager o a la supervisor. Y en realidad le están hablando de cacotas. Tampoco es lo mismo pedir una cerveza “beer” que hablarle de osos al sorprendido camarero “bear”. O querer pedir una cerveza con soda “shandy lager” y acabar pidiendo una cerveza arenosa “sandy lager”, con lo cual el camarero se quedará a cuadros escoceses. O el terrible pánico del principiante, cuando en clase o en una entrevista de trabajo te preguntan por tus hobbies, por lo que te gusta hacer en tu tiempo libre. Y claro, tú quieres decirle a la Seño o a ese tipo que será tu jefe, que te gusta ir a la playa “beach” (pronúnciese biich) y temes acabar diciendo que te gusta ir con señoritas de mala reputación “bitch” (pronunciese bech).

Gracias al cielo existe “el contexto”. En inglés ayuda muchísimo a esclarecer todos estos posibles malentendidos.

Todavía tiemblo, de vergüenza, al recordar lo que me sucedió un día en el trabajo. Estábamos de charla detrás de la barra. Lo habitual, como dije, cuando la clientela era perezosa. O mejor dicho, cuando los clientes estaban sudando la gota gorda (recordemos que era la brasserie de un gimnasio). Yo estaba haciéndome un cafecito con hielo (ya andaba por la barra como Pedro por su casa). Ante las todavía sorprendidas miradas de mis compañeros sudafricanos y escoceses (eso de mezclar café y hielo aún no lo tenían muy claro). Uno de los sudafricanos era Chris (alto, fuerte, rubio, ojos azules. Vamos, un sueño para las ladies). Allí se encontraba también Leticia, la novia francesa de Chris. Leticia era una chica simpática. Bromeábamos muy a menudo, ella y yo. Se notaba a la legua que era francesa, y tenía una forma más abierta de tratar a la gente. Como siempre ella me hizo algún comentario gracioso. Hubo risas. De todos. Yo entonces le dije a Chris que su novia era una tía divertida “Your girlfriend is funny!”. Chris me miró todo serio, pero con una medio sonrisa que no podía ocultar del todo y me espetó: “¿Qué le has llamado a mi novia!”. Y todos se rieron. Yo repetí mi frase. Y casi se mean de la risa, los muy cabrones. Hasta que la buena de Jenny vino a mi rescate. Ordenándoles que me dejaran en paz, y diciéndome que no pasaba nada. Que no les hiciera caso. Yo sabía que estaban de cachondeo conmigo, que Chris no estaba enfadado para nada. A esas alturas ya teníamos confianza. Pero me quedé con la mosca detrás de la oreja. ¿Qué había dicho que fuera tan divertido? ¿Eran otra vez esas malditas vocales, o alguna puñetera consonante?

Llegué a casa todo apurado. Rachel estaba comiendo en el living. Le pregunté a quemarropa mi duda, contándole lo que me había sucedido en el trabajo. La chica casi se atraganta con los espaguetis. “Jorge, ahora no puedo hablar de eso, que estoy comiendo”. Ya no podía contener más mi inquietud. Hablar de ESO. ¿A qué demonios se refería mi linda compañera de piso? ¿Se habían vuelto todos locos? Así que me encerré en mi cuarto, eché mano al diccionario (uno de esos libros tocho muy completitos), y comencé a buscar la palabra “funny” y otras similares (por aquello de las malditas vocales). Y encontré la respuesta a todas mis dudas. Encontré la palabra “fanny”. Y en aquel mismo instante pensé aquello de “tierra trágame y no me escupas de vuelta”.

Y lo entendí todo. Las risas, la reacción (falsa) ofendida de Chris, el apuro de Rachel. Y es que no es lo mismo llamar “divertida” a la chica de tu amigo, que llamarla “chochito”.

domingo, 23 de diciembre de 2012

26- Amigos vs Pelotas de Tenis. (8 septiembre 2002).


No todo fueron nubarrones y tormentas. En España, quiero decir. A veces, releo estas historias –soy el más aplicado de mis lectores− y me digo a mi mismo: “¡Joder Jorge, quien te lea va a creer que eras más infeliz que Marco el día de la Madre!”.

Quizás lo que ocurre es que lo negativo te marca más. Que el daño es más difícil de olvidar que el cariño. Sus palabras, tal vez dichas en un momento de calentón, que saltan del mismo estómago a la boca, sin pasar por el cerebro, te duelen más que si te hubieran golpeado con sus puños. Tal vez, necesite volcar aquellas experiencias negativas en el blanco de la pantalla. Así, al cobrar éstas vida, letra tras letra, palabra tras palabra, actúan como una especie de exorcismo, alejando mis demonios personales para siempre.

