miércoles, 31 de octubre de 2012

13- Mi primer cumple: pastelitos y sorpresas. (Marzo 2002).


Y llegó mi cumple. Justo un mes tras mi aterrizaje. Cumplía 32 tacos. Y los cumplía en la Bonnie Scotland. ¿Qué más podía pedir?

Desde el primer día de trabajo, John se dedicó a ayudarme. Él, a pesar de ser de Glasgow (acento muy duro), tenía el superpoder mágico de entenderme todo, y de hacerse entender. Porque, sí, a pesar de ser yo el rey del face-to-face con el inglés, tuve problemas. Camareras que no me entendían. La manager no me entendía a veces. Yo a ella tampoco. Creo que era inglesa. Así que John pasó a ser mi traductor, intermediario, ayudante y ayudado, oficial. Él era el Chef (el jefe en la cocina). Yo era su fiel escudero. El kitchen porter.

Gracias a John, todo el grupo me aceptó desde el día primero. Desde entonces, cada jueves, salíamos de juerga. No me dejaban pagar ni una triste pinta. Me tenían muy mal consentido. Eso sí, yo al día siguiente, al cole, como un campeón. Con hangover, pero como un campeón.

En ocasiones, John me daba un toque en el hombro, mientras yo estaba peleando con la grasa de una cacerola. Con esa cara de pillín que tiene. Se llevaba el dedo a los labios. Indicándome silencio. Me guiñaba el ojo y me hacía gestos. Deja eso y vente conmigo. Le seguía. Y veía dos platos sobre una encimera. Solomillo recién hecho, con patatas fritas y brócoli y zanahoria. “Buena carne. Cojonudo”, me decía con su acento guiri. “Tú y yo”. Y nos poníamos a rajar y a tragar.

Si se me hacía tarde, John me ayudaba a fregar los suelos. Me decía “Mira, mira, rápido, fácil”. Y hacía –él- lo que solíamos hacer en la mili. Cogía un cubo de agua muy caliente. Lo arrojaba por todo el suelo. Cogía aquella fregona gigantesca. Y se tiraba a la carerra a fregar todo. Deslizándose a toda velocidad. Sobre sus botas de militar. Fregona en ristre. Cual jugador de hockey sobre hielo. Atacando los gérmenes del suelo, con ahinco y decisión. Y sonriendo, el tío. John estaba algo tocado. Era un tipo formidable. A John le conté mi vida y milagros. Creo que era el que más sabía de mí. En toda esa extraña ciudad.

Y llegó mi cumple. Busqué por todo Edimburgo. No hallé pastelitos. Así que le eché imaginación al tema. Compré pasteles grandes. Los más decentes que encontré. Y créanme, en aquellos años, fue tarea difícil. Actualmente hay auténticas delicatesen en repostería (franquicias francesas). Pero antaño, no existían. Compré también paper cups pequeñitos y palillos (otra tarea que me llevó horas encontrar). Me encerré en mi cuarto, cuchillo jamonero en mano. Partí todos los pasteles en raciones pequeñas. Justo del tamaño de las paper cups (disculpen, a veces no me vienen las palabras necesarias en español). Me curré 2 docenas de pastelillos, con su papelito de base, su palillito encima. Los envolví como buenamente pude (inútil buscar papel de pastelería). Los llevé al trabajo. Antes de empezar a fregar. Todo el mundo se sorprendió mucho. “Es mi cumple”. Todo fueron felicitaciones y buenos deseos. Besos, a la española, y abrazos, a la escocesa.

Ignoro a día de hoy, si lo sucedido después estaba planeado. Pero creo que no. Creo que John revolucionó todo el maldito Gimnasio. Por mí. Para mí. Me emociono incluso escribiendo estas líneas. Acabé mi turno. Era hasta la noche. Pero ellos se quedaban a cerrar. Salí cambiado de ropa. Al bar. Casi todas las noches me invitaban a una caña, antes de irme. Y de repente. Estaban todos allí. Con botellas abiertas, con una birthday card firmada por todos. Y una bolsa de regalos. Dentro había un Jimmy hat (gorro típico escocés, de cuadros y peluca pelirroja), una botella de vino de Rioja, un paquete de chocolatinas Celebrations y … un ¡bote grande de Colacao! Casi me echo a llorar allí mismo. Delante de todos. Fue muy emocionante. Seguro que en alguna de nuestras conversaciones, yo le había mencionado a John, que de crío desayunaba Colacao. Pero no podía creer que lo hubiera recordado. Así era John. Así sigue siendo.

A los pocos días, John dejó el gimnasio. Se fue a trabajar al Hard Rock Café. Pero la amistad quedó. La amistad sobrevivió todos estos años.

12- Carita de niño bueno abriendo puertas . (Marzo 2002). Parte 2ª


Acudí a la cita en la otra agencia inmobiliaria. Me atendió una señora. April se llamaba. Sí, sí, como el mes. Era una señora muy simpática y agradable. Nada que ver con su nombre, que suena a lluvias y tormentas. Tal vez porque me viene a la mente, nuestro “en abril, lluvias mil”. Entonces dijo algo que me iluminó el día. Más todavía, si aquello era posible. “Ok, vamos a llamar a las chicas, a ver cuando puedes acercarte a ver el piso”. ¿Chicas? ¿Es un piso de chicas? Una sonrisa tontuna se dibujó en mi rostro. “ok, thanks”. No tenía nada más que añadir.

El piso estaba en Ashley Terrace. Una calle que ascencía hacia el canal. Algo lejos del centro, pero era un lugar tranquilo y precioso. A cinco minutos andando estaba el canal. Con sus barquitos-vivienda, sus piraguas, patos, cisnes. Es un canal que atraviesa toda la ciudad. Una senda maravillosa lo escolta a su borde. “¡Genial, ya sé por dónde voy a ir a correr!”.

Subí las escaleras. Estaban bastante limpias. Y créanme, aquí en Edimburgo eso es un bonus importante. Era un segundo piso. Sin ascensor (dicho aparato se califica de lujo en esta ciudad. Pero los edificios de pisos suelen tener 3 o 4 alturas máximo). Me abrió la puerta una chica muy mona. Pequeñita, morena y de ojos grandes y oscuros. (Se llamaba Elie y era francesa). Tenía 26 años. De inmediato, se acercó por detrás una rubia un pelín más alta que yo (yo mido 1,76). Todo sonrisas y ojos azules. Escocesa. Eso lo podía apostar tan sólo verla.( Era Rachel, 23 añitos).

Me enseñaron todo el piso. La que sería mi room (amplia, con una ventana enorme que daba al back garden, y una cama doble), el baño, el cuarto para la lavadora (al cual se accedía atravesando mi room. Cosa que no me hacía gracia. Pero me gustaba el piso. Me gustaban ellas), la cocina y el salón de estar (con un gran ventanal que daba a Ashley Terrace). También había un jardín trasero, comunal, al que se accedía desde el sótano. Ideal para tender la ropa en verano. Para mí, que venía del cutre-Palax, aquello me parecía el paraíso.

Nos sentamos en el living. Rachel en el sofá, Elie y yo en la moqueta, alrededor todos de la mesita de té. Me convidaron a un té recordé rechazar la leche, esta vez – y comenzamos a charlar. Querían conocerme un poco. Saber algo de mí. Así que empecé a rajar. Esto es lo mío, recuerden, las distancias cortas. El face-to-face. Les conté mi vida y obras. Les dije (sonriendo todo el rato) que me encantaba el piso, que me encantaba la habitación y que me gustaban ellas dos (esto levantó risas). En resumen, que estuve parloteando, en la lengua de Shakespeare, durante más de una hora (yo, que estaba lleno de complejos sobre mi nivel de idioma), sin apenas dejar meter baza a aquellas pobres chicas. Nos levantamos los 3, todavía riéndonos de mi última gracieta. Hubo un silencio incómodo. Se miraron entre ellas. Y entonces, Rachel, con una especie de gritito, dijo “Bueno, ¿pues parece ser que tenemos nuevo flatmate!”.

Todavía quedaba la parte económica. Yo seguía sin tener dinero. Un pequeño problemilla sin importancia. Le echaría algo de jeta al asunto. Me presenté en la agencia. Y le dije a la señora “Mire, April, voy a ser totalmente sincero con usted”. Saqué mi libreta de anillas, le añadí un boli. Y empecé a hacer cuentas y más cuentas. Explicándole cómo iba a pagar el primer mes, más el depósito (que era otra mensualidad). Un tesoro para mí, todo junto. Le dije que podía pagar la mitad del depósito y la primera mensualidad. Que luego tal día cobraba y pagaría la segunda parte del depósito. Que yo trabajaba en un Grupo muy importante en el Reino Unido – cierto −. Que podía llamar a mi jefe para comprobarlo. Que era una empresa seria, y yo un tipo con palabra. Acabé mi exposición. Otro silencio incómodo. Otra sonrisa tranquila, la de April. "No te preocupes Jorge. Confío en ti. Si a las chicas les has gustado, a mí también. El lunes, 1º de abril, puedes trasladarte al piso".

Abril, lluvias mil. Abril, sonrisas mil.

Así comenzó una de las etapas más felices de mi vida. Conviví con las chicas durante un año entero. 

Pero les quiero aclarar un pequeño detalle. Para que vean cómo funcionan las cosas realmente aquí. Un día, cuando ya llevaba meses viviendo con las chicas, Rachel y yo salimos a tomar un café. Nos gustaba charlar de vez en cuando. A mí me venía genial. Seguía con mi complejo acerca del nivel. Ella me animaba. “Tío, pero si no callas. ¿ No te das cuenta de que llevamos 2 horas hablando en inglés? ¡Tu inglés es genial!”. Qué maja, mi Rachel. Bueno, que me voy por las ramas. Estábamos charlando, como decía. Rachel, todavía tímida conmigo, me mira. Sonríe de medio lado. “¿Puedo decirte una cosa?”. “Claro, Rachel, tú puedes decirme cualquier cosa”. “¿Recuerdas cuando llegaste al piso. El día de la entrevista?” “Por supuesto que lo recuerdo, ¿por qué?” Y entonces me explicó todo. Me dijo que normalmente cuando alquilas una habitación, vas recibiendo a candidatos, les enseñas la habitación, les preguntas algo sobre ellos, anotas sus datos personales y hasta luego lucas. Luego recibes al siguiente candidato, repites lo mismo. Al final tienes una pequeña lista, con los datos personales de los candidatos a flatmate. Entonces, discutes la lista con tu actual flatmate (es decir, Elie). Entre las dos elegís al candidato que más se ajuste a vuestras necesidades. Al que más os guste, vaya. Eso me dijo. Me quedé – creo que por primera vez desde mi aterrizaje – sin palabras. Ella se había puesto colorada (algo normal en ella), al contármelo. Al confesármelo todo. La miré, todo avergonzado: “Joder Rachel, ¿por qué no me lo advertisteis? ¿por qué no me dijisteis, ok te llamamos”. Me puso carita de buena niña (eso lo hacía genial): “Es que, ¡te vimos tan entusiasmado!”. Y los dos soltamos una carcajada… recordando mi presentación.


martes, 30 de octubre de 2012

11- Carita de niño bueno abriendo puertas. (Marzo 2002). Parte 1ª


Continuaba buscando piso. Prácticamente no dejé de buscar piso, o habitación, desde el segundo día que desperté en mi suite imperial, en el cutre-piso-Palace. Yo es que eso de ducharme en chanclas lo llevaba fatal. Trabajaba siete días a la semana. Unas 35-40 horas. Acudía al colegio a estudiar inglés todos los días. Por las mañanas, unas pocas horas. Full time,  lo llaman. Salía del cole, comía algo y corriendo a meter platos en el lavaplatos industrial. Estuve más de 4 meses sin un día off.

Con estas condiciones la búsqueda se complica. Careces del tiempo necesario. Recuerdo llamar desde la cocina del gimnasio. A ofertas de rooms. Incluso, a veces, John llamaba en mi lugar. Ya comenté que mi relación inglés-teléfono era atroz. Siempre acababa en desastre. Lo mío era el face- to- face. El vis-à-vis. El cara-a-cara de toda la vida. En esa suerte me los comía vivos. Okay, mi listening dejaba mucho que desear. Tenía que intercalar algún Sorry? que otro en la conversación. Más que nada para procesar la información recibida. Además, yo tenía mi truco personal. Hablar y hablar. No callar. De esa manera impides al interlocutor pensar. Y lo mejor de todo. Funcionaba. Eso y sonreir. Sonreir mucho. Afirmar con la cabeza. Y en caso necesario – sólo bajo condiciones extremas – poner cara de pena. Hablando cara a cara, me los comía vivos. Desde la primera semana en Edimburgo. Tú me echabas un Scottish, y yo te devolvía los huesecillos. Limpios y chupeteados. Lo mío era el cara-a-cara.

Harto de la situación pensé. Sí, iba por George Street dando un paseo, paré y pensé. ¿Dónde puedo hablar cara a cara con alguien, para encontrar un piso? Jorge, piensa, ¿dónde irías en España a buscar un piso? ¡A una inmobiliaria! Exacto. Y, mira tú por dónde, justo estaba en frente de una. Luego, con el tiempo, supe que aquella era una de las calles más caras de Edimburgo. Ni corto ni perezoso entré. Me atendió una lady muy amable. Empezó a enseñarme su lista de pisos. “No, mire, yo busco sólo habitación”. Allí sólo alquilaban pisos enteros. Me desesperé. Le di pena. Estaba realmente preocupada por mí. Que si tenía un sitio donde dormir, etc. Vi cielo abierto. Esa carita de niño extraviado abriéndome portones, de nuevo. Entonces, con todo el morro, saqué mis recortes de periódico. Rooms que se alquilaban. Que no tenían nada que ver con dicha agencia. Le dije, ésta me gusta. Pero no me entero de nada por teléfono. Estabamos los dos solos. Yo de pie, apoyado en el mostrador. Ella al otro lado. Miró hacia la puerta de la calle, al fondo. Y me dijo. “No worries darling”  (una expresión australiana, aprendí más tarde). Descolgó el teléfono rojo. Me giñó un ojo. Y marcó el número del papelito. Yo la miraba alucinado. Encantado de la vida. Y ella. Respondiendo monosílabos y anotando en una libreta. Colgó. Sonriendo me dice “Era otra Agencia, shhh, no digas nada eh!”. Dándome el papelito, con la dirección, nombre y hora de cita, en otra agencia. Estuve a punto de saltar el mostrador y darle un beso en los morros. La salvó la campana de la puerta. Entró un verdadero customer.


Continuará.