No todo fueron malas experiencias, amigos egoístas y familiares con complejo señorial. Hubo buena gente alrededor también. Incluso algunos de ellos todavía están ahí. Al pie del cañón. Tras casi once años, con un par. Esos son los verdaderos amigos. Poquitos, pero están. Son amigos que se acuerdan de ti. Tratan de averiguar cuando será tu próxima visita. Hacen un hueco en sus apretadas agendas para compartir un momento contigo. Para recordar viejos tiempos, viejas anécdotas. Para, en un vano intento, tratar de recuperar la magia experimentada años atrás.

Como, por ejemplo, mi amiga Lucía. Ahí sigue ella. Tras tantos años desde aquel último abrazo frente al café Junco. Algunos de ellos sin apenas contacto entre nosotros, y todavía recuerda los momentos compartidos. Aquella Lucía que me habló de las maravillas de Edimburgo por primera vez. La misma Lucía que tuvo palabras de cariño y apoyo, escritas por email, al poco tiempo de mi primer aterrizaje en tierras escocesas: “Jorge, no te preocupes si las primeras noches, en la cama,  lloras como un niño”. Tan sólo por aquella frase, Lucía se ganó un huequito en mi corazón de recién emigrado.

La conocí en clase, cuando yo era un fiel seguidor de Freud y toda esa panda de pensadores o vividores. Desde el principio me llamó la atención. Alta, guapa, con clase. Se le notaba que era de familia bien, como decían nuestros abuelos. Yo solía pensar: “¿A dónde vas Jorge? Eso es mucho motor para ti”. Yo, como siempre, el más optimista, el más positivo. Pero digo que me sorprendió, por  su naturalidad, por su amabilidad y su saber estar. Y me dejó alucinado, ya totalmente, cuando quedamos para un café tras la primera noche de clases (en la UNED éramos aves nocturnas). Un café que se convirtió en una cerveza, así por arte de magia, que ni el mismísimo Jarry Potas hubiera podido explicar. Una cerveza a la que siguieron muchas otras. Todos los viernes. Como un ritual sagrado, el cual éramos incapaces de quebrantar. Cervezas –Heineken, en botella helada, con una servilleta de papel alrededor del gollete− acompañadas de frutos secos (cortesía del bar), que yo comía y ella miraba. Cervezas entre risas, miradas y confidencias. Charlas interminables, sobre clases, profes, música y desamores. Sobre la sosita de Matemáticas –la Mimosín− o el plasta de Antropología. Diálogos sobre lo mundano y lo divino, haciendo honor al nombre del bar: Parlamento. Cervezas frías que abrían el fin de semana con una intensidad que no he vuelto a sentir.

Regresé a dicho bar en mi última visita a la pequeña región norteña. Fui a la misma hora, en viernes. Vi estudiantes unedianos. Tal vez, incluso futuros psicólogos. Todos jovencísimos; riendo ellas con los libros sobre el pecho; haciendo aspavientos ellos contando alguna batallita -quizás sobre la Mimosín de Matemáticas o el plasta de Antropología-, ufanos, sabiéndose poseedores de la femenina atención. Pedí una caña, en vaso de tubo (tomar una Heineken, en botella helada, con una servilleta alrededor del gollete, hubiera sido un sacrilegio, sin Lucía conmigo). Y la bebí, sorbo a sorbo, acodado en la barra y contemplando a todos aquellos afortunados. Todos ellos, que disfrutan ese momento, creyéndose jóvenes para siempre, ignorando que un día estarán acodados en la barra tratando de revivir aquellas carcajadas. Como yo me encontraba en aquel instante,  cerrando los ojos, escuchando la música y los parloteos que me envolvían. Dejándome llevar a otros tiempos, a aquellos lejanos viernes que no regresarán jamás. Aquellos viernes de cervezas frías y conversaciones calientes, que abrían el fin de semana con una intensidad que no he vuelto a sentir.

He vuelto a quedar con Lucía en muchas ocasiones. Porque cuando dos personas lo desean de verdad, la amistad y el contacto son imperecederos. No hay excusas baratas ni compromisos inventados que impidan verse para un café rápido. Una charla amigable. Un ponerse al día reconfortante. Uno viene de muy lejos, de visita, por unos pocos días. Uno se encarga de avisar con antelación, a través de correos electrónicos o mensajes por móvil. Uno intenta ver en siete días a setecientas personas. Mas si esos individuos no ponen un poquito de su parte, la tarea pasa de ser titánica a ser misión imposible. Como sucedió con mi amiga Pepi. Tan ocupada ella. Tan ajetreada de la vida diaria. Tantas cosas que hacer que imagino usa dos agendas, pegadas la una a la otra con cinta aislante (como esos cargadores en las películas de Rambo: se acaba uno, le das media vuelta, ¡zas! y comienzas a disparar con el otro). Así era Pepi. Tras seis meses sin vernos. Avisada de antemano, como todos. Le llamo por teléfono, a los dos días de mi llegada: “Uf Jorge, estoy liadísima”. Yo lo comprendo, la gente trabaja, uno está de vacaciones, de cañitas y tapas. “¿Y el sábado?”. “¿El sábado?, el sábado tengo entrenamiento de tenis”.

¿Amigos versus pelotas de tenis? No apuesten, queridos lectores… podrían perder todo su dinero.

domingo, 16 de diciembre de 2012

25- Una Bolsa de Besos (3 septiembre 2002).


Existen momentos de tu vida que se imprimen en el recuerdo. Se adhieren a tu ser. Imborrables. Imperecederos. Una frase, una mirada, un gesto. Como aquella bolsa de plástico llena de besos.

Llegó septiembre. No podía creer que llevara más de seis meses en Edimburgo. Lejos de mi familia. De mis amigos. Yo solito. Buscándome las alubias. Volviendo a vestir aquellas botas tan pesadas - esta vez de manera figurada - aquellas botas de hombre. Recuerdo pensar, al llegar, o más bien antes de volar - mientras estudiaba en la academia, planeando la escapada, haciendo el equipaje, reuniendo el valor y coraje necesarios; mientras trataba de vencer el miedo y hacer que mis rodillas dejaran de temblar - “Mucho me tienen que putear allá, para que me vuelva antes de 3 meses”. Y ya llevaba el doble de tiempo. Nadie me había puteado. Al contrario, todo fueron ayudas, cariños y buen trato. Todo fue compartir y disfrutar. Trabajo duro también, pero con la satisfacción de saber que no le debes nada a nadie. Que estás tú solo contra los elementos. Que, por primera vez en toda mi vida, mi habitación era MI habitación. Mi comida era MI comida. Y mi destino era tan sólo mío. Sin deudas morales. Sin chantajes emocionales o amenazas veladas. Sin envidias ni gritos malsonantes. Sin malas caras al desayuno y a la cena. Sin tiranías ni dictaduras a domicilio.

Vencí mis deudas escocesas (hace tiempo) y a base de sudores extra, conseguí ahorrar lo suficiente para volar a España. Mi primera visita. El retorno –temporal− del hijo pródigo. Esta vez con billete de vuelta. Lo seguía teniendo claro. Continuaría en la capital escocesa.
A las ganas terribles de ver a los míos se juntó el miedo. Los nervios. La ansiedad. Volver a la escena del crimen. Retornar al lugar que te hizo daño, que te empujó a una aventura ciega como un precipicio en una noche sin luna. Mas la alegría superó con creces al temor. Ver de nuevo a mi padre, a mis sobrinitas, a todos los demás.

Había un pequeño inconveniente. Tanto trabajar, estudiar, beber y bailar durante este tiempo, y yo sin una triste foto que lo testimoniara. Así que, ni corto ni perezoso, compré un artilugio de esos de usar y tirar. Una cámara barata que me permitiera poner sobre papel de colores todos estos meses. Me dediqué con empeño a la tarea. Retratándome con mis compañeros de trabajo. Todo sonrisas y poses. Disparando fotos a monumentos, taxis, puentes y patos. Persiguiendo ardillas en Princes Street Gardens. Levantando pesas mientras sonreía al pajarito y decía cheese (que es lo que usan aquí como nuestro “patata patata”).