10- Alcohol, entrevistas y corazones. (Febrero 2002)


Siempre cuento a los amigos, y a quien quiera escucharme, que tuve mucha suerte al principio. Suerte o, tal vez, mi actitud y mis ganas de agradar hicieron el milagro. Recuerdo caminar por las mágicas calles de esta ciudad encantada. Sonriendo, mirando a un lado y a otro. Contemplando esos edificios con más de un siglo de antigüedad. Flotando, más que andando. Viviendo en un sueño. Viviendo en la nube de la satisfacción. Estaba en Edimburgo (Escocia) y  estaba disfrutándolo.

Tuve la suerte de encontrar trabajo a los 2 días. Lo que no sabía yo, es que aquel trabajo incluiría un ángel de la guarda también. Un ángel – más bien diablillo – que se convirtió en mi mejor amigo. En mi hermano mayor escocés. Y que lo sigue siendo, tras casi 11 años. Pero no adelantemos acontecimientos.

Aterricé un miércoles 20 de febrero. El jueves 21 Fonsi me llevó  – de la manita – al Jobcentre. Me enseñó cómo funcionaban las máquinas – gigantescos ordenadores a los que accedes de pie -. Imprimí varias papeletas con diversas ofertas de trabajo. En aquellos años, existía la figura de un señor − adviser− que te ayudaba con tu elección. Actualmente eres tú, la máquina y el teléfono. El tipo llamó a la empresa en mi lugar. Me dijo que la vacante seguía vacía. Kitchen Porter (friegaplatos). Me pasó el auricular, para concretar datos. Viernes, 22 de Febrero. Mi primera interview de trabajo. Sí, en Escocia, hasta para fregar platos debes de pasar una entrevista.

La interview. Recuerdo sonreírme los primeros días al pronunciar esta palabra. No podía evitar pensar en portadas con rubias tetonas. Llegué con tiempo de antelación. Algo nervioso. Habitual en mí. Según contemplé la fachada del edificio, pensé: “quiero trabajar aquí”. En el Jobcentre me dijeron el nombre de la empresa, pero no me dijeron que era un gimnasio. Mejor dicho, un centro de salud y forma física (como los llaman aquí). Era muy moderno, todo cristaleras e interiores de madera barnizada. Entrabas en la recepción y parecía un hotel de lujo. Dos bonitas recepcionistas atendiendo al personal. De uniforme. Con maquillaje discreto. “Igualito al Katana, Jorge, igualito”, pensé. El Katana es el gimnasio de mi barrio.

Una de las recepcionistas me indicó un bar, donde debía preguntar. Luego aprendí que no era un bar, era una brasserie, que no es lo mismo. Pedí un café para matar el tiempo. Era demasiado pronto. El camarero – altísimo, fuerte – era Paul. Un sudafricano con el que tantas y tantas copas y risas compartí. Pero me estoy adelantando. Es que me hace gracia recordar aquel primer café. Paul me sonrió y atendió muy amable. Curioso de mi extraño acento, supongo. Le dije que venía a una entrevista. Y él se metió a la cocina. A los pocos minutos volvió acompañado por otro chico. Era algo mayor que Paul. Yo le calculé mi edad aproximadamente (claro que yo aparentaba 8 o 10 años menos). El tipo era bajito, todo sonrisas (de esas que exponen mucho los dientes), pelo rapado y el rostro lleno de pecas. Tenía los ojos muy vivos, brillantes. Una cara de muchacho pillastre. Sin quitarse la sonrisa ni un segundo, extendió la mano, “Hola, me llamo Juan. Me gusta mucho España”. Lo dijo así. En un español de guiri. Incluso pronunció bien la jota. Me quedé pasmado. Así era John.

Nos sentamos en una mesa apartada. John abrió una carpeta. Extrajo unos papeles. Y comenzó la entrevista. Primero hablamos de España. Él había trabajado en Málaga, en un restaurante, durante más de un año. Amaba todo lo relacionado con nuestro país. Luego le dije “Necesito un trabajo. Mi inglés es malo. Pero trabajo duro”. Me miró fijamente. Me sonrió. “Your English is ‘cojonudo’ ”, de nuevo marcando bien la jota. Hablábamos en inglés. John intercalaba alguna palabra suelta en español. Nos caimos mutuamente bien, al instante. Fue como un flechazo de amistad. Me decía cosas como “A mí me has gustado. Tú vas a trabajar aquí. No te preocupes”. Eso me dejó alegre y desconcertado. Así, todo mezclado. Pues no sabía si había pasado la entrevista, o no. Quedamos que me llamarían al día siguiente. Sábado.

Llegué muy contento al piso de Fonsi y Fabes. Les conté todo a toda prisa. Casi sin respirar. Se alegraron mucho por mí.

No llamaron. 

Ni un mensaje en el contestador. Nada. Fonsi me dijo que regresase. Que aquí había que dar guerra. Tú insiste. Así que el domingo regresé al Gym. No estaba Paul tras la barra. En su lugar había una preciosidad escocesa. De unos 18 años. Bajita, ojos azules, enormes, que decían cómeme. Y una delantera abundante, llena,  pesada, que se reía a la cara de Newton y de su manzanita. Luego supe que se llamaba Kelly. Me enamoré en aquel mismo instante de ella. Pregunté por John. No estaba. Día off. Salió otro tipo. Parecía mucho más serio que John. Me dijo que se llamaba Mark y que qué era eso de la entrevista. No sabía nada. Era el encargado y no sabía nada. Empecé a ponerme nervioso. Le conté que había acudido a una entrevista, el pasado viernes. Puso cara de sorpresa. Lo recuerdo con esos ojos saltones. “¿Quién te entrevistó? Yo soy el supervisor aquí”. Lo dijo muy serio, casi molesto. “Un tal John”. “¿John?, ¿wee John, the Chef? (wee significa pequeño en escocés). “Yes”. Se queda pensativo. Como calculando días, horas. Qué se yo. Y me suelta al final: “John el viernes estaba borracho. Vamos, que te hago yo la entrevista”.

E hize una segunda entrevista… para fregar platos. El trabajo debía de ser un tema serio aquí en Escocia. Mark resultó ser menos fiero de lo que parecía. Incluso a día de hoy, ignoro si todo fue una broma. Sólo recuerdo su última frase: “Empiezas mañana lunes”.

lunes, 29 de octubre de 2012

9- Kiwies y Gabachos. Ron y té con leche. (15 Marzo 2002)


Estuve de exiliado apolítico – odio a todos esos sinvergüenzas por igual – en el piso de Fonsi y Fabien durante dos semanas. Fabien, así es como se llamaba el gabacho con cara de coliflor, siempre tan serio. Por supuesto él pronunciaba su nombre totalmente diferente, pero sólo para darse importancia. Yo, para mis adentros, le llamaba el Fabes (qué peligro tiene que tener el chiquitín ante un buen plato de fabes – pensaba yo). Sería totalmente injusto por mi parte hacer cualquier tipo de crítica sobre Fonsi. Fue él quien me llevó de la manita al Jobcentre (el INEM, digamos), él quien me acompañó a inscribirme en el College (donde era gratuito estudiar English full time) y, por supuesto, él quien me metió en su casa sin conocerme en persona. Pero el ambiente en el piso empezó a enrarecerse: malas caras, gruñidos, broncas porque calenté la leche en un aparato que parecía un calentador de leche, cuando resultó ser un calentador de agua, que aquí llaman kettle. Fonsi solía pasar a mi lado, mirándome de soslayo, y diciendo – al modo del gran Gila – “Alguién tiene que encontrar un pisooo”. Lo de Fonsi no eran indirectas, eran penaltis.