Eran fotos de última hora. Aprisa y corriendo. Pero menos daba una piedra, como dicen en mi pueblo. Sin embargo, nuevamente alguien me sorprendió. John vino de visita al gimnasio. Con su eterna sonrisa de pillastre. Abrazo, dos besos. Siempre cariñoso. Siempre entrañable. Me guiñó el ojo: “Para ti, amigo” y me entregó un sobre gordo. Un sobre anaranjado de tienda de revelado. Un sobre lleno de fotos. Imágenes robadas a nuestras noches de juerga y cervezas. Un sobre repleto de risas, poses de película, vestidos de noche. Un sobre lleno de amistad y camaradería. John conocía mi deseo de llevar fotos. Así mi padre se tranquilizará, le comenté un día. Pues a pesar de que mi hermano, tras su visita futbolera, le comentó que yo me encontraba bien: “Jorge allá está en su salsa” –fueron sus palabras− el hombre, en su interior, no acababa de estar seguro. En sus peores pesadillas me veía tirado en una acera, con un vaso de plástico en frente pidiendo limosna. Así que John, al tanto de mi deseo de apaciguar la inquietud de mi padre, sin pensárselo dos veces, hizo dos copias de uno de sus carretes. Así era John.

Esta vez volé con la maleta llena de regalos y cariño. Biscuits and shortbread para los mayores, juguetes y lápices de colores para las peques. Todos estos últimos, envueltos por separado en papeles coloreados con ositos y personajes de Disney. Me encantaba contemplarlas al abrirlos con sus manitas. Tratando de rasgar los envoltorios con la tierna torpeza de sus tres añitos. Las dos, frente a frente, más pendientes del regalo que abría la otra, que del suyo propio. Relajándose, ambas primas, al ver que el paquete más grande contenía la misma mochilita, con forma del monstruo del lago Ness. Sus caritas de sorpresa. Sus ojos brillantes y agradecidos. “Se llama Nessie” les dije. “Es una monstruo buena que vive en un lago de Escocia”. Y sus boquitas se abrieron, llenas de excitación. Allí estaban las dos renacuajas, seis meses después de mi marcha.

 Tan cercanos y tan lejanos aquellos días de despedida. La más pequeña, con su tierna inocencia creyendo que vendría a jugar con ella el siguiente domingo− como si Edimburgo estuviera a la vuelta de la esquina−, mientras mi hermana contenía el llanto a mis espaldas. La mayor, llenando una bolsa de plástico de dulces besitos, para que tuviera de sobra allá tan lejos donde marchaba. Han pasado once años y todavía me emociono mientras escribo estas líneas. Shite! No sé cuando me convertiré en un hombre y dejaré de ser un mariconetti de medio pelo. Un hombre de esos que juran, escupen y calzan pesadas botas con punteras reforzadas.

En la reunión familiar todo fueron anécdotas, preguntas y  buenas caras. Tan diferente a la atmósfera que dejé cuando solté la bomba navideña. Mi padre al fin se relajó: “Se te ve feliz”, dijo mientras pasaba foto tras foto entre sus grandes manos. Bueno Jorge, misión cumplida, pensé.

Allí dejé, de nuevo, a mi padre. De pie delante de su nueva casa, con su nueva familia. Despidiéndome con un abrazo. Con aquella sonrisa que reflejaba tantas cosas: alegría, pena, agradecimiento y orgullo. Nunca podré borrar esa sonrisa de mi mente. Aquella sonrisa de despedida. Ni borrar sus repetidas palabras. En cada visita, en cada adiós: “No te preocupes por nosotros hijo. Si tú eres feliz allá, nosotros estaremos bien”. Hasta que en uno de mis viajes, años más tarde, aquellas palabras se convirtieron en sus últimas. Y yo sin saberlo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

24- Confidencias entre alcohol y kilts. (24 Agosto 2002).


(Estoy algo pachucho hoy, disculpen si no sale una buena Fargadita).

Es una foto en blanco y negro. Muestra un instante congelado en el tiempo, como todas ellas. Un instante que te traslada mentalmente a aquel año. Un momento que te hace recordar aquel viaje, aquella fiesta. Que te permite volver a escuchar las risas a tu alrededor; contemplar los vestidos y los bailes; sentir el calor de aquella tarde. Todo ello sabiendo que aquel tiempo nunca regresará. Ya no seré jamás aquel joven con ganas de jarana y rodeado de aquellos amigos que me adoptaron, cuidaron y me hicieron sentir parte de este maravilloso país.

Es una foto que siempre me hace sonreir. De pura nostalgia. Y al mismo tiempo me produce algún que otro escalofrío. Porque me trae igualmente otros recuerdos negativos. Recuerdos de otras farras, éstas en mi querida España. En mi amada y odiada pequeña región norteña. Juergas que no siempre acabaron bien. Y alguna que acabó fatal. Pero eso ya pasó a mi historia personal española. Es pretérito. Es olvido.

Es una foto, que sostengo ahora entre mis dedos, donde me veo serio, vistiendo una camisa blanca más propia del camarero (pero el presupuesto no me daba para más). Tengo los ojos cerrados −siempre me asombra la longitud  de mis pestañas−, con la cabeza inclinada hacia abajo, sostenida con mi mano derecha, mientras que la mano izquierda rodea perezosamente la base de un vaso tamaño pinta. Una pinta de un líquido transparente y de apariencia fría. Una pinta de agua. Una pinta de agua que no recuerdo ni haber pedido, ni haber bebido. Tan sólo el día que John me dio esta foto fui consciente de ello. ¿La razón? Es obvia, dicha imagen muestra a un joven con una melopea del quince, como dicen ahora los chavales. Y esta es la historia detrás de esa fotografía.

Era una tarde-noche como otra cualquiera. La brasserie estaba tranquila. Era pleno verano (ejem), por lo cual todos los potenciales clientes estaban sudando entre kilos de metal cromado y bicicletas sin ruedas. El gimnasio estaba en la parte de arriba y de vez en cuando los members bajaban a tomar un refrigerio entre ejercicio y ejercicio.

Yo, sin embargo, estaba en mi puesto como recluta novato en su primera guardia. Despierto, grifo en mano (una de esas extensiones tipo manguera) y con un ojo puesto en la nueva chef (Michelle, 18 añitos) y otro en la puerta que comunicaba con el bar. Al acecho de supuestos clientes que pedirían suculentos platos (cheese burguer and chips; jacket potatoe with beans and chips; steak with chips; chips with chips). Pero los jodidos no llegaban. Así que giré el otro ojo hacia la nueva chef.

Alguién me tocó el hombro. Gesto que me hizo sonreir, pensando nostálgicamente que al girarme ahí estaría John, con rostro de pillín, su guiño y sus gestos cómplices indicándome que dejara esa shite y fuera con él al otro lado de la cocina. No era John, obviamente. Era Vicky. Una joven camarera inglesa. De unos 25 años, al menos eso le calculaba yo. Alta, rubia, ojos azules. Sí señores, aquí las fabrican así en serie. Me sonrió con dulzura: “There you go, babe” (que a pesar de diccionarios y gramática, aquí significa: aquí tienes guapo). Extendiéndome un sobre pequeño y blanco. “ For me? “ Asintió y regresó a la barra. Me sequé torpemente las manos, sosteniendo el sobre con los labios. Lo abrí con curiosidad infantil y tratando de imaginar su contenido. Era una tarjeta de cartulina, algo más grande que una clásica de visita. En ella, en texto grabado en relieve, se me invitaba formalmente a una 21st Anniversary Party, en Inglaterra. ¡Vicky estaba a punto de cumplir 21 años! En ese preciso instante, comencé a sospechar que la edad en este país no se refleja del mismo modo que en España. Y me acordé de una chiguita que había conocido el fin de semana anterior, en un club de baile (no de lo otro), con la cual bailé y bebí. La niña me sacaba un palmo de altura (y yo mido 1.76, tampoco soy tan bajito). Me dijo ser de las Highlands (de ahí la altura, pensé yo riéndome yo mismo de mi propia tontería). Le pregunté –en mi inglés riojano- que qué demonios tomaba para desayunar, para estar tan alta y tan tremenda. Porridge, me respondió entre risitas, (típico cereal escocés que se toma caliente con leche). Me confesó que acababa de cumplir 18 años. Ahí ya me acojoné. Para que les voy a decir que no. Y pensé “Uf Jorge, vivir la adolescencia en este país debe de ser como contemplar la antesala del Paraiso”. Perdonen, que me voy por los Cerros de Úbeda, como siempre.

La fiesta era el 24 de Agosto, en un pueblecito cerca de Manchester. Así que eché un vistazo en internet, y decidí que la mejor opción era el tren. Llevé conmigo un emparedado casero, ante el temor de los precios de la comida en el tren. De todas formas, en la invitación se explicaba que habría un buffet (y claro, mi razonamiento español me indicaba que podría llenar bien el estómago antes de beber. Grave error. Como siempre). Según bajarme del tren, casi literalmente hablando, me pusieron un chupito de whisky en la mano. Para brindar por la homenajeada. Yo aborrezco el brebaje nacional, pero háganse ustedes cargo. No era cuestión de ofender a nadie. Y como dicen aquí (imitando al gran John Wayne) “Sometimes a man´s got to do what a man´s got to do”. Que en versión ibérica significa: a veces hay que echarle cojones, y punto.