Vamos a ver, que yo buscaba piso, me pateaba todos días media ciudad y parte de la de al lado. También intenté llamar a anuncios de habitaciones a alquilar, estos últimos los anunciaban en papelitos, en un tablón de corcho en un café muy popular. El Elephant House. Pero no era sencilla la labor. No me entendían cuando hablaba. Me colgaban el teléfono. Recuerdo un día que llamé desde allí mismo, desde el Elephant. La señora, al otro lado de la línea, perdió la paciencia con mis intentos de explicarme y cortó la comunicación. ¿Tan mal hablaba la lengua de Shakespeare? Desolado colgué el auricular. Y una señora de mediana edad se me acercó. Me habían estado observando – ella y la que parecía su hija – y se ofreció, con una sonrisa, a llamar en mi lugar. Lo intentó, pero esta vez no respondieron. Le di las gracias. Le dije que era muy amable, que no se preocupara que ya encontraría algo por ahí. Y salí del café, al viento y a la lluvia ladeada. Esas gotas de lluvia fría, que golpeaban mi rostro, camuflando las lágrimas de la frustración.

Un día, en una de mis habituales caminatas de reconocimiento, tropecé con dos chicas españolas en mitad de Princes Street. Tras los saludos y los besos – tan españoles – les conté allí a bocajarro mis problemillas para encontrar piso. Los desastres que resultaban al juntar inglés y teléfono. Me dijeron que ellas conocían a un español que alquilaba habitaciones. La más guapetona me escribió su número en mi muñeca izquierda. El número del casero español eh, no el suyo propio. ¡Ojalá hubiera sido el suyo! 

Y de esa manera conocí al famoso Pope.

Ese mismo día llamé desde una cabina. Ante un “Hello?” le respondí directamente en español. “Hola. Necesito una habitación y no tengo dinero. Pero tengo trabajo”. Llevaba un par de semanas fregando platos. Todavía no había cobrado nada. Pero eso lo dejaré para otra fargadita. El tal Pope, gallego, me dijo que no me preocupara. Que tenía una habitación para mí. “Y si no la tengo, echo a alguien para meterte a ti. Me gustan los tíos sinceros”. Eso me dijo, con ese acento tan particular de los gallegos.

La cita. Había quedado con Pope a las tres de la tarde. “No me gusta madrugar. Sólo los pobres madrugan”, eso me dijo el jodido. Y allí estaba yo, tres de la tarde, esperando de pie enfrente del Caledonian Hotel. Hacía frío y viento – en esta maldita ciudad siempre hace viento −. Vi acercarse a un señor. Tenía aspecto de español, pero era mayor. Tendría unos 50 años. La voz de Pope era de un chico joven, en sus 30. Se acercó y me preguntó si era Jorge. Sí, soy yo. El hombre miraba a su alrededor y por encima de mi hombro. Todo misterioso. Como si de repente fuera a verse rodeado por una veintena de policías, armados hasta los dientes, gritando: “¡Alto, FBI!” – ah, no, que eso es en USA −. La cosa estaba clara. Vamos, blanco y en botella. Era un negocio ilegal. Pero a mí me daba igual. Yo quería mi room. Me dijo que Pope no pudo acudir – ejem – pero que podría quedar mañana a tal hora en tal sitio. Me ahorré de comentarle que existen los teléfonos para esas cosas. Estaba claro que querían verme la pinta. Asegurarse que yo era quien decía ser. Además, ¡yo sólo quería mi room!

Pope era treintañero, flaco y fibroso, peinado como un rockero de los 60 y más chulo que un ocho. Me cayó genial sólo verle.  Conducía un deportivo rojo y llegó acompañado de un bellezón caribeño de veinte añitos (con un escote que parecía Despeñaperros). Me dijo que no me preocupase por el dinero. Que él se fiaba de mi palabra (imagino que tendría sus métodos para ser tan confiado con un desconocido). Sinceramente creo que le gusté. Me lo repitió allá mismo, en el coche – era un modelo pequeñito, con tapicería de  cuero negro. A cada acelerón y frenada mi culo se deslizaba en el minúsculo asiento trasero – “Me gusta la sinceridad. Me has caído bien chaval. Te miro a los ojos y pienso ‘este rapaz no me va a engañar’ “. (Otra vez mi sinceridad abriendo puertas). Le agradecí sus palabras y le aseguré que mi palabra era de fiar.

El piso era una mierda. Todo hay que decirlo. Pero tras ver varios, a cual peor, me decidí por el mal menor. Además los paseítos con el deportivo fueron un plus. Mi habitación era una boxroom, que yo llamaba cariñosamente mi zulo. Un cuarto con techo altísimo, sin ventanas y más estrecho que aquel que se acuesta con una ninfómana y dice que le duele la cabeza – sentado en el borde de la cama, pegada a la pared izquierda, estiraba los brazos y tocaba la pared derecha −. Describir la habitación como austera sería piropearla, allí un monje de clausura se hubiera cortado las venas. Pero me encantó. Era barata, el piso al que pertenecía estaba bien situado. Y era MI room. Por primera vez, en 31 años de vida, me sentía independiente. Pagando por mi propia habitación. Aquella noche la recuerdo tumbado en la cama, con los cascos escuchando a Barricada, con una sonrisa de oreja a oreja y sabiendo que todo saldría bien.

Duré 3 semanas en el Hotel Palace.

Convivía con otras 6 personas. Una pareja hippie de kiwies (así se les llama aquí a los neozelandeses), dos chicos jovencitos franceses y dos chicos gallegos. Los dos primeros días me dediqué a llamar a las puertas y presentarme. Hola, me llamo Jorge, estoy en la boxroom de al lado, para lo que gustéis. Y todo eso. Así me habían educado. Pronto aprendí que aquí las cosas se hacen de una forma diferente. Los más agradables y hospitalarios fueron – para mi sorpresa – los hippy-kiwies. Ella era preciosa, con unos ojos verdes enormes y el cabello rubio rapado al uno. El era alto, desgarbado y con todo el pelo que le faltaba a ella sobre su cabeza – la melena le llegaba a mitad de la espalda −. Ella estudiaba nosequé, él tocaba la guitarra en Rose Street. Fueron los únicos que me invitaron a pasar (al llamar a su puerta), todo sonrisas y buenas maneras. Me hicieron sentarme en la carpet. Me convidaron a un té con leche – mi primer té oficial en el Reino Unido – que bebí a trompicones y sin respirar – no quería ofenderles – pues descubrí que no me gustaba el té con leche. Los más simpáticos y cachondos fueron – también para mi sorpresa – los gabachos. Jorge, me dije, tienes que hacerte mirar eso de los prejuicios. Los jovenzuelos resultaron ser unos juerguistas de campeonato. Un día me obligaron – a empujones – a celebrar nosequé de la France, en su habitación. Menuda borrachera me pillé a base de cerveza y  chupitos de ron. Salí del cuarto gritando como un loco: “Vive la France! Vive la France!”. Los más bordes, con diferencia, fueron los gallegos. Y no se merecen ni una línea más en este relato.

El piso estaba guarrísimo. Pero guarrísimo de semanas, meses, años. La cocina parecía zona de guerra – en la cual los combatientes se arrojaban mantequilla, grasa negra, cajas de cartón, latas, basura −, los fuegos de la cocina eran irreconocibles, la nevera llena a rebosar,  con chorretones de diversos líquidos y con esquinas con un sospechoso color verdoso. El cuarto de baño era para echarle de comer aparte. Recuerdo ducharme con chancletas, colgar la toalla en un clavo de la pared, y deslizar la sucia cortinilla de la ducha con las puntitas de los dedos índice y pulgar. Tenía claro que no usaría la cocina ni bajo tortura. Guardaba queso y jamón de York en la nevera, muy bien envueltos en papel de aluminio. El pan de molde – blanco y barato – lo tenía en mi room. Comía en el colegio (muchos días sándwiches, otros un plato de algo cocinado en la cantina). Cenaba en el trabajo, pues fregaba platos en una cocina. Todas las demás comidas (meriendas y comidas-cenas mis días off −libres− fueron a base de sándwiches de ese pan blanco y barato que guardaba en mi zulo, con el queso en lonchas y el jamón de York (por llamarlo de una manera, pues era como plástico de color rosa). Tenía un ritual. Me sentaba en la cama. Ponía todos los ingredientes sobre el duvet (edredón nórdico). Cogía una rebanada de pan de molde y la colocaba sobre la palma de mi mano izquierda (soy un tipo que se lava las manos más de diez veces al día), cogía una loncha de plástico color rosa, la colocaba en el pan de mi mano izquierda, cogía una loncha de queso, la colocaba sobre el pseudojamóndeyork… así sucesivamente completaba el emparedado. Me hacía dos o tres (a veces les ponía kétchup, pues de lo contrario quedaban secos como paladar en día de resaca), los metía en una bolsa de plástico, salía a la calle y los comía caminando.

Duré 3 semanas en el Palace.
            

domingo, 28 de octubre de 2012

8- Sobre Cojines en el Living Room (20 Feb. 2002)


Alfonso vino a recogerme a la parada del autobús del aeropuerto, según lo acordado por correo electrónico. Alfonso era el amigo de Ana, la chica de clase que tantas maravillas me contó de Edimburgo. Alfonso y yo apenas habíamos intercambiado cuatro o cinco emails antes de mi viaje (en aquellos tiempos no existían foros para emigrantes, como el maravilloso Spaniards). Era un chico joven, bajito pero robusto. Más adelante me diría que era boxeador. Lo recuerdo siempre con una pelota de goma dura, negra, alternándola de mano en mano. La apretaba y podías verle los nudillos blancos. “Es para fortalecer los músculos de las manos”, me aclaró un día. Aquella noche se acercó a mí en cuanto bajé del autobús. Ignoro cómo me reconoció. Me extendió una mano, de un tamaño mayor al que le correspondería a su cuerpo, sonriendo: “¡Qué hay! soy Fonsi”. Ante su apretón, seco, firme, mirándote a los ojos, pensé “Con este chaval, mejor estar de su  lado bueno. Porque tiene pinta de soltar hostias como panes”.

Habíamos planeado que él me acompañaría a un Hostel y que quedaríamos al día siguiente. Pero me dijo que lo había hablado con su flatmate – un gabacho enorme con cara de mala uva permanente – y que me darían cobijo durante unos días. Hasta que encontrase un piso o una habitación para alquilar. Ante mi gratitud inmediata y mi oferta de algo de dinero, me miro todo serio y soltó: “Si quieres pagar, te vas a un Hostel”. Y así quedó zanjado el asunto económico. Esa misma noche empezamos a hincar el diente, entre los 3 – menudo saque que tenía el gabacho – a mis chorizos de pueblo, pimientos en bote, queso, jamón, todo ello regado con vino de calidad. Incluso ellos compraron una baguette de pan para la ocasión (aquí es mucho más popular el pan de molde). Me sentí feliz compartiendo mis viandas con ellos – y un poquito menos culpable ante tal ingesta de calorías −, pero era lo mínimo que podía hacer.

El piso era viejo, con moqueta por todos sitios. Tenía dos dormitorios, un living room y una cocina de esas tan pequeñas, que si sacas un par de cacerolas grandes para cocinar, tienes que salir tú fuera. También había un cuarto de baño  −un toilet que dicen por aquí – con un plato de ducha. Era un piso bajo, con un ventanal enorme que daba al jardín de una zona común. Me dijeron, que lo sentían, que no tenían más colchones, así que me construyeron una cama a base de cojines gigantes y no muy gruesos, ensamblados mediante una sábana bajera y cubiertos con un par de mantas.

Y así pasé mi primera noche. Tumbado sobre unos cojines, en la moqueta del living room. Contemplando la oscuridad procedente del jardín trasero. Rezando para que no entrara alguien, en plena noche, y me cortara el cuello. O algo peor. Así pasé mi primera noche: en el suelo, mirando al techo y con una sonrisa enorme en mi rostro.

Hacia las 3 de la mañana, un ruido consiguió que abriese el único ojo que tenía cerrado. En la penumbra vi como una sombra, pequeñita, se deslizaba sigilosa por delante de mis pies… hacia la cocina (que estaba en frente del living room). Escuché ese sonido particular que hace el frigo al abrirse. Me acerqué a gatas. En gayumbos y camiseta. Sin hacer ruido. Asomé un poco la cara. Ahí estaba Fonsi, cuchillo jamonero en mano, cortando rodajitas de mi chorizo de pueblo. Sin pan ni nada, cuando hay oficio, hay oficio. Volví a mi lecho manufacturado. Me cubrí con las mantas (hacía un frío del carajo). Cerré esta vez los dos ojos y me dormí pensando: “¡Joder con el Rocky Balboa de los cojones! Se ha equivocado de profesión, porque con ese saque que tiene, hubiera derrotado en un mano-a-mano al mismísimo Retegui II”.

7- ¿Birmingham? ¡Ya la he cagado! (20 Feb. 2002)


Al fin llegó la mágica fecha. Me disponía a realizar el segundo vuelo en mis 31 años de vida, y el primero de ellos yo solo. El chico de la agencia de viajes había sido muy amable. Me explicó todo pasito a pasito, como haces con un principiante. Debía de coger un autobús de madrugada con dirección a Madrid. Allí apearme en la estación. Salir a Avenida de América y allí coger el autobús al aeropuerto de Barajas (todavía no habían rediseñado la estación, y debías de salir al exterior para acceder al autobús del aeropuerto). Sencillo y con plenty of time.

El autobús hacia Madrid era todo lujo, cuero y sonrisas de azafatas. Cuando subías te daban una cajita de cartón pequeña. Recuerdo abrirla, según sentarme en mi asiento numerado, con curiosidad infantil. Era un pinganillo de color azul. Unos auriculares de esos para escuchar la radio o la televisión de a bordo. Recuerdo que pusieron vídeos de la serie Friends. Más adelante nos dieron la prensa y un desayuno a base de café y sobaos pasiegos.

Allí estaba yo, en un enorme aeropuerto, con mi maletón, mi makuto y mi mochila. 42 kilos de ropa, viandas y sueños. Bueno, algún kilillo de miedo también se me coló en su interior. Allí estaba yo, estrenando la Visa que había sacado para la ocasión – por si me perdía o por si acaso Iberia enviaba mi equipaje a Munich, así por error −. La chica de Iberia fue muy simpática y amable. Me explicó las reglas de la restricción de peso en el equipaje. Le conté que lo ignoraba – una mentirijilla −, que iba a Edimburgo – ella sonreía amable aguantando al pueblerino perdido en la capi – y que sólo tenía billete de Ida. Vamos, en pocas palabras, que me hice un poco el tonto – no se me da nada mal poner carita de niño extraviado −. La señorita se apiadó de mí y tan sólo me cobró la mitad de kilos de exceso. Yo creo que si insisto un poco más, me hubiera llevado de la mano y me hubiera convidado a un chocolate caliente con un bollo suizo. Pero tampoco era plan de abusar de la amabilidad de la bella azafata terrestre.