Quién iba a decirme a mí que, desde aquel primer momento de bienvenida, no dejaría de tener un vaso o botella de contenido alcohólico en la mano, hasta aquel vaso tamaño de pinta lleno de agua. ¿Y el buffet? Cuando ya casi todos estábamos con la carga escorada, al menos yo, ofrecieron un picoteo de salchichitas pequeñas frías, pasteles de carne fríos, y toda una variedad de patatas fritas y pasteles dulces. Dichos sólidos ayudaron a hacer un poco de masa en mi inundado estómago.

Que conste que la pequeña crítica culinaria no empaña un ápice el recibimiento y trato que recibí en aquel pub inglés. En el Reino Unido la celebración de los 21 años es muy importante. Hacen reuniones como si fuera una mini boda. Como nuestra española Primera Comunión, pero con el vestido unas tallas mayor. Esto incluye un speech por parte del padre de la agraciada y otro por ella misma. Vicky estaba radiante, como una princesa de cuento rosa. También estaba Kelly, despampanante como nunca, con un escote de dos rombos y unas trencitas rubias que invitaban a hacerse vikingo y renegar de Cervantes, de la Selección de España de fútbol y hasta de la mismísima Armada Invencible.

Llega un momento que mi cerebro desconecta. Demasiada ingesta de líquidos, supongo. Recuerdo trazos de imágenes. Se intercalan unos con otros. Mi memoria también se ha reducido al blanco y negro (como la foto que contemplo). Me veo de cuclillas ente los coches del aparcamiento. En una esquina, apartado de miradas curiosas y cámaras cotillas. Ahí, echando hasta la papilla que mi mami me dio con tanta ilusión y cariño hace 32 años. Recuerdo risas, chicos levantándose los kilts mostrando a las curiosas inglesitas que sí que son true Scotsmen, es decir, que no llevan calzoncillos bajo la falda masculina. Ellas escandalizadas y al mismo tiempo acaloradas y con el horno encendido. John y el resto de escoceses habían decidido acudir a las Englands vistiendo sus colores. Para darles en el morro a los perros ingleses. Todo desde el respeto, la cordialidad y la amistad que les unía a ellos.

No lo he mencionado antes, pero entre mis amigos escoceses se encontraba el bueno de Neil. También vistiendo su traje nacional con orgullo de highlander. Neil era futbolista. Jugaba en un equipo regional modesto. Además trabajaba de camarero en la brasserie del gimnasio. Con Neil hablaba a menudo, de deporte, de chicas, de la vida. Un día, meses más tarde de la fiesta de Vicky, Neil y yo estábamos charlando de nuestras cosas. Nada trascendental. Puro parloteo de restaurante vacío. En el interior de la barra, cerca de la puerta de la cocina (por si acaso yo tenía que salir volando a mi puesto junto a la fregadera). En esas que Neil me mira algo serio. Me dice con timidez “Jorge, ¿tu recuerdas la fiesta de Vicky en Inglaterra?” “Claro Neil, cómo iba a olvidarla” – mentí, u oculté media verdad (tenía lagunas importantes de aquella tarde, como he descrito). Entonces comienza a contarme. Me dice que estuvimos charlando él y yo, en plan serio. Que yo reflejaba seriedad, nostalgia, rabia y pena, mientras le desmigaba la historia de mi vida. Los motivos por los que había abandonado mi querida y odiada España. Mis conflictos familiares y mis males de amores, o falta de ellos. Historias tristes de amigos egoístas y marrulleros. Historias de chicas que no se atrevieron a arriesgarse, como Ella. Historias del daño que me causó Él, siendo tan cercano, tan sangre de mi sangre. Esos episodios que, como ya les comenté, a veces soltaba como una andanada de cañonazos tras unas cuantas pintas.

Neil me dijo, inseguro, temiendo ofenderme (buen chaval, Neil) que le había soltado un rollo durante media hora, o más. Que él me decía que sí con la cabeza, me sonreía y dejaba que me desahogara en su hombro. Como una colegiala engañada por su primer amor.