Subí la escalerilla metálica de aquel enorme aparato blanco con aprehensión y un ligero temblor de rodillas. Era una sensación como de quemazón y de ansiedad, que no tenía nada que ver con el miedo a volar. Recuerdo llegar a lo alto de aquella temblorosa escalera, y antes de dar ese pasito al interior de la nave – un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto…, y todo eso – me giré sobre los talones, mi mano izquierda agarrando la barandilla y contemplé aquel bello cielo sobre la distante ciudad de Madrid. En ese instante supe o intuí que pasaría mucho tiempo sin volver a contemplarlo. Fue una sensación agradable, al igual que inquietante y con un puntito de nostalgia prematura. Y pensé, “adiós Madrid, hasta pronto España”.

El vuelo fue tranquilo, cómodo. Me gustó la profesionalidad de las azafatas de Iberia. Pero claro, con mi escasa experiencia voladora, tampoco tenía datos para comparar. Nos dieron de comer, cosa que me hizo una especial ilusión. Sé que es un cliché de esos, pero me sentí como un chiquillo con zapatos recién comprados. Con esa ligera incomodidad del   roce primerizo, pero con el rostro iluminado por la novedad y el estreno. ¡Allí estaba yo, sentado en aquel avión, comiendo aquel menú de las alturas y con rumbo a Edimburgo! … o al menos eso pensaba yo.

Al cabo de una hora aproximadamente, tras la comida, la voz estridente de los altavoces me sacó de mi pequeña cabezada entre nubes de algodón. Si añadimos mi sopor post siesta a mi paupérrimo listening de por aquel entonces, es comprensible que no me enterase de un carajo del mensaje. Pero como en tales mensajes todo se repite un par de veces, al final deduje que íbamos a aterrizar en… Birmingham. ¿En Birmingham? ¡Qué! o What? (para meternos más en situación). Me giré hacia mi pasajero vecino de butaca, un businessman todo trajeado. “Excuse me, is this Birmingham? I am going to Edinburgh!”, el tipo sonrió con cara de lástima y se encogió de hombros: “Yes, this is Birmingham”.

Tras aterrizar, antes de bajar del avión, pregunté apurado a la azafata, la cual amablemente me dijo que no me preocupara, que simplemente siguiera al resto de pasajeros. Y así lo hice. Más tarde comprendí que era una escala de espera, para rellenar combustible, limpiar el parabrisas, comprobar el nivel de aceite y la presión de las ruedas, y todas esas cosillas que se hacen en las gasolineras para aviones. ¡Pero el chico de la agencia de viajes podía haberme advertido! Ya me tranquilicé al observar que otros pasajeros esperaban, junto a mí, en aquella gigantesca habitación sin salidas. Todo iba sobre lo planeado y en una hora aterrizaría en Edimburgo, Escocia (Reino Unido).

sábado, 27 de octubre de 2012

6- Fecha Capicúa, Fecha Mágica. (15 enero 2001)

Obviamente por aquel entonces, recordemos diciembre de 2001, ignoraba que aquella fuese a ser mi última Nochebuena en familia. A lo largo de estos casi 11 años, entre pitos y flautas, entre trabajo y aventura, entre poco dinero y falta de entusiasmo, pues dejé de acudir a aquella reunión tan especial para una familia española. Nochebuena. A alguna Nochevieja sí que me presenté, pero eso es parte de otra historia, de otra batallita, de otra fargadita. Llegó enero con un frío que invitaba a huir. Era un frío con sed de venganza, no satisfecho de la suavidad de la nieve caída en diciembre.

Seguí con mi rutina de trabajar en el taller (todavía no había finalizado el contrato temporal), acudir a la academia de inglés (cada vez más animado al tener ya la decisión tomada y dicha a los cuatro vientos), ver las noticias de emisoras de televisión norteamericanas en inglés a través del canal satélite (seguían reponiendo una y otra vez las tristes escenas del 11-S) – y que me venía de miedo para hacer oído –, preparar los exámenes de la U.N.E.D. para febrero, quedar con amigos para cafés y novedades (“estás loco tío”, “con dos cojones tío”, “¿en serio?”). Y finalmente comunicárselo a Ella. Su rostro compungido, sus ojos llorosos, “¿a Edimburgo?, ¿no has podido encontrar un sitio más lejano todavía?”. Mi sonrisa, mi mano sobre su brazo “Tranquila, no es por ti. Ya lo tenía pensado hace muchísimo tiempo”. “¿Jorge, me escribirás?”. “Claro tonta”. Mentiras piadosas, white lies, seguía repartiéndolas por todos lados, como si me sobrasen. Como si de repente me hubiera dado cuenta de lo sencillo que es utilizarlas. Ellos quedan tristes, pero contentos. La paradoja de las paradojas. O al menos relajados, serenos “no es por mí, yo no soy culpable”, piensan, y yo quedo satisfecho. Orgulloso de mi entereza, de cargar sobre mi toda la culpa. No merece la pena provocar más desconcierto a los demás por simple orgullo. No aporta nada, tan sólo te revuelve las tripas.

 Un día paseando por el parque de la pequeña ciudad recibí la llamada. Miré la pantallita del móvil prestado – uno de aquellos ladrillos de Motorola – era La Llamada. Esa llamada que hacía semanas que esperaba. La llamada de la Agencia de Viajes – situada justo en frente de la Academia de inglés −. Yo les había dejado claro que deseaba volar a Edimburgo lo antes posible, pero no antes de acabar los exámenes en la U.N.E.D.; el último examen lo tenía el viernes 15 de febrero (aunque hubiera sido lo mismo haberlo tenido el día 14… nada que celebrar… “Tranquila, no es por ti. Ya lo tenía pensado hace muchísimo tiempo”…).

Abrí la tapita del ladri-móvil y pulsé la tecla verde. “Tenemos un vuelo disponible para usted el día 20 de febrero. A Edimburgo. Directo. Sólo Ida. ¿Le sigue interesando?”. “¿Perdone, oiga, sigue usted ahí?, “Sí, sí, claro. Sigo interesado. Resérvemelo”. Quedé parado en mitad del parque, con la mirada fija en la pantallita, con el dedo pulgar sobre la tecla roja presionándola… hasta que reparé que la gente pasaba a mi alrededor y me miraba con recelo. Una madre agarró a su pequeño del brazo, mirándome con desconfianza…

“¡Eh, chaval! ¿estás bien majo?” La voz fuerte y ronca de aquel señor, que se detuvo a mi lado preocupado, me sobresaltó, sacándome de mi ensimismamiento. “Capicúa”, “¿cómo dices majo?”. Y sonreí a aquel encantador abuelo que me miraba asustado: “Capicúa, es una fecha capicúa”. Y me alejé corriendo y gritando de entusiasmo. En aquel instante supe que las estrellas de una lejana galaxia se habían alineado para mi buena fortuna. Volaría a Edimburgo el 20-02-2002. Fecha capicúa. Fecha mágica. ¡Todo saldría bien!