Cuando acabó de contarme la situación vivida, yo algo avergonzado le pedí disculpas. Le dije que sentía mucho el peñazo que tuvo que aguantar el hombre. Neil sonrió de nuevo. Me dijo que no, que no importaba. Y confesó que la historia parecía muy interesante, por mis gestos, por mi énfasis, por mi rabia contenida. Y concluyó: “Un día tienes que contármela en inglés, pues aquella tarde todo el relato fue en español”. Me guiñó un ojo y fue raudo y veloz a servir a un sudoroso nuevo cliente. Dejándome a mí, con la boca abierta.

sábado, 1 de diciembre de 2012

23- ¿Quién entiende a las mujeres? (31 Julio 2002).


Resulta curioso cómo juega la memoria con nosotros. Usa sus pequeños trucos y enredos para hacernos creer que algo fue de tal o cual manera. Sobre todo, su especialidad, nos muestra un lado de la historia. A veces sólo recordamos lo negativo. Afortunadamente, en la mayoría de las ocasiones, los recuerdos positivos se imponen por goleada.

Y esto es lo que me acaba de suceder. Estaba convencido de que conviví con mis dos chicas –Rachel y Elie− durante un año entero. Pero no fue así. Sólo tras sentarme, revisar recuerdos, fechas y sacar lápiz y papel, la memoria me muestra sus cartas verdaderas. Deja de ocultar esa carta en la manga, y me permite ver cómo transcurrió aquel año en realidad.

Elie se fue a los cuatro meses de mi llegada al piso. Su plan original, me contó, era estudiar otro curso más en la Universidad de Edimburgo. Es decir, volver en Octubre 2003, tras pasar el verano en Francia, con los suyos. Mas algo debió de sucederle, o tal vez simplemente cambió de opinión. Pasaría el mes de julio en Escocia y después dejaría el país para retornar a su hogar francés, al calor de sus seres queridos. Y sin yo saberlo, en aquel momento, se terminó mi etapa de felicidad total en aquel piso.

Así que tocaba Operación Búsqueda de Flatmate. Again. Esta vez Rachel y yo hablamos primero, y me quedaron bien claras las reglas del juego. Debíamos poner un anuncio, de lo cual se encargaría ella; hacer el mayor número de entrevistas posible; anotar los datos básicos de los candidatos: (edad, sexo –perdón, me niego a usar eso de género como si fuéramos objetos, en lugar de personas−, estudiante o profesional –buscábamos un estudiante por un tema de impuestos−, etc). Después tendríamos una charla y tomaríamos la decisión, entre los dos, sobre quien sería la persona más indicada para el puesto. Todo muy profesional. Sobre el papel, claro.

Todo empezó cruzado. Desde el principio. Nadie llamaba al supuesto anuncio colocado por mi linda compañera de piso. ¡Pues estamos apañados! ¿Y ahora qué hacemos? Pensaba yo en voz alta. Paciencia, decía ella. Pero nuestra gran virtud compartida, esa paciencia que gobierna todas las situaciones en este país, y que yo empezaba a dominar (ejem), resulta que no era del todo bien llevada por nuestra amable April (recuerden, la señora de la agencia inmobiliaria). Debíamos encontrar un compañero de piso, ya o ya. En caso contrario, nos subiría el alquiler, pues deberíamos pagar por la habitación vacía de la petite francesa.

Pero las prisas son malas consejeras. En cualquier campo (estudios, deportes, sexo, búsqueda de compañero de piso…). Al fin comenzaron a llegar candidatos. No es cuestión de contarles a ustedes todos los pormenores de dichas entrevistas. No fueron un gran número, tal vez media docena en total. Pero permítanme que les resuma una de ellas.

Era un chico. Bueno, un hombre joven (“Shit! Jorge, mal empezamos. Yo prefiero una chica”, me susurraba el diablillo dentro de mí). Era un tipo bastante peculiar. De estatura media, tez morena, pelo con ricitos pequeños, sonrisa complaciente, simpático y con un apretón de manos firme y cálido –un pelín demasiado prolongado, para mi gusto−. Vestía unos pantalones de pinzas y una camisa una talla mayor que la que le correspondía. Parecía un vendedor de enciclopedias, atravesando una mala racha. Hablaba buen inglés, pero con acento extranjero. Un acento extraño para mí. Dijo ser turco, creo recordar. A mí me recordaba a Gadafi, en sus tiempos mozos. Pero no me hagan mucho caso, son cosas mías. El caballero resultó educado, amable y entretenido. Nos contó anécdotas personales, además de darnos los datos básicos que buscábamos (me recordó un poco a mí cuando llegué al mismo piso. Tal vez por ello me cayó en gracia). Además era un estudiante de la Universidad de Edimburgo, donde realizaba un máster en no-se-qué (perdonen, pero mi memoria tiene sus límites. No es un pozo vacío donde no oyes nunca llegar la piedra al fondo). En resumen, a mí me pareció un buen candidato (a pesar de que el tipo se afeitaba, en lugar de depilarse las piernas).