5- Una Bomba en Nochebuena (24 diciembre 2001)


Llevaba dos meses en una academia de inglés. La profesora era nativa, muy maja y exigente. Nos obligaba a hablar todo en inglés. Si tenías una duda, preguntabas en inglés. Como pudieras, a tu manera, sin complejos ni vergüenzas. Si tenías un problema, lo contabas en inglés. Si hacías un chiste, en inglés. Si bostezabas, en inglés. Si solicitabas ir al baño, en inglés. Bueno, ustedes me pillan la idea ¿no? Eramos sólo 4 alumnos. Al principio con nervios y vergüenza pueblerina (ese inglés vallecano que tenemos los españolitos al principio). Luego ya más sueltos. Charlábamos, veíamos pelis (con subtítulos en inglés), jugábamos a juegos de mesa, hacíamos ejercicios de gramática de manera novedosa y entretenida. Me gustaba esa academia. Un día les conté a todos que iba a irme a Edimburgo. Le dije a la profe que estaba algo preocupado por lo del acento escocés y por mi nivel de inglés. Ella me dio muchos ánimos y me dijo que no iba a tener ningún problema, pues yo era de los primeros  que se lanzaban a la piscina en clase. Y era cierto (lo de la piscina digo, no lo de no tener ningún problema en Edimburgo jaja… si ella supiera). Pero lo hizo para darme un empujoncito, para que no me rajase.

Llegó Nochebuena. Quién me iba a decir a mí que esa sería la última Nochebuena familiar en los próximos 11 años de mi vida. Que sería la última Nochebuena que compartiera con mi padre vivo. Pero no nos adelantemos a la historia. Fue la típica Nochebuena española, con comilona, bebidas, chascarrillos, discusiones, niños pequeños, Belén y árbol con bolitas y espumillones. Pero yo ya tenía mi plan en la cabeza, mi puerta de escape, mi sueño, mi regalo de reyes particular. Así que ya no aguantaba más (no lo sabía nadie, mi plan) y decidí soltar la bomba a los postres, antes del café, las copas y los puros.

En plan padrino borracho en mitad de un bodorrio, me levanté e hice repiquetear mi copa de champán con la cucharilla cling cling cling: y solté la bomba… fiiiiiiiiiii  ¡PUM!, “Quiero aprovechar que estamos aquí todos reunidos para comunicaros algo” ante los susurros y las risitas de algunos familiares, añadí sonriendo “y no, no me he echado novia, ni nadie va a ser abuelo o tío”. Hubo risas y al mismo tiempo tensión e incertidumbre. “Me voy a ir fuera por una temporada”. Y se hizo el silencio. Un silencio espeso que duró años (aunque sólo fueran un par de segundos). Y alguien preguntó “Fuera, ¿a dónde?”. “A Edimburgo, en Escocia”. El silencio se transformó en hielo. Nadie sabía el motivo y todos conocían la razón. Ante la mirada triste de mi padre intercalé unas cuantas mentiras con unas pocas verdades: “Estate tranquilo, tengo amigos allá (medio verdad), es fácil encontrar piso (medio mentira) y además ya tengo trabajo (mentira)”.

 Mi padre sonrió y me dijo: “allí arriba se te van a congelar hasta las ideas”.

Ya estaba hecho. Ya no había vuelta atrás.

Esa fue la última Nochebuena en familia que he vivido.

4- Explotándote Tan Tiernamente (22 diciembre 2001)


Era la Navidad de aquel 2001. Llevaba un par de meses trabajando en una fábrica-taller (a través de una ETT –Explotándote Tan Tiernamente−). Era un trabajo duro y agotador o monótono y aburrido. Todo dependía de la máquina que te tocara manejar. El ambiente era el propio de una fábrica. Con sus bromas y sus machadas. Nunca me integré muy bien yo en eso de las machadas y el chocar de cuernos con otros machos de la manada. Siempre me pareció algo ridículo, infantil y patético. Así que trataba de hacer mis piezas y pasar lo más desapercibido que me fuera posible.

Yo venía de ser estudiante toda la vida. De trabajar durante 7 años en una oficina pequeña, familiar. Mis manos eran de secretario, no de camionero. Mi espalda fue la primera que se quejó. Dejándome una lesión como recuerdo. Un punto al lado de la paletilla que grita cuando me estreso. Era un trabajo de hombres. Pasé de ser secretario a ser hombre. Así, de buenas a primeras. Terminaba la jornada (7 a.m. a 3 p.m.) y no podía ni arrastrar aquellas botas con refuerzos de metal en las punteras. Botas de hombre. Los viernes se convirtieron en el día más feliz. Finalizaba a las 3 y comenzaba el largo finde. Pero acababa tan reventado que llegaba a casa, me quitaba esas botazas de hombre, y así con el buzo todavía puesto, me tumbaba sobre la cama, cruzaba los brazos sobre el pecho como un muerto (¡cómo me dolían los brazos y las manos!), cerraba los ojos e imaginaba que la fábrica iba a explotar el sábado a la noche. Vacía.

En la fábrica me pusieron un buddy que dicen aquí en anglosajonia. Un compañero que te guía y te muestra cómo debes  manejar las máquinas. Era un tipo majo, un abuelete. Todos le respetaban mucho. Siempre me decía que hay que pensar en cómo hacer cada movimiento, cada maniobra con las grandes chapas (a veces tan grandes que había que manejarlas entre dos personas) con el mínimo esfuerzo. Así no te harás daño, me decía. A pesar de todos sus consejos, me dañé la espalda. Pero bueno, creo que fue debido a la falta de costumbre a ese tipo de trabajos. Eso me decía el abuelete. Mínimo esfuerzo. Y bromeaba sonriendo: “que no me entere yo que conoces cómo hacerlo con menos esfuerzo y no me lo dices” (seguro de sí mismo de que eso nunca ocurriría. El viejo sabía latín en eso del mínimo esfuerzo). Un día me repitió la cantinela de la ley del esfuerzo-riesgo-cansancio. Pero aquel día soltó además una coletilla. Una coletilla que se quedó grabada a fuego en mi memoria. Una coletilla que hizo que el Inglés se convirtiera en mi obsesión (pues ya había decidido mi destino). Una coletilla que me despejó cualquier tipo de duda que pudiera haber tenido sobre la escapada que quería hacer. Dijo: “tú hazme casó a mí, que llevo haciendo esto 30 años”.

Ni por todo el oro que robamos a México iba yo a quedarme allí dentro, en ese barracón oscuro y sucio durante 30 años.

Era la Navidad de 2001. Fue una Navidad blanca, siempre una buena señal. Todavía se daba la típica cesta de Navidad. Algo modesta, sin excesos, pero un detallazo que te hacía ilusión. Fue mi primera, y última,  Cesta de Navidad. Un día nos llamaron a todos los de la ETT. Que fuéramos a la oficina del taller. Llegamos todos nerviosos (bueno, yo para variar, muy tranquilo). Nos iban a comunicar quienes eran los “afortunados”, a quienes se les iba a ofrecer un contrato con la Empresa (por lo tanto abandonar la Explotándote Tan Tiernamente). Entramos de uno en uno. Unos salían contentos, otros tristes. Cuando fue mi turno entré en la oficina sonriente y tranquilo. Creo que aquello descolocó un poco al jefe de Personal. Me dijo que les había gustado mi comportamiento y mi empeño (¡nos ha jodido! si no doy un pelo de guerra y digo a todo Sí Señor). Me sonrió el tipo aquel y me ofreció un contrato. Le dije que era muy amable pero que no lo quería. Se lo dije sonriendo, en mi mundo. El tipo se quedó mirándome como las vacas al tren. Me apiadé de él y le di una explicación: “Gracias por la oferta pero me voy a ir a Edimburgo” y añadí “Escocia, Reino Unido”. Todo mi rostro era una sonrisa con ojos. El tipo gruñó serio, me miró como si estuviera majara y me señaló la puerta.