Entonces, finalizada la formalidad de la entrevista, ocurrió algo peculiar. Algo extraño. Algo fuera de lo normal en esas situaciones. Al menos, desde mi conocimiento. Cuando ya nos habíamos levantado de los sofás y silla, el recién llegado nos pidió un favor. A ver si nos importaba que se quedara a ver el final del partido de fútbol, en la tele (justo cuando llegó yo estaba viendo dicho partido). Que estaba muy interesado en el resultado final (ahí mi mente corrupta me decía que era un apostador profesional, un jugador, un tipo que se jugaría el dinero de la renta apostando en las carreras de caracoles –ah no,  que eso es en un pueblo de mi querida comunidad norteña−). Rachel y yo nos quedamos sorprendidos con tal solicitud. Yo la miré, claro gesto que indicaba “Tú eres la jefa. Tú decides”. Ella me miró, miró al candidato, exhibió su mejor sonrisa (que dejaba entrever su incisivo  partido): “Pregúntale a Jorge, él es el futbolero de la casa”.

No teníamos más entrevistas pendientes. Yo estaba ansioso por ver el final del partido. Así que accedí con gusto. Saqué un par de cervezas del frigo, encendimos la televisión, y contemplamos el resto del juego, cerveza en mano y charlando sobre el deporte rey (en España y en media Europa). Mientras Rachel continuó con sus estudios en su habitación.

Finalizado el partido y las cervezas llegó el momento de la despedida. Rachel salió de su cuarto y los tres nos dijimos adiós, acordando que le comunicaríamos nuestra decisión tan pronto como nos fuera posible. Hasta ahí, todo más o menos normal. Algo raro, pero tampoco para darle demasiada importancia. Un tipo curioso, extrovertido, conversador, de carácter abierto y amable. Pensé yo, mientras regresaba sonriente al sofá del living. Rachel entró tras mis pasos, se colocó en frente de mí, de pie, rostro serio y me echó la bronca. Así, sin más, tal como lo leen. Se puso como una furia. Que por qué le había dicho que sí a su propuesta. Que por qué le había seguido el rollo. Que por qué le había sacado una cerveza (¡Mis cervezas, señores!). Yo no entendía nada. Así se lo hice saber a la joven escocesa. Ella concluyó con una frase lapidaria: “Haz lo que quieras Jorge, pero no quiero ver a ese tío en mi piso nunca más”. Me quedé a cuadros escoceses. Incluso llegué a pensar si me había perdido algo. Si había sucedido cualquier cosa entre ellos. Una mirada, una expresión que yo no capté. Instinto femenino, tal vez. Puede que no se sintiera segura en su presencia. Quizás se vio intimidada por aquel personaje. Quién sabe.

¡Mujeres! Cuando pienses que ya conoces a una mujer, párate, regresa a la casilla de partida y vuelve a pensar.

Al día siguiente, ya más calmada, Rachel se medio disculpó. Me dijo que no le había dado buen feeling el caballero turco. Entonces sonrió (como ella sólo sabía hacer) de medio lado. Inclinó la cabeza un poquito, sobre el hombro derecho. Me puso ojitos de cordera camino del matadero, y lo vi venir. Lo vi venir como se ve un crucero de lujo con sus mil luces encendidas, en noche cerrada, perdido en alta mar. “A ver Rachel, ¿qué quieres?”. Puso morritos, usó su vocecita suave y marrullera. Esa que sólo ella sabía que me desarmaba, que derribaba todas mis defensas. Rachel, con esa voz, hubiera hecho claudicar al mismísimo Atila −el azote de Dios−  y a sus mejores guerreros Hunos: “Jorgeee, ¿te importaría llamar tú al chico de ayer para decirle que no?

Le dije que no me importaba. ¡Cómo me iba a negar! ¡Yo, un simple y mísero mortal! Cómo negarle algo a la portadora de esa voz; de esa sonrisa; de esos ojos azules de felicidad, que tornaban grises ante la tristeza.

“Claro que no me importa, Rachel”.