Ese fue el día más feliz que recuerdo en el taller-fábrica.

3- Una Señal desde el Cielo (25 octubre 2001)


Estaba decidido. Tenía que salir de allí. Escapar del pueblo, correr más allá de la cercana pequeña capital de provincia. ¿Pero hacia dónde? ¿A Madrid?, pensé, me encanta Madrid. Al menos el Madrid de las películas, el Madrid de la canción de Sabina, el Madrid de mi equipo del alma (el más grande, no el de los colchones o el del señor de Rumasa). ¿A Alicante?, adoro el mar −desde que lo vi por primera vez de crío en el coche familiar y medio mareado, no ha dejado de susurrar mi nombre, de llamarme− y además parece ser que había trabajo en las fábricas de azulejos y baldosines. Otra mierda de fábrica, sí, pero con mar, con ese aroma salado y dulce al mismo tiempo.

Entré en aquella cafetería, de mi pequeña ciudad capital de provincia. Pedí un pincho de tortilla y un corto de cerveza. Estaba sentado en un taburete, en la esquina, junto al teléfono (verde, cuadrado, con el símbolo de Telefónica). Saqué el recorte de periódico mientras atacaba la tortilla. Era la sección de anuncios del periódico provincial. Sólo había un círculo rojo rodeando uno de los anuncios bajo el titular de Ofertas de Trabajo: “Se busca camarero para restaurante de carretera. Salario según experiencia. Alojamiento incluido. Móstoles. Provincia de Madrid”.

Iba preparado: un montón de monedas (de las antiguas pesetas, todavía) encima de la barra, una libreta de anillas abierta, boli en mano y las neuronas despiertas. “Venga Jorge, ¡al toro!”. Llamé y se puso una señorita con acento sudamericano, que a su vez me pasó con el jefe. Estuvimos charlando, le confesé que tenía nula experiencia en hostelería (yo siempre tan sincero, tan bocazas). Me dijo que le gustaba mi sinceridad, que se me notaba honesto (algo que siempre me complica la vida, pero que a su vez me abriría muchas puertas en el futuro escocés que me esperaba. Pero no adelantemos acontecimientos). Me comentó que empezaría pagándome lo mínimo al carecer de experiencia y que era un trabajo muy duro. Jornadas de hasta 12 horas. Comedor abarrotado. Estrés y ajetreo. Cama y una comida incluidas. Yo a todo decía que sí, que sí. ¡Vaya! justo en el momento que parecía que estaba aprendiendo a decir que NO (a Él con sus gritos, a Ella con sus miedos, a Ellos con sus insultos…) me veía abocado a decir que Sí a todo otra vez.

En ese momento pasó algo “extraño” (aunque conociendo Telefónica podía ser lo más normal del mundo). En mitad de la parrafada de aquel señor (yo lo veía a través de la línea telefónica, barrigón, con el blanco mandil sucio, bigotudo y con los dedos gordos como salchichas de carnicería y amarillos de nicotina) describiéndome cómo iba a ser mi particular Infierno de Dante, con todos sus círculos y niveles (servir, fregar, limpiar, correr, no parar, mal cobrar…) ¡clic! Peeeee. La llamada se cortó. Extrañado observé caer las monedas que todavía había en el interior del teléfono. Yo no había cortado, de eso estaba seguro. El tipo no había cortado, pues se quedó a mitad de frase. No había nadie a mi alrededor en la esquina de la barra… “Bueno, Jorge, no te pongas nervioso”. Volví a insertar más monedas y llamé de nuevo. Me disculpé. Estoy en una cabina, perdone y tal. El tipo soltó un gruñido. Siguió con su infierno de Dante personalizado y hecho a mi medida –como un traje de luces− y a continuación me pidió que le diera unos cuantos datos personales. Así que comencé la letanía de nombre, apellidos, edad, anterior trabajo, fecha cuando podría comenz…  ¡clic! Peeeee . La llamada se cortó por segunda vez. Las monedas sobrantes cayeron, con su tintinéo en la cajetilla del teléfono, por segunda vez. Entonces lo supe. Supe que mi madre me estaba mandando una señal. El tintineo no provenía de las monedas. Era el tintineo de la campanilla que usaba mi madre en su aula celestial, repleta de niños que siempre tendrán 6 años de edad.  Una señal desde el Cielo: no vayas allí, no dejes que un barrigón bigotudo te explote, aprovechándose de tu ingenuidad y de tu buena voluntad.

Justo al día siguiente me encontré, por casualidad, a una amiga y compañera de la U.N.E.D. (yo por aquel entonces estudiaba Psicología). Nos tomamos un café. Charlamos. Le conté como me sentía y cuales eran mis planes. Entonces ella me dijo que tenía un amigo que contaba maravillas de una ciudad llamada Edimburgo.

Y pensé, puestos a escapar, a huir hacia adelante… ¿por qué no hacerlo a lo bestia?
(En aquellos días a mi Edimburgo me sonaba tan lejano, exótico y desconocido como Sidney en Australia).

Y así comenzó todo.

2- Una Breve Introducción (12 octubre 2001)


Siempre fui una persona tímida. “Introvertido, introspectivo, con mucho mundo interior” según palabras del psicólogo del colegio (sí, fui a un colegio de pago durante mi adolescencia con psicólogo incorporado). 

Siempre me pregunté si sería capaz de sobrevivir, de buscarme la vida yo solo, de sacarme las castañas del fuego, lejos de mi familia y amigos. Siempre estuve protegido al ser el menor de tres hermanos, entre algodones, no vaya a ser que “el nene” se haga daño o descubra el feo rostro del mundo real. 

Siempre tuve el sueño de volar, de salir del nido, de ver qué había uno poquito más allá del pueblo y un poquito más allá de la pequeña capital de mi provincia norteña. Pero nunca me había atrevido, o todavía no había llegado mi momento.

Un domingo, de un mes, de un año me descubrí sentado en la taza del baño, con dolor de cabeza debido a una resaca del 15  −como dicen ahora los chavales − harto de Ella y de sus miedos, harto de Él y de sus gritos, harto de Ellos y de sus peleas callejeras e insultos, harto de la ETT y de su mierda de curros, harto de El-fin-de-semana idéntico y repetitivo, harto de Mi cobardía… harto de TODO.

Harto de tanto Siempre.

Ese domingo, gemelo de todos los domingos, transcurría en el mes de octubre. Aquel año era el 2001.

1- Presentación (27 octubre 2012)



En Edimburgo – Escocia – (Reino Unido).


Me llamo Jorge Ariz y voy a contarles una historia. En realidad son una serie de mini historias, tipo batallitas del abuelo Cebolleta, a las que me gusta llamar Fargaditas (si usted pertenece a ese grupo de privilegiados conocerá la razón de tal denominación).

Estas historias están basadas en mi vida personal durante estos 11 años que llevo residiendo en la capital escocesa. Obviamente, no cuento todo lo que pasó y no sucedió todo lo narrado (permítanme que me tome esa pequeña licencia literaria, al igual que el posible cambio de ciertos nombres, fechas y lugares).

Espero que no se me duerman.

Agradecer desde aquí al autor del fantástico “El Blog de JoseLondres” por darme la inspiración.